Sin derecho a ellos

Capitulo 3

El tacón del zapato de Astrid derecho amenazaba con romperse mientras corría por el pasillo de mármol de Inversiones Ferrari. El eco de sus pasos apresurados parecía burlarse de ella, marcando el ritmo de un corazón que martilleaba con fuerza contra sus costillas. No era solo el ejercicio; era el recordatorio implacable en la pantalla de su teléfono: 9:15 AM.
Quince minutos tarde a la presentación del nuevo dueño del holding.

—Por favor, que no sea un tirano, que sea un amor igual que mi antiguo jefe —susurró para sí misma, intentando en vano acomodar el mechón rebelde que se había escapado de su moño.

Astrid sabía que si perdía este empleo, el delicado castillo de naipes que era su vida se vendría abajo. Liam y Mía dependían de ella, y la inscripción para el jardín de verano no se pagaría sola. Se detuvo frente a las pesadas puertas de roble de la sala de juntas, tomó una bocanada de aire para calmar el temblor de sus manos y empujó con suavidad.

El silencio que la recibió fue tan incómodo que Astrid deseaba darse la vuelta e irse. Una docena de ejecutivos de traje gris giraron sus cabezas hacia ella con una mezcla de lástima y reproche. Sin embargo, la mirada de Astrid quedó anclada, como por un imán invisible, en el hombre sentado a la cabecera de la mesa.

El aire abandonó sus pulmones y el mundo pareció inclinarse bajo sus pies. Un frío gélido le recorrió la columna, no por miedo, sino por el reconocimiento instantáneo de la herida que nunca llegó a sanar.

—Llega tarde, señorita… —La voz de aquel hombre tan profunda, aterciopelada y cargada de un veneno que ella reconoció al instante. El sonido se arrastró por la habitación como una sentencia.

—Astrid. Astrid Valente —logró articular. Su voz sonó pequeña al principio, pero la rabia comenzó a quemarle las cuerdas vocales.

Martín Jones.

No era el joven de hombros anchos y sonrisa ladeada que le había prometido el cielo bajo las estrellas de la casa de campo. El hombre frente a ella era una versión perfeccionada y letal de aquel recuerdo. El traje negro hecho a medida enfatizaba su poder absoluto, y sus ojos, que en el pasado habían sido cálidos como el whisky, ahora eran dos esquirlas de hielo azul que la escaneaban con un desprecio lacerante.

Al verlo allí, impecable y poderoso, a Astrid le asaltó el recuerdo de sus noches en el hospital, sola, contando las pocas monedas que le quedaban para el autobús mientras el dolor del embarazo le robaba el aliento. Recordó el hambre que pasó para que a sus hijos no les faltara nada, y la carta infame que él le dejó... Esas palabras que seguía recordando.

—Valente —repitió Martín, saboreando el apellido como si fuera algo amargo—. Supongo que los estándares de puntualidad de esta empresa son tan mediocres como su gestión de archivos.

—Hubo un contratiempo… personal, señor —dijo Astrid, pero esta vez no bajó la cabeza.

El miedo estaba siendo devorado por un odio antiguo que finalmente encontraba a su objetivo.

—En mis empresas, los "contratiempos personales" no existen —Martín se puso de pie con la elegancia de un depredador y se acercó a ella lentamente—. Siete años de ausencia parecen no haberle enseñado el valor del tiempo ajeno, señorita. Veo que sigue siendo igual de irresponsable y mentirosa que años atrás.

Astrid sintió un rugido de indignación en el pecho. ¿Él la llamaba irresponsable? ¿Él hablaba de mentirosa?

Martín se detuvo a escasos centímetros de ella. El aroma de su perfume caro la golpeó, evocando la última noche que pasaron juntos. Él se inclinó hacia su oído, susurrando con una frialdad que le caló los huesos.

—Voy a encargarme personalmente de que desees no haber regresado nunca a mi vida. Siéntate, si es que todavía sabes seguir órdenes.

Fue en ese momento cuando el hilo se rompió. Astrid ya no era la niña asustada de la universidad. Era una madre que había sobrevivido al abandono más cruel. Se giró hacia él, ignorando las miradas estupefactas de los ejecutivos, y lo miró directamente a esos ojos de hielo.

—¿Usted va a hablarme de responsabilidad, señor Jones? —preguntó ella, con una voz que cortó el aire como un látigo—. Me parece increíblemente cínico que me trate con este desprecio cuando fue usted quien se marchó cobardemente hace siete años. Fue usted quien huyó sin dar una sola explicación, dejándome hundida mientras usted disfrutaba de su fortuna en el extranjero.

El rostro de Martín se endureció, su mandíbula se tensó hasta el punto de que parecía que iba a estallar. Pero Astrid no se detuvo. El dolor de haber dado a luz sola y en la miseria le daba una fuerza suicida.

—Guarde sus amenazas y su altivez. Si quiere que trabaje, lo haré, porque tengo prioridades mucho más importantes que su ego herido. Pero no espere que baje la cabeza ante alguien que no tuvo el valor de mirarme a la cara antes de destruirlo todo.

El silencio en la sala fue sepulcral. Los ejecutivos contenían el aliento, esperando que Martín la despidiera en ese mismo instante. Martín la observó, sorprendido por el fuego en su mirada, un fuego que no recordaba en la dulce Astrid de su pasado. Su puño se cerró sobre el borde de la mesa, pero no la gritó. Se quedó allí, observándola con un rencor que parecía ocultar una pregunta que no se atrevía a hacer.

—Siéntate —repitió él, esta vez con una voz casi inaudible por la furia contenida—. Ahora.

Astrid caminó hacia la silla vacía más lejana con la frente en alto. Le temblaban las manos debajo de la mesa, pero su alma gritaba de triunfo. Él podía ser el dueño de la empresa, pero ella era la dueña de la verdad.

Y mientras abría su carpeta de archivos, un solo pensamiento la mantenía firme: Martín Jones jamás sabría que sus "contratiempos" tenían sus mismos ojos y su misma sangre. Él no tenía derecho a ellos.




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