Aitor bajó la cabeza, no tanto por sumisión como por la necesidad de controlar el vértigo que le comprimía el pecho, y se dejó escoltar hasta el interior del mastodóntico edificio. El cambio fue inmediato: del aire denso del exterior a una atmósfera fría, perfumada, casi irreal. Las paredes, altas e imponentes, parecían esculpidas en oro y plata, como si cada centímetro hubiese sido trabajado para deslumbrar. La luz se filtraba a través de ventanales interminables, proyectando reflejos líquidos sobre unos suelos de mármol pulido que devolvían cada paso con un eco solemne.
Era demasiado. Mucho más de lo que él habría considerado lujo, incluso en sus estándares más altos. Y no es que hubiera vivido precisamente en la escasez. Pero aquello… aquello era otra cosa. No era riqueza: era una exhibición calculada de poder. Todo estaba medido, dispuesto para impresionar, para someter incluso antes de pronunciar una palabra.
Hasta las ropas de los empleados estaban cuidadas con un esmero casi ceremonial. Telas impecables, cortes perfectos, colores sobrios que no competían con la arquitectura sino que la reverenciaban. Una joven doncella, de movimientos gráciles y mirada baja, se adelantó y lo saludó con una reverencia ensayada hasta la perfección.
—Bienvenido a palacio, Alteza.
Aitor frunció ligeramente el ceño y miró a ambos lados, buscando a ese supuesto destinatario del saludo. No había nadie más. Sólo él… y los hombres que lo escoltaban.
—Oh, no, no, yo no soy alteza ni nada de eso —contestó risueño, con una sonrisa incrédula, como si la situación rozara lo absurdo.
Pero la ligereza le duró apenas un segundo.
Una voz ronca y profunda, cargada de autoridad, lo corrigió de inmediato, atravesando el aire como si fuese una orden.
—Es cierto, no todavía.
La sonrisa de Aitor se desdibujó. Lo miró entonces con detenimiento, dejando que la incredulidad se asentara en su expresión. El hombre aparentaba unos cincuenta años, con una barba escasa pero perfectamente delineada, cada pelo en su sitio como si también obedeciera a una jerarquía. Vestía como… como un rey. No había otra forma de describirlo. Una túnica negra, pesada, con bordados en oro que capturaban la luz a cada movimiento, y un cinturón donde destacaban las cinco esferas, omnipresentes, idénticas a las que había visto repetirse una y otra vez en todas las banderas de Al-Zahara.
—Y tú eres…
El gesto apenas había terminado de formarse en sus labios cuando uno de los guardias se adelantó con brusquedad, dispuesto a reducir cualquier atisbo de irreverencia. Sin embargo, el Rey alzó una mano, mínima, casi perezosa, y el movimiento quedó anulado al instante. No hizo falta más.
—Tu Rey.
—Ya… ¿y qué hago aquí?
No había desafío en su tono, pero sí una resistencia clara, una necesidad de entender antes de aceptar.
—Pensé que tú podrías responderme a esa pregunta. Sígueme.
El Rey no esperó respuesta. Se giró con una elegancia contenida y comenzó a avanzar por un pasillo largo, flanqueado por antorchas cuya llama oscilaba suavemente, proyectando sombras que parecían cobrar vida sobre los muros. El sonido de sus pasos marcaba el ritmo, y Aitor, sin otra alternativa, lo siguió.
Al final del pasillo, dos puertas colosales permanecían cerradas, como si custodiaran algo más que una simple estancia. Pero antes de que el Rey llegara a tocarlas, se abrieron por sí solas, en un movimiento lento, solemne, casi teatral.
Era la sala del trono.
El espacio se desplegó ante él con una magnitud que lo obligó a detenerse un instante. Y entonces la vio.
Allí… allí estaba ella, sentada a la derecha del trono, inmóvil, como si formara parte del propio escenario. Ataviada con un vestido verde esmeralda de tul que parecía capturar la luz en cada pliegue, y una corona que no sólo adornaba, sino que imponía.
—¿Leila?
——
Mónica despertó varias horas después, pero el descanso no le había servido de gran cosa. El agotamiento físico había cedido, sí, pero en su lugar se había instalado una apatía pesada, que le recorría el cuerpo. La incertidumbre y la impotencia de no poder hacer nada más que esperar, la devoraba por dentro.
Y luego estaba Óscar.
Óscar, que había prometido mantenerla informada, ni siquiera se dignaba a devolverle las llamadas. No sabía qué le irritaba más: que no la hubiera tomado en serio desde el principio o que, una vez más, la estuviera dejando al margen como si ella no tuviera derecho a saber qué ocurría con su propio hijo.
Se vistió sin demasiada reflexión: pantalón negro, jersey negro de cuello alto. Se recogió el pelo con una pinza, añadió apenas una capa de rímel —más por costumbre que por verdadera vanidad— y salió directa hacia la comisaría.
Haber pasado tantos años casada con aquel hombre seguía abriéndole puertas en ese lugar. Los pasillos, las caras, incluso el olor a café recalentado y papeles viejos le resultaban demasiado familiares. Nadie le puso demasiadas objeciones cuando avanzó con determinación hasta la sala de reuniones donde, según le habían indicado, estaba Óscar.
Las persianas estaban medio bajadas y la puerta cerrada, pero eso no la detuvo. Empujó con firmeza y entró sin pedir permiso, interrumpiendo la reunión ante la mirada inmediata de las cinco personas sentadas alrededor de la mesa.
—Dijiste que me llamarías.
Óscar frunció el ceño al verla irrumpir así.
—Espera afuera —dijo mientras se levantaba de la silla y le hacía un gesto claro para que abandonara la sala.
Mónica alzó la vista y, por encima de su hombro, distinguió una enorme pantalla que presidía la estancia. En ella había desplegado un mapa detallado de Al-Zahara.
Su estómago se contrajo.
Miró alrededor. Todos eran hombres uniformados, algunos conocidos de otra época, otros apenas familiares. La observaban con una mezcla de curiosidad y cautela, como si asistieran a una escena privada que no deberían presenciar. Ninguno intervino cuando Óscar se acercó, le sujetó el brazo con firmeza contenida y trató de acompañarla hacia la puerta.
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Editado: 10.05.2026