Un hombre entrado en años, de cabello canoso impecablemente peinado y una barba pulcramente perfilada, los esperaba al pie del avión envuelto en una larga capa negra que ondeaba con las ráfagas cálidas del desierto. Permanecía inmóvil, erguido con una quietud casi ceremonial, como si llevara allí horas esperando su llegada.
El calor golpeó a Mónica y Óscar en cuanto cruzaron la puerta del avión. Era un calor denso, de esos que se adhieren a la piel como si fuese una segunda capa. El aire estaba cargado de arena en suspensión, diminutas partículas doradas que flotaban bajo la luz abrasadora y que dificultaban la respiración a cualquier foráneo.
Óscar descendió primero y alargó la mano hacia Mónica para ayudarla a bajar las escalerillas.
—Cuidado.
Pero ella ignoró el gesto por completo. Apenas puso un pie en tierra, recorrió la pista con la mirada, buscando a Aitor de forma casi instintiva. No estaba.
Avanzó directamente hacia la figura negra que los observaba desde la distancia, atraída por una mezcla de ansiedad y hostilidad que apenas podía contener.
El hombre reparó primero en ella.
Una mujer rubia resultaba una visión poco habitual en Al-Zahara. Allí, el cabello oscuro seguía asociado a la juventud, la fortaleza y la belleza tradicional. El suyo, en cambio, brillaba bajo el sol con reflejos dorados que contrastaban con la sobriedad de su atuendo: blazer gris perfectamente estructurada, jersey negro de cuello alto y unas grandes gafas de sol que ocultaban buena parte de su rostro.
También había algo en su manera de caminar que captó su atención de inmediato. Y no era solo seguridad. Estaba acostumbrada a mandar.
Aun así, no dijo nada. Se limitó a exhalar lentamente, como si ya anticipara el desafío que aquella mujer supondría, y dirigió toda su atención al hombre que la acompañaba.
—Karim Nayat, consejero de Su Majestad Hassan Albora, Rey de Al-Zahara.
La omisión no pasó desapercibida
Mónica endureció el gesto al instante. Dio un paso al frente, invadiendo deliberadamente el espacio personal del consejero.
Óscar intentó sujetarla por el brazo en un acto reflejo.
—Mónica…
Ella le apartó la mano con un leve pero firme golpe en el abdomen, suficiente para despejar su camino sin apartar la vista de Karim. Con un movimiento lento y calculado, se retiró las gafas de sol y dejó al descubierto una mirada fría, afilada y completamente falta de paciencia.
Lo observó unos segundos, deliberadamente. Después se humedeció los labios antes de hablar.
—Responderemos por lo que haya hecho nuestro hijo, así que le agradecería que acabáramos con esto cuanto antes.
El tono era impecablemente educado. El mensaje, cualquier cosa menos cordial.
Óscar cerró brevemente los ojos. Mónica parecía no haber entendido que Al-Zahara se regía por otras normas. Tampoco estaban en posición de exigir. Al menos no hasta saber en qué lío se había metido Aitor.
—Discúlpela —intervino él, componiendo una expresión diplomática—. Ha sido un viaje largo y está preocupada por nuestro hijo.
Karim volvió a posar la mirada sobre Mónica, esta vez con algo más de detenimiento. Como si la estuviera evaluando. Finalmente, inclinó apenas la cabeza en un gesto de resignación.
—Lo comprendo.
Se hizo a un lado y extendió una mano hacia el vehículo que aguardaba unos metros más allá.
Era un coche blindado, completamente negro, de líneas robustas y cristales tintados. Sobre el capó ondeaba una pequeña bandera también negra, bordada con cinco esferas doradas que relucían bajo el sol como un emblema imposible de ignorar.
—Su Majestad los está esperando. Les aconsejo no hacerlo esperar más.
——
Aitor despertó sobresaltado, como si una sensación incómoda lo hubiera arrancado del sueño. Durante un segundo no supo dónde estaba. Parpadeó varias veces, todavía aturdido, y se restregó los ojos con torpeza.
Entonces la vio.
Leila estaba sentada en el filo de la cama, observándolo con una expresión divertida, casi satisfecha, como si llevara un rato disfrutando de su desconcierto.
—¿Se despertó el bello durmiente?
La propia ocurrencia pareció hacerle especial gracia, porque soltó una pequeña carcajada antes de incorporarse con elegancia.
Se alejó unos pasos y le dio la espalda con aparente naturalidad, aunque lo bastante rápido como para no detener demasiado la mirada en su torso medio desnudo.
Aitor se incorporó lentamente y la observó de arriba abajo.
Vestía un vestido amarillo con delicados bordados dorados que capturaban la luz de la estancia con cada mínimo movimiento. Llevaba el cabello parcialmente recogido bajo una fina diadema ornamentada que reforzaba todavía más aquella imagen irreal.
Parecía salida de uno de esos cuentos de princesas que él jamás se había tomado demasiado en serio. Solo que esta vez no había ficción de por medio. Un ligero escalofrío le recorrió la espalda al recordar quién era realmente.
Una princesa. Una princesa de verdad.
Y, por lo visto, completamente desequilibrada.
—Me estabas observando mientras dormía —murmuró con incredulidad—. Primero me secuestras y luego me espías. ¿Qué será lo siguiente?
Leila se giró apenas lo suficiente para mirarlo por encima del hombro.
—Podría convertirte en mi esclavo, si quisiera.
Lo dijo con una serenidad tan insultantemente natural que Aitor tardó un segundo en procesarlo.
Saltó fuera de la cama y acortó la distancia entre ambos.
Más que una princesa empezaba a parecerle una auténtica perturbada.
—A ti te han lavado el cerebro aquí dentro —sentenció, pasándose una mano por el pelo todavía húmedo del sueño—. Estás como una cabra.
Leila frunció ligeramente el ceño, desconcertada.
Su expresión revelaba un genuino esfuerzo intelectual por comprender la comparación.
Parecía estar evaluando en qué sentido exacto podía parecerse ella a uno de los animales que pastaban en los jardines del palacio.
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Editado: 10.05.2026