Sin derecho a pensar en ti

7. Cuando abriste tu corazón y recibiste el mío

Después del incidente, Isabel volvió a sentirse cómoda en mi cercanía. Ni su familia ni sus amistades se atrevieron a dudar de mis intenciones. Por supuesto, prefirieron verla conmigo que en peligro. Que estuviera enamorado de ella fue nuestro secreto, y como tal, lo ignoramos sumergiéndonos de vuelta en la rutina. Tal vez fue por comodidad, que estaba cansada de sentirse sola, o por el cariño que me tenía, pero me aceptó de vuelta en su hogar y no se tocó más el tema. Navidad, año nuevo, su cumpleaños, cada fecha la vivimos en familia, hasta que lo siguiente en el calendario fue la primera fiesta de Maite, la esperamos con ilusión desmedida y sin importar gastar más de la cuenta.

No solo compartimos las alegrías, también fuimos juntos al cementerio a recordar a quienes seguíamos extrañando. Esa tarde al volver a casa, la noté meditabunda. Frente a la tumba de Efraín, había puesto mis manos sobre sus hombros al verla flaquear, y temí que mi gesto de apoyo hubiera sido demasiado. Para mí lo fue; esa grieta que surgió cuando puse los ojos en la mujer que mi hermano amaba, dejó de ser una herida sangrante para convertirse en una caricia junto a ella. En consecuencia, la culpa atravesando mi pecho se había vuelto un ligero piquete que era capaz de ignorar, y permitió ver desde otra perspectiva el mismo dilema que me atormentó por años.  

—¿Te vas a quedar a dormir? —preguntó Isabel, saliendo de su mutismo tras la cena y con los ojos colmados de un brillo que no había notado, no dirigido a mí.

Algunas noches, una tormenta o la hora fueron un buen motivo para hacerlo, siempre por sugerencia de ella. No estuve seguro de que en esa ocasión fuera buena idea, me sentía especialmente ansioso. Los niños continuaban despiertos, atentos a la trama de la película en la pantalla de la sala de estar. La mesa y la cocina ya estaban limpias. No era tan tarde y no había más qué hacer que no fuera disfrutar de la compañía de los míos.

—Sí, papi. No te vayas —sugirió la pequeña Maite. Acaricié su carita, continuaba siendo la de Efraín.

En su inocencia intercambiaba a conveniencia la manera de nombrarme. A veces tenía ganas de tener un papá como lo hijos del hermano de su madre, entendía que él era su tío, pero como no conoció al suyo, no le quedaba claro que yo no lo fuera. Octavio también volteó a verme, pendiente de mi respuesta. Él estaba más grandecito, tenía más o menos la misma edad que yo cuando me tocó cuidar de Efraín recién nacido, y comprendía mejor lo que se gestaba a su alrededor. Sentí que aquel era un momento decisivo. Era extraño, incluso lo imaginé con nosotros y creí percibir la fragancia del perfume que tanto le gustaba usar y que a mí me chocaba.

Nuestra infancia golpeó las puertas de mi corazón como oleaje de memorias tristes y felices. Las tristes cargadas de ausencias maternas, no físicas sino emocionales. Ninguno conoció a su respectivo padre, yo al de él sí y era un miserable, el mío probablemente igual. Amé a Efraín con toda el alma, pero su ausencia se había decorado de flores sembradas por las risas de sus hijos y la dedicación de su mujer. Ya no dolía, no como en un principio. De a poco, dejé de sentir que usurpaba su lugar, para convencerme de que estar ahí era mejor a dejar que otro lo ocupara. ¿Estaba siendo egoísta? Sí, por primera vez en mi vida, antepuse mi felicidad al resto. Pero había alguien que podía cortar de raíz toda mi confianza:

—¿Quieres que me quede? —pronuncié el cuestionamiento, mirándola solo a ella. Una palabra suya y me tendría ahí la vida entera.  

Sus labios se separaron de a poco, o era mi ansía por escuchar su veredicto.

—Me encantaría.

Una sonrisa acompañó su respuesta y mariposas nacieron en mi pecho, bajaron a mi estómago, para luego volar libres por mis extremidades. De pronto, sentí que de nuevo era un quinceañero aguardando su primera cita. Era una locura, pero los dos éramos adultos, las dudas no tenían cabida. Acompañamos a los niños a la cama. Luego, tomó mi mano y la seguí hasta su alcoba.

—¿Estás segura? Todavía puedes correrme —Me negué a quedarme con la espinita una vez que la puerta se cerró y nos apartó del mundo.

Sonrió, y no fue su voz la que respondió sino los dos pasos que permitieron a sus manos alcanzar mi rostro. De puntitas y jalándome hacia ella, besó mis labios. Más allá del apasionamiento que me envolvió, me quedó el sabor de su ternura. El retorno fue imposible una vez que la tomé por la cintura y la estreché contra mí. Dejamos afuera culpas y miedos. Primero nos desnudamos sin quitarnos la ropa, mostrando las verdades que llevábamos dentro. Le confesé todo de mi amor por ella. Se mostró atónita, no lo imaginaba; Y ella creyendo que lo mío era antipatía. Ingenua, pero era eso mismo lo que la hacía encantadora. También la escuché, cautivado por esa faceta que solo conocí en sueños y anhelos. Su amor por mí no era tan añejo como el mío, tampoco reciente. Había surgido como florecita salvaje en ciudad, rompiendo el pavimento que le impedía verme como algo más que el hermano de su esposo. Ya tenía sentimientos cuando me alejó de su lado acuciada por las habladurías de su mamá, no obstante, como no creyó posible ser correspondida, descubrirlo la aterró. Temía decepcionarme al no estar según ella a mi altura. Mi Isabel, si lo hubiera sabido antes, no se habría castigado tanto. Pero pensó en todos menos en sí misma, igual que yo.

Llegó el momento en que las palabras se ahogaron en el deseo. Entonces la abracé besando su frente y sembré un caminito por sus mejillas que cayó en su boca. Todavía no me acababa de creer que me hubiera otorgado ese derecho. Para reafirmar la certeza de su afecto, me atreví a levantar su blusa y abrir el cierre de su pantalón. La sentí temblar un poco al inicio, y más cuando su desnudez se reflejó en mis pupilas. Entre apenadas frases, me confesó que no conoció más hombre que mi hermano. Comprendí y fui más lento, haber esperado una década forjó mi paciencia. Uno a uno besé sus dedos. Alterné las caricias de mi boca con las de mis manos y tatué con ellas su piel hasta que desinhibida, se unió a la búsqueda de complacernos en la mutua entrega.




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