A la mañana siguiente en el pequeño apartamento, Astrid caminaba de un lado a otro con el teléfono pegado a la oreja, mientras Liam y Mía, sentados en la mesa con sus tazones de cereal, aguzaban el oído como dos pequeños detectives.
—¡No tiene sentido, Martín! —exclamó Astrid, con la voz subida de tono—. Mi contrato dice que soy asistente administrativa en la sede central, no en tu casa. ¿Por qué tengo que trabajar en tu mansión?
Desde el otro lado de la línea, la voz de Martín Jones sonó como un ronroneo de poder, frío y calculador.
—Hay documentos confidenciales de la adquisición que no pueden salir de mi estudio privado, Valente. Si no puedes cumplir con las órdenes de tu jefe, tal vez deberías replantearte si este empleo es para ti. Te espero en una hora. No llegues tarde.
Astrid colgó el teléfono de golpe, soltando un gruñido de frustración. Sus manos temblaban. Esa mansión no era solo una casa; era el mausoleo de sus esperanzas. Recordó la última vez que estuvo frente a esos portones de hierro, siete años atrás, preocupada y con el corazón lleno de ilusiones, solo para que el señor Jones le dijera que Martín se había ido del país sin dejar rastro, solo una carta para ella. Volver allí era como caminar voluntariamente hacia una hoguera.
—Mami, ¿estás bien? —preguntó Mía, bajando su cuchara.
—Sí, mis amores. Solo... mucho trabajo —mintió ella, forzando una sonrisa mientras les daba un beso rápido en la frente—. Escuchen, mamá tiene que ir a una reunión importante. Vayan donde la señora Rosa ahora mismo, ¿sí? No quiero que se queden solos ni un segundo.
—Está bien, mami. Vamos para allá —dijo Liam con una calma sospechosa, intercambiando una mirada fugaz con su hermana.
Astrid, cegada por la urgencia y el dolor de los recuerdos, se encerró en el baño para terminar de arreglarse y lavar su rostro cansado. Ese fue el momento exacto. Con la precisión de un comando de élite, los gemelos tomaron sus mochilas. No hubo necesidad de palabras. Salieron del apartamento en silencio y bajaron las escaleras, nadie sospechaba absolutamente nada de los planes de ellos.
En el estacionamiento, el viejo auto de Astrid esperaba. Liam, que había observado mil veces cómo funcionaba el cierre centralizado, aprovechó que su madre siempre dejaba el maletero sin el seguro adicional debido a una falla mecánica. Con un esfuerzo coordinado, los dos niños se treparon y se acomodaron entre cajas vacías y una manta vieja.
—Mami se va a enojar mucho, Liam —susurró Mía, abrazando sus rodillas en la oscuridad del maletero—. Esto es trampa.
—No es trampa, Mía. Es protección —respondió Liam en un susurro valiente—. El Ogro la hizo llorar anoche. No vamos a dejar que la lastime en su castillo.
****
El trayecto fue un martirio para Astrid. Cada calle que la acercaba a la zona residencial de lujo le oprimía el pecho. Al cruzar los portones de la mansión Jones, sintió un mareo violento. El jardín olía a las mismas magnolias de hace años. Estacionó el auto frente a la escalinata de mármol, sin sospechar que, en la parte trasera, dos corazoncitos latían al unísono, esperando el momento de salir.
Astrid se bajó, enderezó su falda y entró a la casa. Martín la esperaba en la sala principal, una estancia inmensa decorada con un minimalismo gélido. Él estaba de pie junto al ventanal, con una camisa blanca de seda con los primeros botones desabrochados, luciendo irritantemente perfecto.
—Llegas tres minutos tarde —dijo él, girándose lentamente.
—¿Por qué aquí, Martín? —espetó ella, ignorando su comentario—. Sabes perfectamente que esto es inapropiado. Podemos revisar esos documentos en la oficina...
—¿Inapropiado? —Martín caminó hacia ella con esa elegancia depredadora que siempre lo había caracterizado—. ¿O es que tienes miedo, Astrid? ¿Miedo de que las paredes de esta casa te recuerden lo que fuimos? ¿O miedo de estar a solas conmigo sin el escudo de tu amante?
—No tengo miedo de ti —mintió ella, aunque su pulso la traicionaba, golpeando con fuerza en su cuello—. No caeré en tus juegos psicológicos. Vine a trabajar. ¿Dónde están los archivos?
Martín se detuvo a escasos centímetros de ella. El aroma de su perfume, madera y ambición, la envolvió. Él bajó la voz, convirtiéndola en un susurro quebrado que buscaba desarmarla.
—Dime la verdad... ese hombre, el padre de tus hijos... ¿realmente lo amas? ¿O solo lo usas para intentar olvidarme? Porque te veo, Astrid, y veo cómo tiemblas cuando me acerco. Sigues amándome, y eso es lo que no soportas.
—¡Cállate! —exclamó ella, retrocediendo, pero Martín fue más rápido.
Él extendió la mano, no con violencia, sino con una posesividad desesperada, enredando sus dedos en el cabello de Astrid para obligarla a mirarlo a los ojos. Estaba decidido a borrar cualquier rastro de ese "otro hombre" de los labios de ella. Astrid cerró los ojos, sintiendo que su resistencia se desmoronaba ante la cercanía del único hombre que realmente había habitado su piel.
—¡SUELTA A MI MAMI! —el grito retumbó en las paredes de mármol como un cañonazo.
Martín se quedó petrificado. Astrid abrió los ojos de par en par, el terror sustituyendo a la pasión.
En la entrada de la sala, Liam y Mía estaban de pie, con los rostros rojos por el esfuerzo y la indignación. Pero esta vez, no había disfraces. No había gafas oscuras que ocultaran su mirada, ni gorros que escondieran la forma de su frente.
Martín soltó el cabello de Astrid lentamente, como si sus dedos hubieran perdido la fuerza. Se quedó mirando a los niños, y por primera vez en su vida, el gran Martín Jones sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.
Martín observó a Liam. El niño lo miraba con un desafío puro, con las cejas arqueadas de la misma forma exacta en que Martín lo hacía en las juntas de consejo. Pero cuando miró a Mía, su corazón dio un vuelco violento. La niña tenía la misma forma almendrada de los ojos de su madre, la difunta señora Jones, y ese pequeño hoyuelo en la mejilla izquierda que era una marca genética inconfundible de su linaje.
No eran solo parecidos. Eran copias carbón de su propia infancia.