Sin Perdón

Capítulo 2 Algo en común

La llegada a España fue antes de lo planeado. La ciudad aún dormía cuando Monica y su equipo aterrizaron en el Prat. En el aeropuerto se respiraba tranquilidad a pesar de estar casi en la temporada de verano. Los primeros cafés empezaban a levantar sus persianas mientras los pasajeros esperaban pacientemente a los puertas de sus destinos.

Monica apenas era capaz de mantener los ojos abiertos, los hombros caídos y la sensación de perder el control la tenían visiblemente agotada. Su representante se apresuró a una de las cafeterías y pidió un café negro bien cargado.

—Gracias —musitó la cantante sin mucho entusiasmo.

El hombre asintió con la cabeza y le quitó una de las maletas que arrastraba. El taxi esperaba en la puerta.

No había parado de darle vueltas al mismo asunto durante toda la noche. Oscar. Le gustase o no, no podía dejarlo al margen. Si Aitor estaba en líos, toda la ayuda sería poca. Respiró profundamente y cerró los ojos, dejándose caer sobre el respaldo mientras avanzaban por el centro de la ciudad. El bullicio y las grandes avenidas repletas de gente siempre con prisa independientemente de la hora. Nada de eso iba con ella.

A Oscar, sin embargo, siempre le había gustado vivir en el centro y no dudó en instalarse en una de las principales arterias de Barcelona después de su divorcio. De eso habían pasado cinco años ya. Cinco años desde que Monica le puso las maletas en la calle y un punto y final a sus más de 16 años de matrimonio.

——-

El timbre sonó varias veces hasta que Oscar pudo identificar de dónde venia ese irritante sonido que le taladraba la cabeza. Se estiró todo lo que dio de sí y se incorporó con torpeza. Miró el reloj despertador. Las cinco Mierda, pensó. No habían pasado ni tres horas desde que se había metido en la cama… El timbre volvió a sonar otra vez y otra vez, cada vez con más insistencia. Dio un salto de la cama y se dirigió hacia la puerta de mala gana.

—Joder, joder… ya va! Tanta prisa a estas horas!

Monica se acomodó el vestido rápidamente. Reparó en que estaba arrugado del viaje y que no se había retocado el maquillaje desde que salieron de México. No es que le importara lo que pensase Oscar de ella… o tal vez sí. Quizás lo que le importaba era pensar que algo se le escapaba a su control.

La puerta se abrió bruscamente, dejando ver a un Oscar despeinado y en calzoncillos.

—Vaya! Esto si que es una novedad —murmuró para sí.

—Podrías vestirte.

Monica lo empujó suavemente y se hizo paso hasta el interior como si se tratase de su propia casa.

—Podrías vestirte —sugirió ella, intentando no posar sus ojos en su torso desnudo.

Oscar se ladeó y cerró con aún más brusquedad de la que había abierto. No se le pasó por alto que a su ex mujer le acompañaban dos maletas.

—¿No te parece que es un poco temprano para hacer visitas? ¿O vienes para quedarte?

—Ya te gustaría a ti, pero no. Está claro que no sabes en qué anda tu hijo.

Oscar suspiró y se fue a la habitación. Se colocó unos pantalones y la camisa de la noche anterior que encontró sobre una silla.

—¿Y qué le pasa ahora al niño de tus ojos?

Monica se dejó caer sobre la silla. Sacó el teléfono de su bolso y le mostró la ubicación de Aitor.

Almira, al noroeste de Al-Zahara.

Oscar le tomó el teléfono con recelo.

—¿Qué es esto?

—Ahí está —bajó la mirada, preocupada— Apenas pudimos hablar…

—Te ha pedido dinero… como siempre. Si dejaras de arreglar todas las cagadas que se manda, a lo mejor espabilaría.

—¿Me dejas hablar o tengo que buscar ayuda en otra parte?

Oscar preparó café y se sentó a su lado.

—No has dormido una mierda. Tiene que ser grave entonces.

—Creo que lo tienen retenido… —suspiró ella con la taza de café humeante entre sus manos—. Y no me contó casi nada, pero estaba asustado.

—Ya…

—Yo conozco a Aitor… y esto no es una chiquillada más.

El policía se quedó mirándola a los ojos con detenimiento. Estaba asustada, ansiosa. Algo que no era usual en ella. Resopló y se estiró sobre el respaldo de la silla como queriendo tomar distancia de todo lo que la cantante le había contado hasta el momento.

—Al-Zahara… vete a casa. Date una ducha y duerme. Después te llamo con lo que haya averiguado.

Monica se levantó de la silla, agarró su abrigo y su bolso.

—Llámame en cuanto tengas algo.

——

No era la primera vez que Aitor desaparecía en uno de sus viajes por el mundo para encontrarse a sí mismo. Y, por supuesto, tampoco era la primera vez que Monica financiaba una de sus huidas disfrazadas de ”desarrollo personal”.

Aitor no solo se pedía. Se metía en problemas.

Y siempre inevitablemente era su madre quien terminaba interviniendo, sacándolo del incendio justo antes de que ardiera todo.

Por eso Oscar no se alarmó. Estaba convencido de que esta era una más de Aitor. Nada más allá de ”mamá, se me ha acabado el dinero”. Aún así, introdujo la ubicación en la base de datos de la policía.

Por si acaso. Porque Al-Zahara no era un destino cualquiera. Era un país árabe en el que convivían diferentes etnias y religiones bajo un equilibrio frágil, sostenido durante décadas por una monarquía autoritaria que nunca había sido cuestionada de verdad.

Hasta ahora.

En los márgenes del sistema la oposición más radical no pedía reformas. Pedía una ruptura total.

La caída del Rey. El fin de su linaje. No como venganza sino como garantía. Por que según ellos, sólo eliminando el origen del poder, el país podría abrirse de verdad: libertades individuales, fin del control institucional, elección real.

Palabras que en Al-Zahara no eran ideas. Eran una amenaza. Y Aitor estaba allí.

——

El coche era negro. Impecable. Demasiado limpio para aquella calle. Aitor lo vio venir antes de que se detuviera junto a él. Las puertas se abrieron casi al mismo tiempo. No hubo gritos ni forcejeo, solo eficacia.




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