Sin Perdón

CAPÍTULO 1 Éxito y control

El éxito, pensaba Mónica, no era un momento. Era un sistema. Una estructura perfectamente diseñada en la que cada pieza encajaba en su sitio: la voz, el gesto, la imagen, el silencio exacto antes de una respuesta, la sonrisa medida que nunca dejaba ver más de lo necesario. El error estaba en creer que era espontáneo.

No lo era. Nada lo era.

—En cinco sales —dijo alguien desde la puerta.

Mónica no respondió de inmediato. Observaba su reflejo con una calma casi clínica, como si no se estuviera mirando a sí misma, sino a una versión mejorada, afinada con los años hasta eliminar cualquier imperfección visible. Se inclinó ligeramente hacia el espejo y ajustó un mechón que ya estaba en su sitio. No era por estética. Era por control.

—¿Mónica?

—Sí —respondió finalmente, sin apartar la mirada.

Todo estaba donde tenía que estar.

La gira estaba cerrada con meses de antelación, las entrevistas medidas, las respuestas preparadas, las apariciones públicas filtradas. Incluso el cansancio estaba previsto. Sabía cuánto podía dar. Y cuándo debía retirarse antes de que se notara.

Esa había sido siempre su diferencia. No el talento sino el control sobre todo lo que la rodeaba.

Miles de voces pronunciando su nombre rugieron en el estadio cuando ella apareció sobre el escenario. Mónica avanzó con paso firme, absorbiendo la energía sin dejar que la tocara. Su voz llenó cada rincón con una precisión que no dejaba espacio a la improvisación. Cada nota estaba donde debía, cada pausa era exacta, cada mirada lanzada al público tenía un destino concreto. Nada era casual. Ni siquiera la forma en la que parecía serlo.

A mitad de la primera canción, se acercó al borde del escenario y alargó la mano hacia las primeras filas. Mónica sonrió. La sonrisa correcta. La que prometía cercanía sin concederla del todo. Porque eso también era parte del sistema. Dar lo suficiente. Nunca más. No permitirle jamás al personaje que se adueñase de la persona.

Cuando terminó, el aplauso fue inmediato. Mónica se llevó la mano al pecho y bajó la cabeza. Un agradecimiento medido. Apenas dos segundos, ni uno más. Se incorporó y sostuvo la mirada del público, como si realmente estuviera conectando con cada persona allí. Pero no era eso. Era dominio. Sabía exactamente cuánto debía durar ese momento para que pareciera real.

—Ha sido perfecto —dijo su representante en cuanto cruzó el pasillo—. De verdad, Mónica, ha sido una locura.

Mónica asintió mientras alguien le retiraba el micrófono.

—Lo sé.

No sonó arrogante. Sonó… factual. Como si no hubiera otra posibilidad.

—Tienes a la prensa esperando. Y la conexión con Madrid, unos quince minutos hemos pactado.

—Cinco —corrigió ella.

El hombre dudó.

—¿Perdón?

—Cinco minutos. No más.

No levantó la voz. No hizo falta.

—Claro —cedió él—. Cinco.

Mónica siguió caminando hacia el camerino, desabrochándose uno de los cierres del vestido con movimientos automáticos. Se sentía cansada y lo único que deseaba era llegar a casa y volver a ser una persona común, lejos de los focos y los flashes. Ponerse un delantal y prepararse unas lentejas, de esas que su madre acostumbraba a cocinar cuando eran pequeños y las mismas con las que había alimentado a Aitor de niño.

El móvil vibró sobre la mesa. Era Aitor.

Mónica lo cogió sin dudar.

—¿Aitor? Parece que te he llamado con el pensamiento —murmuró mientras se quitaba los pendientes, primero uno, luego el otro.

Silencio. Un segundo. Dos. Y después, una respiración irregular.

—Mamá…

Había algo en su voz que no encajaba. No parecía cansancio y tampoco que estuviese enfadado. Parecía otra cosa. Había urgencia, casi desesperación.

Mónica se incorporó ligeramente.

—¿Dónde estás? Se oye mucho ruido.

—No lo sé bien.

La respuesta llegó demasiado rápido.

—¿Cómo que no lo sabes?

—No te enfades.

—A ver, ¿y por qué me voy a enfadar? ¿Dónde estás? —insistió con seriedad.

—Estoy en… —dudó—. Mamá, en Al-Zahara.

Mónica frunció el ceño. Eso sonaba lejos. Muy lejos.

—¿Y eso dónde carajos está eso?

—Mamá, por favor, escúchame. Necesito que… estoy en un lio.

Mónica se quedó en silencio, mientras buscaba con movimientos torpes dónde quedaba Al- Zahara. Era la primera vez que escuchaba ese nombre.

—Necesitas dinero —concluyó dispuesta a desembolsar cualquier cantidad por sacar a Aitor de sus apuros, como ya lo había hecho muchas veces.—¿Quién está contigo? —preguntó al escuchar voces en árabe.

Otra pausa. Más larga.

—Hay gente… no sé si son policías o… —Aitor se quedó callado un instante— no puedo hablar.

El aire del camerino se volvió más pesado, pero Monica intentó mantener la calma y pensar con frialdad. Estaba claro que su hijo estaba en un lío.

—Mándame tu ubicación, —espetó resolutiva.

Pero Aitor ya no contestó y la llamada se cortó generando en Monica un estado de ansiedad. Intentó contenerse a sí misma, mantener el control, pero le costaba pensar que su hijo estuviese retenido en cualquier país árabe del Oriente Medio.

Mónica se quedó quieta un segundo, mirando su reflejo.

Cogió el bolso. Las llaves. El abrigo.

—Cancelad la prensa —dijo al abrir la puerta.

—Eso está difícil, ¿qué pasa? —preguntó su representante.

—Cancela todo y busca el primer vuelo para España, ya.

No levantó la voz. No hizo falta.

El manager titubeó, pero acató las órdenes, porque sabía que Monica no era de las que daban explicaciones, pero tampoco de las que incumplían sus compromisos sin una razón de peso.

Mónica dio un paso fuera. Y sin más preámbulos puso rumbo al hotel. Llamó a Oscar. Una, dos y hasta tres veces, pero no obtuvo respuesta. Típico, nunca está cuando se le necesita, pensó con desánimo.

Esa noche la artista se quedó dormida, con el teléfono pegado a la almohada, a la espera de cualquier noticia de Aitor… o de Oscar, sin saber aún la emboscada que el destino les tenía preparada.




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