Sin derecho a ellos

Capitulo 10

El trayecto a casa fue un torbellino de silencio tenso y respiraciones entrecortadas. Astrid no dejó de mirar por el retrovisor, con el corazón martilleando contra sus costillas como un animal enjaulado, temiendo que el Mercedes negro de Martín apareciera tras ellos como un depredador.

Al llegar al pequeño apartamento, cerró la puerta con tres vueltas de llave y se apoyó contra la madera, cerrando los ojos mientras intentaba recuperar el aliento que parecía habérsele quedado atrapado en el lobby de Inversiones Jones.

—A la sala. Ahora —ordenó con una voz que intentaba ser firme, aunque el temblor en sus manos la delataba.

Liam y Mía caminaron con paso lento, arrastrando los pies. Al llegar al centro de la alfombra desgastada, comenzó el ritual de despojo. Liam se quitó la bufanda de lana con un gesto de alivio, seguida por los lentes oscuros que le quedaban grandes y el gorro que le aplastaba el cabello. Mía hizo lo mismo, dejando caer su disfraz al suelo como si se despojaran de una armadura que ya no necesitaban.

Sin los accesorios, la verdad era un grito ensordecedor en la habitación. Los ojos de los niños, de un tormentoso y profundo, eran espejos exactos de los de Martín Jones. Astrid sintió una punzada de dolor físico al verlos; eran el vivo recuerdo de un amor que terminó en cenizas, multiplicado por dos.

—¿En qué estaban pensando? —preguntó Astrid, dejándose caer de rodillas frente a ellos para quedar a su altura—. Podría haber pasado algo horrible. Se escaparon de la señora Rosa, cruzaron la ciudad solos... ¡Ese lugar no es para niños!

Liam, siempre el más protector, dio un paso al frente. Su rostro, que a pesar de su corta edad ya mostraba la mandíbula cuadrada de los Jones, se endureció con una madurez impropia.

—Queríamos ver al Ogro, mami —soltó Liam con una honestidad que le heló la sangre a Astrid—. Te escuchamos llorar en el baño anoche.

—Solo queríamos ver si era un monstruo de verdad —añadió Mía, con sus rizos cayendo sobre sus hombros mientras sus ojos se llenaban de lágrimas—. Si es tan alto y tan rico, ¿por qué es tan malo contigo? Si él te hace daño, Liam y yo podemos asustarlo.

Astrid sintió que se le rompía el alma. Los atrajo hacia sí en un abrazo desesperado, hundiendo el rostro en el hueco de sus cuellos. El olor a chocolate de Liam y al champú de fresa de Mía era su único ancla en medio de la tormenta. Se dio cuenta de que, por mucho que intentara ocultar su miseria, sus hijos eran esponjas que absorbían cada una de sus lágrimas invisibles.

—Escúchenme bien —dijo Astrid, separándose un poco y acunando sus rostros—. Mamá va a estar bien. Siempre. Ese señor... él solo es mi jefe. Es un hombre complicado, pero yo soy fuerte, ¿lo ven? —intentó forzar una sonrisa que no llegó a sus ojos—. Solo necesito que me prometan una cosa: no volverán a salir solos. No volverán a esa oficina. Si algo les pasara, mi vida se acabaría en ese mismo instante. Prométanlo. Pórtense bien y cuídense, por favor.

—Lo prometemos, mami —dijeron ambos al unísono, con una sincronía casi espeluznante.

Sin embargo, detrás de sus espaldas, cuatro manos pequeñas se cerraron con fuerza. Liam cruzó el índice sobre el medio con una determinación gélida, y Mía, imitando a su hermano, hizo lo mismo bajo el vuelo de su vestido de flores. En su lógica infantil, una promesa bajo coacción y con los dedos cruzados era un contrato nulo. El "Ogro" no se iba a librar de ellos tan fácilmente; si él hacía llorar a su madre, ellos harían que su vida fuera un caos.

Mientras tanto, al otro lado de la ciudad, la opulencia de la mansión Jones se sentía más fría que de costumbre. Martín entró tirando el saco sobre un sofá de cuero blanco, ignorando el saludo del mayordomo. Se sirvió un whisky doble, sintiendo el ardor del alcohol en la garganta, pero nada quemaba tanto como el recuerdo de esos niños.

Sus padres, los implacables patriarcas de la familia, estaban en un crucero por el Mediterráneo. Martín agradeció el silencio de la mansión; no habría preguntas inquisitivas sobre por qué su traje italiano de tres mil dólares olía a batido de chocolate barato, ni por qué su mirada estaba perdida en el vacío.

Se acercó al gran ventanal que daba a los jardines perfectamente podados. Su mente era una sala de guerra. Estaba convencido de que Astrid le había mentido. "Cinco años", había dicho ella. Pero él sabía contar. Si esos niños tenían seis, la cronología encajaba de forma dolorosa con el tiempo en que ella desapareció de su vida. Pero su orgullo, herido y supurante, le ofrecía una explicación más retorcida: ella lo había engañado con otro hombre mientras aún estaban juntos.

—Así que un "hombre que las ayudó", ¿eh? —gruñó Martín para sí mismo, apretando el vaso de cristal—. Un salvador. Un amante.

La furia lo invadió, pero era una furia mezclada con una obsesión insana. No podía soportar la idea de que otro hombre hubiera tocado lo que él consideraba suyo, que otro hombre hubiera visto el nacimiento de esos niños que podían ser suyos.

—Si quieres jugar a la familia feliz con tu misterioso caballero, Astrid, te vas a arrepentir —susurró a la oscuridad de la sala—. Te voy a mantener tan ocupada en esa oficina, te voy a exigir tanto, que no vas a tener tiempo ni para darle las buenas noches a ese tipo.

Martín ya estaba trazando el plan en su cabeza. Le asignaría proyectos internacionales, reuniones nocturnas, viajes de último minuto. Quería forzar una grieta en la relación de Astrid con ese "hombre invisible". Quería que el supuesto padre de los gemelos se cansara de sus ausencias, que pelearan, que la dejara. Quería verla sola de nuevo para poder ser él quien la rescatara... o quien terminara de destruirla.

No tenía ni la más mínima sospecha de que en un apartamento humilde, no había ningún hombre esperando a Astrid con una cena caliente. Solo había una mujer agotada que cenaba cereales para que a sus hijos no les faltara nada, y dos niños que, en ese mismo momento, estaban escondidos bajo las sábanas con una linterna, planeando su próxima incursión al territorio del gigante.
La guerra apenas comenzaba, y Martín Jones no sabía que sus oponentes más peligrosos no usaban corbata, sino mochilas de cohetes y su mismo carácter.




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