Sin derecho a ellos

Capitulo 2

Tres semanas después, Astrid caminaba de un lado a otro en su pequeña y humilde habitación de estudiante, apretando el teléfono contra su pecho como si fuera un amuleto. Martín no respondía. No había ido a la facultad en tres días. Sus mensajes se quedaban en un "leído" que se sentía como una bofetada silenciosa cada vez que miraba la pantalla. La ansiedad era un nudo en su garganta que no le permitía comer ni dormir.

Desesperada, con el corazón martilleando contra sus costillas, llegó a las puertas de la imponente mansión Jones en la ciudad. Sus manos temblaban tanto que casi no pudo tocar el timbre. La recibió el patriarca, Alberto Jones, un hombre cuya mirada era tan fría y afilada como una hoja de afeitar.

—Buenos días, señor Jones. Busco a
Martín. No responde, no sé nada de él... estoy preocupada —logró decir ella, con la voz quebrada por el borde del llanto.

Alberto la observó desde su sillón de cuero, rodeado de lujo y arrogancia. Le hizo señas a la chica que la acompañó hasta el despacho y suspiró, embozó una sonrisa que reflejaba lástima.

—Martín no está, señorita. Se fue anoche en un vuelo privado hacia el extranjero. ¿No le dijo que se iba? —hablo con un eje de confusión.

—¿Qué? Eso... eso no puede ser —Astrid sintió que el suelo daba vueltas—. Él me ama. Estuvimos juntos, él me prometió...

—Lo siento mucho. Martín había estado organizando su viaje al extranjero, pensé que ya lo había hablado con todos sus amigos. Me pidió que le entregara esto si alguien venía a buscarlo —susurro Alberto, deslizando un sobre sellado sobre la mesa de caoba.

Astrid tomó el sobre con dedos entumecidos. Lágrimas salían de sus ojos sin parar, le regaló una pequeña sonrisa de agradecimiento al señor Alberto y se fue.

Salió de la mansión como una autómata, el aire de la calle le quemaba los pulmones. Al llegar a su casa, se encerró en su habitación y rompió el papel con manos febriles. Lo que leyó no eran palabras, eran balas directas a su alma.

El dolor fue tan físico, tan desgarrador, que Astrid cayó de rodillas. El grito de agonía se quedó atrapado en su garganta mientras sentía que su corazón se partía literalmente en dos.
La oscuridad se cerró sobre ella antes de que pudiera tocar el suelo cayendo completamente inconsciente sin saber si podría sobrevivir a ello.

*****

El olor a desinfectante y el pitido rítmico de una máquina fueron lo primero que percibió al despertar. Estaba en una camilla de hospital, con la luz fluorescente hiriéndole los ojos. Su madre estaba allí, de pie, pero no había consuelo en su rostro, solo una furia fría y una decepción que dolía más que cualquier golpe.

—Despertaste —dijo su madre, con una voz que carecía de toda calidez—. El médico dice que el desmayo fue por el shock emocional... y por tu estado.

—¿Mi estado? —Astrid intentó incorporarse, pero el mundo giró violentamente.

—Tienes casi tres semanas de embarazo, Astrid —su madre escupió las palabras como si fueran veneno—. Nos has arrastrado al fango. Tu "príncipe" te usó como a un trapo viejo y ahora esperas que nosotros carguemos con tu vergüenza. Si ese hombre no se hace cargo, en mi casa no tienes lugar.
Astrid se tocó el vientre con manos trémulas, sintiendo un escalofrío de terror y amor al mismo tiempo. Las lágrimas corrieron por sus mejillas, borrosas, mientras la imagen de la carta de Martín volvía a su mente.

Estaba sola. Repudiada por sus padres, traicionada por el hombre que era su mundo, y con una vida creciendo dentro de ella. Se aferró a la sábana del hospital, y en ese momento, el llanto se detuvo. Una chispa de odio puro y ardiente nació en el centro de su pecho, reemplazando la angustia.

—Solo somos nosotros —susurró para su vientre, con una voz que ya no pertenecía a la niña ingenua de la universidad—. Y juro por mi vida que ningún Jones tendrá derecho a ustedes.




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