Sin derecho a ellos

Capitulo 5

El penthouse de Martín Jones era un monumento a la soledad y al éxito. Paredes de cristal, mármol negro y un silencio que a veces resultaba ensordecedor. Martín se encontraba frente al bar, sirviéndose un whisky doble mientras observaba las luces de la ciudad, tratando de acallar la voz de Astrid Valente que resonaba en su cabeza como un eco incesante. Aquella mujer ya no era la sombra sumisa que él recordaba; hoy había visto fuego en sus ojos, un fuego alimentado por un odio que él no lograba comprender del todo, pero que lo quemaba por dentro.

El vibrar de su teléfono sobre la mesa de centro rompió la calma. Al ver el nombre en la pantalla, Martín apretó la mandíbula.

—Padre —contestó con voz monótona.

—Martín, me han llegado los primeros informes de la transición en la empresa —la voz de Alberto Jones era tan afilada como siempre—. No me gusta lo que veo. Esa estructura está viciada, llena de gente que servía a la administración anterior. Mi consejo es simple: limpia el lugar. Despide a todos, desde los gerentes hasta la última secretaria, y contrata personal nuevo que te deba lealtad solo a ti.

Martín cerró los ojos y apretó el vaso de cristal. La imagen de Astrid desafiándolo en la sala de juntas volvió a su mente.

—No voy a hacer eso —respondió Martín con firmeza—. No voy a desmantelar una operatividad funcional solo por una paranoia de control. Déjame trabajar a mi manera, padre. Ya no soy el chico que podías mandar al otro lado del mundo con una orden.

Hubo un silencio cargado de intención al otro lado de la línea. Alberto soltó un suspiro impaciente.

—Sé que ella está ahí, Martín. Los registros de nómina no mienten. Astrid Valente volvió arrastrándose a tus pies. No deberías desperdiciar tu tiempo pensando en el pasado; ella fue un error de juventud que ya pagamos caro. Enfócate en tu futuro, en la expansión de la firma, y no permitas que un rostro bonito nuble tu juicio de nuevo. Deshazte de ella antes de que sea un problema.

Un destello de furia cruzó el rostro de Martín. El pasado no era un "error" para él, era una herida abierta que su padre ayudaba a infectar con cada palabra.

—Lo que yo haga con mis empleados es mi asunto. Buenas noches, padre.

Sin esperar respuesta, colgó. El silencio regresó al penthouse, pero esta vez se sentía más pesado. Martín se preguntó por qué sentía esa necesidad visceral de retener a Astrid, de castigarla, de tenerla cerca aunque fuera para despreciarla. ¿Era odio, o era la desesperada necesidad de entender por qué ella parecía odiarlo tanto a él cuando había sido ella quien, según sus recuerdos, lo había vendido por nada?

A kilómetros de allí, en un departamento pequeño que olía a detergente y a cena recién hecha, el ambiente era radicalmente distinto. Astrid estaba sentada en la alfombra de la sala, con el informe de auditoría abierto frente a ella, pero su atención estaba dividida. Liam y Mía, ya bañados y en pijama, estaban enredados entre sus piernas mientras ella intentaba trabajar.

Mía, con su pijama de unicornios y los ojos llenos de una curiosidad infinita, se apoyó en el hombro de su madre.

—Mami... —susurró la pequeña, jugando con un mechón de cabello de Astrid—. En la escuela, Lucas llevó a su papá para el día de las profesiones. Su papá es bombero.

Astrid sintió un vuelco en el corazón. Sabía a dónde iba esto.

—¿Sí, mi amor? Eso suena divertido.

Mía suspiró, recostando la cabeza en el pecho de Astrid.

—¿Cuándo vamos a conocer al nuestro? —preguntó con una inocencia que dolió más que cualquier insulto de Martín—. ¿Él también es un superhéroe? ¿O un espía como nosotros?

El aire se escapó de los pulmones de Astrid. Miró a Liam, quien estaba sentado a un lado montando un set de legos. El niño no levantó la vista, pero sus manos se detuvieron.

—Papá está muy lejos, Mía —intervino Liam con una madurez que siempre lograba estremecer a Astrid—. Él tiene cosas muy importantes que hacer en otro lugar. Mami ya nos lo dijo.

—Pero yo quiero verlo —insistió Mía, con un puchero—. Quiero saber si tiene mis mismos rizos o si sabe jugar al fútbol.

Astrid sintió una punzada de dolor tan aguda que tuvo que cerrar los ojos para no llorar. Miró a sus hijos y vio a Martín en cada rasgo. Vio la inteligencia aguda en Liam y la testarudez encantadora en Mía. Eran el vivo retrato del hombre que esa misma tarde la había humillado, el hombre que ella creía que la despreciaba.

¿Cómo podía dejar su odio a un lado? El miedo la consumía. Sabía que si Martín se enteraba, su primer instinto no sería el amor, sino el control. Un hombre tan poderoso como él podría arrebatárselos en un abrir y cerrar de ojos alegando que ella no podía mantenerlos. La idea de perder a sus gemelos, de que crecieran bajo la frialdad de los Jones, le causaba un terror paralizante. Pero ver el vacío en los ojos de sus hijos la hacía sentir la mujer más egoísta del mundo.

—Mis amores... —comenzó Astrid, con la voz entrecortada, pero las palabras se atascaron en su garganta. No podía responder. No podía decirles que su padre estaba a unos kilómetros de distancia, destilando veneno contra ella.

Liam finalmente la miró. Sus ojos, tan parecidos a los de Martín cuando estaba serio, buscaban una verdad que Astrid no estaba lista para dar. El niño se acercó y puso su pequeña mano sobre la de su madre, en un gesto de consuelo silencioso que la destrozó por dentro.

Astrid no respondió a la pregunta de Mía. No podía. En lugar de eso, cerró la laptop y los atrajo a ambos hacia un abrazo protector, hundiendo su rostro en el aroma infantil de sus cabellos.

—Es hora de dormir —susurró, luchando contra el nudo en su garganta—. Vayan a la cama. Hoy les contaré el cuento del caballero que viajó a las estrellas para protegernos a todos.

Mientras los arropaba y comenzaba el relato, Astrid se dio cuenta de que estaba viviendo en una bomba de tiempo. Estaba atrapada entre el hombre que amó y el hombre que ahora la odiaba, protegiendo un secreto que era, al mismo tiempo, su mayor bendición y su sentencia de muerte.




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