Sin derecho a ellos

Capitulo 6

Habían pasado un par de días y la furia entre Astrid y Martín seguía. Eran las nueve de la noche. Las luces de la ciudad de Nueva York brillaban como diamantes distantes tras el enorme ventanal de la oficina privada de Martín, pero para Astrid, aquello se sentía como una jaula de cristal.

Martín estaba sentado tras su imponente escritorio de caoba, revisando unos balances con una pluma estilográfica que se movía con precisión quirúrgica. Astrid, por su parte, estaba instalada en una pequeña mesa auxiliar a pocos metros de él, rodeada de carpetas que él le había ordenado "reorganizar manualmente" como castigo por su huida de la tarde.

—Señor Jones, he terminado con la sección de pasivos —dijo Astrid, rompiendo el silencio. Su voz sonó más ronca de lo que pretendía.

Martín no levantó la vista. Solo hizo un gesto vago con la mano.

—Falta el anexo de inversiones extranjeras, Valente. No se mueva de ahí.

Astrid suspiró, sintiendo el peso del cansancio. Había dejado a los gemelos con su vecina, la señora Rosa, bajo la promesa de que regresaría antes de que se durmieran. Le dolía el pecho al pensar en Liam preguntando por qué mamá no estaba para leer el cuento de los astronautas, o en Mía buscando su mano para conciliar el sueño.

—Es tarde, Martín —soltó ella, olvidando por un segundo el protocolo—. Los archivos pueden esperar a mañana. No soy una esclava.

Martín dejó la pluma sobre la mesa con una lentitud deliberada. Se puso de pie y caminó hacia ella. Cada paso que daba parecía reducir el oxígeno en la habitación. Astrid se obligó a no retroceder cuando él se detuvo frente a su pequeña mesa, apoyando ambas manos sobre la superficie, encerrándola en su espacio.

—En este edificio, eres lo que yo diga que eres —murmuró él. Su voz era una caricia peligrosa—. Te fuiste hoy sin permiso, dejándome con la palabra en la boca. ¿Creíste que no habría consecuencias?

—Fue una emergencia, ya te lo dije —replicó ella, intentando sostenerle la mirada.

Martín se inclinó más, obligándola a arquear la espalda contra la silla. El aroma que emanaba de él la envolvió, despertando recuerdos que Astrid se había esforzado por enterrar bajo llave. Recordó sus manos sobre su cintura, su risa cálida... pero esos ojos gélidos que la observaban ahora no tenían rastro de calor.

—Las emergencias son el refugio de los mentirosos —siseó Martín. Sus ojos bajaron por un segundo a los labios de Astrid, y el aire entre ambos se volvió denso, casi sólido—. Dime, ¿él te espera en casa? ¿Es por eso que tienes tanta prisa? ¿O es que ya te aburriste de jugar a la empleada arrepentida?

Astrid sintió una mezcla de indignación y deseo traicionero. La tensión sexual era un hilo tenso a punto de romperse. Estaban tan cerca que podía sentir el calor irradiando del cuerpo de Martín.

—No hay ningún "él". Pero aunque lo hubiera, no es de tu incumbencia. Tú y yo terminamos hace mucho tiempo.

Martín soltó una carcajada amarga y, en un movimiento rápido, atrapó un mechón de cabello de Astrid entre sus dedos, enrollándolo con una posesividad que la hizo jadear.

—Nunca terminamos, Astrid. Tú simplemente huiste con el botín.

—¿De qué hablas? Yo no me llevé nada —dijo ella, con el corazón en la garganta.

Martín tiró suavemente del cabello, obligándola a inclinar la cabeza hacia atrás para mirarlo. Sus rostros estaban a escasos centímetros. Astrid podía ver la tormenta en sus pupilas y el dolor oculto tras la máscara de hierro.

Martín la mantenía inmovilizada con la mirada, su mano aún enredada en el cabello de Astrid, cuando el sonido seco de unos tacones resonó en el pasillo exterior.

​La puerta se abrió de golpe sin previo aviso, rompiendo la burbuja de tensión con la violencia de un cristal estallando.

​—¡Martín, querido! He pasado por tu penthouse y no estabas, imaginé que seguirías esclavizado en este lugar —la voz de Elvira, aguda y cargada de una confianza aristocrática, llenó el despacho.

​Martín soltó el cabello de Astrid como si quemara, enderezándose de inmediato. Astrid, con el corazón martilleando contra sus costillas y la piel todavía ardiendo por el contacto, se levantó torpemente de la silla, intentando recuperar una compostura que ya no existía.

​Elvira entró pavoneándose, enfundada en un vestido de seda que gritaba exclusividad. Sin mirar siquiera a Astrid, se lanzó a los brazos de Martín, rodeándole el cuello y plantándole un beso posesivo en la mejilla.

​—Te he echado de menos todo el día —ronroneó ella, acomodando la corbata de Martín con una familiaridad que a Astrid le dolió más que cualquier insulto.

​Astrid sintió una náusea repentina. Ahí estaba la realidad. Mientras él la acorralaba contra la mesa, juzgándola, exigiéndole cuentas de un pasado que él mismo había destruido, tenía a una mujer impecable esperándolo en su cama. El odio de Astrid se intensificó, mezclándose con una amargura corrosiva. Martín le hacía escenas de celos, la perseguía con sospechas de amantes imaginarios, mientras él exhibía su vida perfecta y su novia de sociedad sin el menor reparo.

​—Señor Jones —la voz de Astrid salió fría, cortante como el hielo—, supongo que mi trabajo aquí ha terminado. No quiero interrumpir su... agenda personal.

​Martín se zafó del abrazo de Elvira con una rigidez evidente. Sus ojos buscaron los de Astrid, queriendo leer qué había tras esa máscara de indiferencia, pero solo encontró un muro de desprecio.

​—Valente, no he dicho que puedas retirarte —dijo él, pero su autoridad sonaba forzada.

​—Me voy —sentenció ella, recogiendo sus cosas con manos temblorosas—. Mañana tendrá el anexo en su escritorio. Buenas noches.

​Astrid salió de la oficina sin mirar atrás, ignorando la risita triunfal de Elvira. Caminó por los pasillos vacíos de la empresa, y no fue hasta que entró en el ascensor que permitió que la primera lágrima rodara por su mejilla.

​Mientras el ascensor descendía, Astrid se derrumbó mentalmente. Se sentía estúpida. Se sentía pequeña. ¿Cómo era posible que después de siete años de lucha, de noches sin dormir arrullando a bebés con fiebre, de trabajar en tres sitios distintos para pagar la renta, la sola presencia de Martín Jones la hiciera sentir tan vulnerable? Él estaba feliz. Él tenía éxito, tenía una novia hermosa, tenía el mundo a sus pies. Él no había tenido que sacrificar sus sueños, ni su cuerpo, ni su juventud. Él simplemente había continuado, mientras ella se quedaba estancada en el recuerdo de una traición.




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