Sin derecho a ellos

Capitulo 7

Mientras en el piso cuarenta de Ia nueva torre Jones se respiraba odio entre Astrid y Martín, en el pequeño departamento de Astrid se sentía el aroma a chocolate derretido y travesura inminente.

Liam, sentado en el sofá con las piernas cruzadas y una seriedad impropia de sus seis años, tenía la tablet de su madre conectada a un cable que él mismo había "optimizado". Sus dedos se movían con una agilidad pasmosa sobre la pantalla.

—Liam, mami dijo que no podíamos entrar en sus cosas de trabajo —advirtió Mía, aunque no despegaba la vista de la ventana, vigilando el pasillo como una centinela profesional.

—No estoy entrando, Mía. Estoy mejorando la seguridad —respondió Liam sin mirarla. Frunció el ceño, y en ese gesto, el parecido con Martín Jones era casi escalofriante—. El sistema que usan en su oficina es prehistórico. Si yo pude saltarme el cortafuegos en tres minutos, cualquiera puede.

Mía se giró, sacudiendo sus rizos. Llevaba puesto una capa de superhéroe hecha con una toalla roja y una tiara de plástico.

—Mami se va a enojar. Y cuando se enoja se le pone la cara roja como un tomate.

—No se va a enterar. Además, estoy buscando el nombre del jefe gruñón. Mami llegó ayer con olor a tristeza. Quiero saber quién es ese tal "Señor Jones".

Mía se encogió de hombros, perdiendo el interés en la tecnología. Ella tenía misiones más importantes. Se acercó a la puerta del departamento y dio tres golpecitos rítmicos. Un momento después, la rejilla del correo se abrió y un sobre con dos barras de chocolate se deslizó hacia adentro.

—¡Victoria! —exclamó Mía, atrapando el botín.

—¿Otra vez engañaste al señor González? —preguntó Liam, finalmente levantando la vista.

—No lo engañé —replicó ella con una sonrisa angelical que ocultaba una voluntad de hierro—. Solo le dije que mis niveles de azúcar estaban críticamente bajos por culpa de las tareas de matemáticas. Él dijo que soy una "pobre alma incomprendida".

—Eres una manipuladora, Mía.

—Y tú eres un nerd, Liam. Come tu chocolate y ayúdame a mover el sofá. Quiero ver si el gato de la vecina volvió a esconder sus juguetes debajo.

De pronto, un ruido de llaves se escuchó en la puerta principal. Los gemelos se miraron con una coordinación telepática. En menos de cinco segundos, Liam escondió la tablet bajo un cojín y se sentó sobre ella con un libro de cuentos al revés, mientras Mía escondía los chocolates dentro de su bota de hule.

Cuando Astrid entró, agotada y con las ojeras marcadas tras las horas extras con Martín, se encontró con una escena de paz absoluta... demasiado absoluta.

—Hola, mis amores —susurró Astrid, dejando su bolso y arrodillándose para abrazarlos—. ¿Se portaron bien con la señora Rosa?

—Fuimos unos ángeles, mami —dijo Mía, dándole un beso ruidoso en la mejilla—. El señor González hasta dijo que soy muy inteligente.

Astrid notó una mancha de chocolate en la comisura de la boca de su hija. Miró a Liam, que seguía "leyendo" su libro con una intensidad sospechosa.

—Liam, el libro está al revés.

El niño bajó el libro lentamente. Sus ojos, idénticos a los de Martín en color y profundidad, se fijaron en los de su madre.

—Es una técnica de lectura inversa, mamá. Ayuda a ver los errores desde otra perspectiva.

Astrid suspiró, frotándose las sienes. A veces sentía que estaba criando a dos genios del crimen.

—¿Por qué tienes esa cara de cansada? —preguntó Lia, bajándose del sofá. Se acercó a ella y puso una mano pequeña en su hombro. El gesto era tan protector, tan masculino a pesar de su corta edad, que a Astrid se le partió el corazón—. ¿El jefe nuevo te trató mal? Si quieres, puedo enviarle un virus a su computadora que haga que solo aparezcan fotos de patitos bailando.

Astrid soltó una carcajada, la primera del día, y abrazó a su hijo con fuerza.

—No, mi amor. Nada de virus. Solo es mucho trabajo.

—Mami —intervino Mía, tirando de su falda—. ¿Papá es tan gruñón como tu jefe?

La pregunta cayó como una bomba en la pequeña sala. Astrid se quedó sin aliento. Miró a sus dos hijos: Liam, con su mente analítica y su orgullo feroz, y Mía, con su encanto irresistible y su capacidad de conseguir lo que quisiera de quien quisiera. Eran Martín. Eran la mejor y la peor parte del hombre que odiaba.

—Su padre... era un hombre que no sabía lo que tenía —respondió Astrid con voz suave—. Y ahora, a bañarse. Si no hay más guerras en la cocina hoy, les contaré dos cuentos.

—¡Yo elijo el primero! —gritó Mía corriendo al baño.

—¡Yo el segundo, y tiene que ser de robots! —secundó Liam.

Astrid los vio irse, sintiendo una mezcla de terror y orgullo. Eran "tremendos", sí. Eran capaces de volver loca a una guardería entera o de hackear una multinacional si se lo proponían. Pero eran suyos. Y mientras tuviera fuerzas, Martín y los Jones nunca pondrían sus manos sobre ellos para convertirlos en seres tan fríos y amargos como él se había vuelto.

Lo que Astrid no sabía era que, en ese mismo momento, Liam ya tenía guardada en la memoria caché de la tablet una foto que había logrado rescatar de los archivos personales de su madre: la foto de un joven Martín sonriendo en una noche de verano.

—Te encontré, jefe gruñón —susurró Liam para sí mismo antes de cerrar la puerta del baño.




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