Sin derecho a ellos

Capitulo 9

El lobby de ahora Inversiones Jones era un templo de cristal y acero, un lugar donde los niños no tenían cabida. Por eso, cuando Liam cruzó las puertas giratorias con su mochila de cohetes y una expresión de determinación absoluta, las recepcionistas se quedaron mudas. Liam no estaba allí para jugar; había escapado de la vigilancia de la señora Rosa porque "tenía que investigar el lugar donde mami lloraba".

Martín Jones salía del ascensor privado, hablando por teléfono sobre una adquisición millonaria, cuando sintió un impacto en su pierna izquierda. Un líquido espeso y pegajoso comenzó a deslizarse por su pantalón de sastre italiano.

—¡Maldita sea! —rugió Martín, colgando la llamada.

Miró hacia abajo y se encontró con un niño de unos seis años con gorra, bufanda y lentes, como si se escondiera de alguien, sostenía un batido de chocolate a medio terminar. El pequeño no parecía asustado; de hecho, lo observaba con una curiosidad científica, con la barbilla alzada y los brazos cruzados.

—Tienes problemas de reflejos, señor —dijo Liam con una voz sorprendentemente firme—. Deberías mirar por dónde caminas cuando estás en tu teléfono.

Martín se quedó sin habla. Nadie, absolutamente nadie, se atrevía a hablarle así. Y mucho menos un niño que apenas le llegaba a la cintura.

—¿Sabes cuánto cuesta este traje, pequeño delincuente? —siseó Martín, inclinándose para quedar a su altura.

—Probablemente más de lo que vale tu educación —respondió Liam, arqueando una ceja—. Pero el chocolate es bueno para la piel. Deberías darme las gracias.

Martín sintió una chispa de algo que no era furia. Era... admiración. Aquel niño tenía una audacia suicida y una voz tan profunda que le resultaron inquietantemente familiares.

—Tienes agallas —murmuró Martín—. ¿Dónde están tus padres?

—Mi mamá trabaja aquí. Vine a ver si el jefe gruñón ya dejó de molestarla —sentenció el niño.

Antes de que Martín pudiera procesar la frase, una voz aguda y melodiosa resonó desde la entrada.

—¡Liam! ¡Te dije que no podías correr tan rápido!

Una niña pequeña, con gorro, lentes, bufanda al igual de Liam, con rizos oscuros alborotados y un vestido de flores que parecía haber sobrevivido a una guerra, apareció corriendo. Se detuvo en seco al ver a Martín. Sus ojos se abrieron de par en par.
Si Liam era un desafío, la niña era un fantasma.

—Vaya... —susurró Mía, acercándose a Martín sin miedo—. Eres muy alto. ¿Eres un gigante de verdad?

Martín se quedó viéndolos, estiró su mano lentamente para quitarle los lentes a mía, sintiendo un mareo violento por la curiosidad. No podía ser coincidencia de que sus voces y expresiones fueran tan familiares.

—¡Liam! ¡Mía! —El grito de Astrid llegó cargado de puro terror.

Astrid apareció corriendo desde el pasillo de los ascensores, con el rostro pálido y las manos temblorosas. Se interpuso entre Martín y los niños, cubriéndolos con su cuerpo como si esperara un disparo.

—Valente... —la voz de Martín era apenas un susurro quebrado—. Explícame esto. Ahora mismo.

—Son mis sobrinos, Martín, ya te lo dije —balbuceó ella, agarrando las manos de los niños con fuerza—. Tienen que irse. No debieron venir.

Martín ignoró a Astrid y fijó su mirada en los niños, que lo observaban con una mezcla de desafío y curiosidad.

—¿Qué edad tienen? —preguntó Martín, y su voz sonó como un trueno contenido.
Liam abrió la boca para responder.

—Tenemos se...

—¡No respondas, Liam! —le cortó Astrid con una severidad que asustó al niño—. No tienen que hablar con extraños. Vámonos.

Martín dio un paso al frente, bloqueándoles el paso. La tensión en el lobby se podía sentir en la piel.

—Es una pregunta simple, Astrid. ¿Cuántos años tienen? De verdad son tus sobrinos.

Astrid sintió que el aire se acababa. Miró a Martín a los ojos, inyectada en una furia nacida del miedo más profundo.

—Tienen cinco años, Martín —mintió ella, soltando la mentira más grande de su vida con una firmeza que la sorprendió—. Mi hermana... ella tuvo gemelos con un hombre que nos ayudó. Se parecen a mi familia, eso es todo.

Martín miró a Mía. La niña le dedicó una sonrisa tímida, y en ese gesto, él vio a su madre, a su pasado y a la mujer que amaba, todo mezclado en un solo rostro.

—Mientes —dijo Martín, y esta vez no era un insulto, era una dolorosa certeza—. Estos niños no son de tu hermana. Y no tienen cinco años.

—¡Dije que nos vamos! —Astrid tiró de los niños hacia la salida.

—¡Mami, me duele el brazo! —se quejó Mía.
Martín se tensó al escuchar de nuevo la palabra "mami". Astrid se detuvo, abrazó a Mía y miró a Martín con un odio que lo hizo retroceder.

—¿Quién es el padre, Astrid? —preguntó él en un susurro quebrado—. ¿Quién es el hombre por el que me traicionaste? ¿Quién es el tipo que te dio los hijos que yo soñé tener contigo?

—Eso no te importa —respondió ella, con lágrimas de rabia en los ojos—. Tú me dejaste. Me borraste. No tienes derecho a preguntar por mi familia.

Martín soltó una carcajada amarga, mirando a los gemelos con un desprecio que ocultaba una envidia atroz.

—Tienes razón. No me importa. Pero ahora lo entiendo todo —sentenció él, soltándola—. Eres más despreciable de lo que imaginé, Astrid.

Astrid no esperó. Tomó a los niños de las manos y salió corriendo del lobby. Martín se quedó allí, viendo cómo se alejaban. Su mente visualizaba a un hombre inexistente, un rival que le había ganado la partida seis años atrás.

—Me las vas a pagar, Astrid —susurró Martín, apretando los puños—. Voy a encontrar a ese hombre y voy a demostrarte que él no es nada comparado conmigo.

🌟 Graciassss por leer, reinas hermosas.

¿Está bien que Astrid le oculte la verdad a Martín o se lo merece?

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