Astrid se mantuvo sentada en el borde de la silla, con las manos entrelazadas sobre su regazo para ocultar el temblor que se negaba a ceder. Martín, mientras tanto, caminaba de un lado a otro frente al enorme ventanal del piso cuarenta, proyectando una sombra imponente que parecía cubrir a todos los presentes.
—Este informe de proyecciones trimestrales es una absoluta basura —sentenció Martín, lanzando una carpeta sobre la mesa. El golpe hizo que varios saltaran—. ¿Quién fue el responsable de la auditoría de activos?
Astrid sintió que la sangre se le congelaba. Ella lo había hecho. Había trabajado tres noches seguidas, entre fiebres de Mía y las preguntas incesantes de Liam, para que todo fuera perfecto.
—Yo, señor —dijo Astrid, alzando la barbilla con un resto de dignidad.
Martín se detuvo. Sus ojos de tormenta se fijaron en ella, brillando con una satisfacción malévola.
—Acérquese, Valente. Explíqueme por qué hay un margen de error del cinco por ciento en la depreciación de maquinaria. O quizás —añadió con una sonrisa fría—, estaba demasiado ocupada planeando su próxima "emergencia personal" como para revisar los números.
Astrid se levantó y caminó hacia él. Sentía las miradas de lástima de sus compañeros, pero la de Martín era la única que quemaba. Él le entregó la carpeta, y al hacerlo, sus dedos rozaron los de ella. Fue apenas un segundo, pero una descarga eléctrica recorrió el brazo de Astrid, recordándole con crueldad la última vez que esas manos la habían tocado.
—El margen se debe a la fluctuación de los costos de mantenimiento preventivo, señor Jones. Está detallado en el anexo —explicó ella, tratando de que su voz no flaqueara.
Martín se inclinó sobre la mesa, invadiendo su espacio personal hasta que Astrid pudo oler el whisky en su aliento.
—Los detalles no me interesan. Me interesa la excelencia. Pero veo que sigue siendo la misma experta en buscar excusas que conocí hace años —soltó él en un susurro lo suficientemente alto para que los más cercanos lo escucharan—. Una mujer que no puede cumplir con un horario, difícilmente puede cumplir con un contrato. ¿No es así?
El insulto fue como una bofetada. Astrid sintió el ardor de las lágrimas en la parte posterior de sus ojos, pero se obligó a tragárselas. "¿Cómo puede odiarme tanto?", se preguntó ella, sintiendo una punzada de indignación. "Él fue quien desapareció. Él fue quien me dejó sola cuando más lo necesitaba. ¿Cómo se atreve a mirarme como si yo fuera la traidora?".
—Si mi trabajo no es de su agrado, puede despedirme —desafió ella, bajando la voz para que solo él la oyera.
Martín soltó una carcajada seca, carente de humor.
—¿Despedirla? No, Valente. Eso sería demasiado fácil para usted. Quiero que cada centavo que le pague esta empresa lo sude. Se quedará hoy hasta que este informe esté rehecho desde cero. Sola.
—Tengo... tengo compromisos en casa —replicó ella, pensando en los gemelos y en la vecina que solo podía cuidarlos hasta las seis.
Martín dio un paso más, acorralándola contra la mesa de juntas. Sus ojos se oscurecieron, volviéndose casi negros de la furia contenida.
—Sus "compromisos" no son mi problema. Usted me debe mucho más que unas horas extras, Astrid. Y voy a cobrarme cada segundo.
Él se giró hacia el resto de la sala, su voz recuperando el tono de mando absoluto.
—La reunión ha terminado. Todos fuera, excepto la señorita Valente. Tenemos mucho de qué hablar sobre su... desempeño.
Uno a uno, los ejecutivos salieron de la sala, evitando mirar a Astrid. Cuando la última puerta se cerró, el silencio se volvió asfixiante. Astrid se quedó allí, de pie frente al hombre que una vez fue su mundo y que ahora el odio mutuo brillaba en sus miradas.
Martín se sentó en el borde de la mesa, observándola con una intensidad aterradora.
—Dime, Astrid —dijo él, usando un tono peligrosamente suave—, ¿valió la pena? ¿Valió la pena todo lo que hiciste por un poco de dinero y ambición?
Ella frunció el ceño, genuinamente confundida por la acusación.
—No sé de qué estás hablando, Martín.
De pronto, su teléfono vibró violentamente sobre el escritorio. Astrid lo tomó con rapidez olvidando la acusación de Martín, sintiendo un vuelco en el estómago al ver el nombre en la pantalla: Guardería Arcoíris.
—Señorita Valente, tiene que venir ahora mismo —la voz de la directora sonaba al borde de un ataque de nervios—. No sabemos cómo, pero Liam logró abrir la cerradura de seguridad de la cocina y... bueno, Mía convenció a todos los niños de que el puré de espinacas era "lodo mágico de duende" para pintar las paredes.
Astrid cerró los ojos, visualizando el desastre. Sus hijos eran brillantes, pero cuando trabajaban en equipo, eran una fuerza de la naturaleza.
—Voy para allá —susurró Astrid, olvidando por un segundo dónde estaba.
—¿A dónde cree que va? —La voz de Martín cortó el aire como un látigo. Estaba de pie, con los brazos cruzados, observándola con una ceja alzada.
Astrid tragó saliva y guardó el teléfono en su bolso con manos temblorosas.
—Es una emergencia. Tengo que irme.
Martín soltó una risa seca, caminando hacia ella con pasos lentos y decididos.
—¿Otra emergencia, Valente? ¿Apenas llevamos cuatro horas de jornada y ya busca una excusa para huir? —Se detuvo frente a su escritorio, apoyando las manos sobre la madera—. Es curioso. Veo que el hábito de escapar lo llevas en la sangre.
—Esto no tiene nada que ver con el pasado, Martín —replicó ella, su voz ganando una pizca de desesperación, no estaba para preguntar sobre sus acusaciones—. Es algo urgente. Terminaré el informe esta noche desde casa, lo juro.
—No eres más que una irresponsable —escupió él, sus ojos de tormenta escaneándola con desprecio—. Seguramente te vas a ver a alguien. ¿A quién le mientes ahora, Astrid? ¿Quién es el hombre que te permite ser tan negligente con tus obligaciones?