El teléfono vibró una vez sobre la mesa, desplazándose apenas unos milímetros sobre la superficie de madera.
Óscar ni siquiera lo miró. Seguía concentrado en el mapa desplegado frente a ellos y en todo lo que implicaba aquel maldito punto perdido en mitad del desierto.
—¿No vas a contestar? El móvil.
Ni levantó la vista.
—Tenemos cosas más importantes en las que ocuparnos.
Pero la paciencia de Mónica estaba agotada desde hacía horas. Antes de que él pudiera reaccionar, se inclinó sobre la mesa y tomó el teléfono con rapidez.
Óscar alzó la cabeza de golpe.
—¿Qué haces?
—¿Y si es tu hijo? —se justificó ella, aunque ambos sabían que aquello no explicaba del todo el gesto.
Desbloqueó la pantalla y frunció levemente el ceño.
No era Aitor.
Mónica arqueó una ceja mientras recorría el mensaje con la mirada. Después levantó la vista hacia él, humedeciéndose los labios con aparente indiferencia.
—¿Quién es Laura? No sabía que estabas con alguien.
La pregunta salió demasiado rápido. Demasiado natural. Ella misma pareció darse cuenta apenas pronunció las palabras.
Oscar la miró con curiosidad y por un momento dejó lo que estaba haciendo para deleitarse en la posibilidad de que Monica pudiese estar… ¿celosa? La idea, ridícula e improbable, le arrancó una ligera curvatura en la comisura de los labios.
—Y si así fuera, ¿te molestaría?
Mónica soltó una pequeña risa seca, casi defensiva.
—Por supuesto que no. Ni siquiera sé por qué he preguntado.
Sonaba bastante poco convincente. Antes de que Óscar pudiera seguir tensando de aquella cuerda, alguien llamó a la puerta y uno de los agentes asomó la cabeza.
—Comandante, tiene una llamada.
Óscar soltó un suspiro molesto.
—¿No puede esperar? Estoy reunido.
El agente dudó apenas un segundo.
—Es de Al-Zahara.
El aire pareció congelarse en la habitación. Mónica y Óscar se miraron al mismo tiempo y toda frivolidad desapareció de golpe.
Óscar se incorporó de inmediato y extendió la mano hacia el teléfono.
—Pásamela. Graba todo e intenta localizar la llamada.
—Sí, señor.
El agente asintió y desapareció, cerrando la puerta tras de sí y devolviéndoles una intimidad abruptamente cargada de tensión.
Óscar activó el altavoz.
Mónica se inclinó hacia él, rígida.
—¿Aitor?
Durante un segundo solo hubo silencio. Entonces respondió una voz masculina, seca y grave, con un marcado acento árabe, aunque el castellano era impecable.
—¿Es usted el señor Óscar Taboada, padre del joven Aitor Taboada?
Óscar intercambió una mirada rápida con Mónica antes de responder.
—El mismo.
Hubo una breve pausa al otro lado.
—Mi nombre es Karim Nayat, consejero de Su Majestad el Rey Hassan Albora. Es de suma importancia que usted y su esposa, madre del joven Aitor, viajen a Al-Zahara con la mayor brevedad posible.
Óscar parpadeó una vez. Después soltó una carcajada breve, incrédula.
—No es una broma de buen gusto.
Mónica, que lo observaba con una mezcla creciente de ansiedad y desconfianza, intervino sin esperar permiso.
—¿De qué se le acusa?
La reacción al otro lado fue inmediata. La voz perdió toda amabilidad protocolaria y adquirió un tono más duro, casi glacial.
—En mi país las mujeres no interrumpen a los hombres.
Los ojos de Mónica se entrecerraron peligrosamente. Se inclinó aún más hacia el teléfono, clavando la mirada en el dispositivo como si pudiera intimidar a través de la línea.
—Soy la madre de Aitor y, evidentemente, no estoy en su país. Así que volveré a preguntarlo: ¿de qué se le acusa?
Hizo una pausa mínima, irritada consigo misma por la necesidad de aclararlo.
—A Aitor.
El silencio que siguió resultó incómodamente largo.
Finalmente, Karim Nayat respondió con una calma cuidadosamente medida.
—Los estaremos esperando. Una vez aquí, las circunstancias se aclararán… si así ha de ser.
La última frase quedó suspendida en el aire como una amenaza apenas disfrazada de cortesía diplomática. Y sin añadir una sola palabra más, colgó.
Durante unos segundos, ninguno de los dos habló. Mónica fue la primera en romper el silencio.
—Dime qué mierda ha podido hacer Aitor para convertirse en un asunto de Estado en un país a miles de km.
Óscar levantó la vista hacia ella.
—Pronto lo sabremos.
——
La Reina Madre saludó primero a su hijo y después a su nieta con un delicado beso en la mejilla antes de tomar asiento en la cabecera lateral de la mesa, el lugar que el protocolo le reservaba por derecho y antigüedad.
El desayuno se servía puntualmente a las siete y, más que una simple comida, constituía uno de los rituales más importantes del día para la familia real. No era negociable. Era el momento en el que se revisaban agendas, se medían humores y se reforzaban jerarquías bajo la apariencia de una convivencia familiar perfectamente ordenada.
La mesa rebosaba de exquisiteces dispuestas de forma casi ceremonial: bandejas de frutas cortadas con esmero, dátiles rellenos, distintos tipos de panes aún tibios, pequeños cuencos de arroz especiado, carnes marinadas, quesos curados y jarras de zumos recién exprimidos. Todo desprendía abundancia, disciplina y una opulencia que parecía incompatible con cualquier atisbo de espontaneidad.
La Reina Madre paseó una mirada tranquila pero observadora por los presentes y frunció el ceño al notar un hueco evidente.
—¿Dónde está el joven? —preguntó al comprobar que uno de los asientos permanecía vacío.
Leila ni siquiera levantó demasiado la vista de su plato. Una sonrisa mínima, cargada de veneno, se dibujó en sus labios.
—En su mazmorra, ¿dónde sino?
El comentario arrancó una mirada severa del Rey. Le dirigió una reprimenda silenciosa antes de aclararse la garganta con un discreto carraspeo.
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Editado: 10.05.2026