La mañana en la oficina de Astrid era un campo de batalla de papeles, café frío y el persistente aroma a pánico. Después de una noche casi sin dormir, lidiando con la energía inagotable de Liam y las preguntas existenciales de Mía sobre por qué los astronautas no llevaban sándwiches al espacio, Astrid sentía que su cerebro funcionaba a media marcha.
Cometió el error de dejar su bolso abierto sobre el escritorio mientras iba por más agua. No se dio cuenta de que, entre sus carpetas de auditoría, se había colado un "regalo" que Liam le había metido a escondidas antes de salir: una hoja de papel arrugada con un dibujo hecho con crayones de cera.
En el centro del papel, había una figura masculina, una mancha negra con una barba desproporcionada, ojos inmensos y una corona torcida. Debajo, con la caligrafía temblorosa de un niño de seis años, se leía: "PAPÁ".
Astrid regresó a su cubículo y el alma se le cayó a los pies.
Martín Jones estaba allí.
No estaba sentado, sino de pie, con una mano en el bolsillo de su pantalón de miles de dólares y la otra sosteniendo el dibujo. Lo observaba con una fijeza que hizo que a Astrid se le secara la garganta.
—Señor Jones… —logró decir, tratando de sonar profesional mientras sus dedos hormigueaban por el impulso de arrebatarle el papel.
Martín no se movió. Lentamente, giró la cabeza para mirarla. Sus ojos de tormenta estaban más oscuros de lo habitual, cargados de una curiosidad peligrosa que ella no sabía cómo manejar.
—No sabía que tenías dotes artísticas, Valente —dijo él, su voz era un murmullo bajo que vibró en el pequeño espacio de la oficina—. Aunque el sujeto parece un poco… sombrío.
Astrid se acercó, fingiendo una calma que no sentía.
—Es solo un dibujo, señor. No debería estar hurgando en mis cosas personales.
Martín arqueó una ceja y dejó el papel sobre el escritorio, pero mantuvo su dedo índice sobre la palabra "Papá".
—"Papá" —leyó él, y por un microsegundo, Astrid creyó ver una grieta de dolor en su máscara de hierro—. ¿Quién es el artista? Y más importante aún, ¿quién es el modelo? ¿Es este el hombre por el que sales corriendo a mediodía? ¿El que te espera para que le cuentes cómo te humillo en las reuniones?
El veneno en su voz era directo. Astrid se obligó a soltar una risa nerviosa, metiendo el dibujo rápidamente en su cajón y cerrándolo con llave.
—Es de mi sobrino —mintió, sosteniéndole la mirada con una valentía que no sentía—. Mi hermana tuvo un hijo hace unos años. El niño nunca conoció a su padre, así que dibuja lo que imagina. Es solo la fantasía de un niño, nada más.
Martín dio un paso hacia ella, invadiendo su espacio personal hasta que el aroma de su perfume la envolvió por completo. Se apoyó en el escritorio, acorralándola.
—¿Tu hermana? No recordaba que tuvieras una hermana, Astrid. En la universidad siempre dijiste que eras hija única, que estabas sola en el mundo… hasta que me encontraste a mí.
El golpe bajo la dejó sin aire. Martín tenía una memoria fotográfica para cada detalle de su pasado juntos.
—La gente cambia, las familias aparecen… o se descubren —improvisó ella, sintiendo que el sudor frío le recorría la espalda—. ¿A qué debo su visita, señor Jones? Estoy segura de que no vino a discutir sobre dibujos de preescolar. ¿No tiene algo que hacer con su novia?
Martín la observó en silencio durante varios segundos, unos segundos que para Astrid duraron una eternidad. Podía ver cómo él analizaba cada uno de sus gestos, buscando la mentira. Martín siempre había sido un experto en detectar debilidades, y en ese momento, Astrid se sentía como un cristal a punto de romperse.
—Vine porque quiero el informe de la constructora en mi despacho en diez minutos —dijo él, finalmente, aunque sus ojos seguían fijos en el cajón donde ella había guardado el papel—. Y Astrid…
Ella se tensó al escuchar su nombre de pila en sus labios.
—Diga —respondió con un hilo de voz.
—Lo que haga con mi novia no es de tu incumbencia.
Sin decir una palabra más, Martín se dio la vuelta y salió de la oficina con su habitual elegancia depredadora. Astrid se desplomó en su silla, dejando que el aire saliera de sus pulmones en un suspiro tembloroso. Sus palabras le dolían, pero el susto en ese momento era más poderoso.
Su corazón latía desbocado. Martín estaba empezando a unir las piezas, o al menos, estaba empezando a sospechar que el muro de mentiras de Astrid tenía grietas.
—Tengo que ser más cuidadosa —susurró, frotándose las sienes—. Si él descubre que tengo dos hijos, buscará al padre y descubrirá que es él.
Astrid miró la puerta por donde él se había ido. Era una cacería silenciosa. Martín quería la verdad, y ella para proteger a sus gemelos del hombre que odiaba, tendría que convertirse en la mejor mentirosa del mundo.