Al llegar a palacio, una pequeña hilera de empleados los recibió en silencio.
Karim los había dejado al cargo de cinco mujeres impecablemente vestidas: cuatro jóvenes de apariencia casi idéntica, pulcras hasta el extremo, y una mujer entrada en años cuya presencia imponía una autoridad natural que la diferenciaba del resto. Su atuendo, más elaborado y sobrio, dejaba claro que ocupaba una posición superior dentro de aquella jerarquía.
Quizá una especie de ama de llaves, pensó Mónica.
—Bienvenidos a palacio —saludó la mujer con una voz clara y perfectamente modulada—. Mi nombre es Nadia. Soy la encargada de asegurarme de que su estancia en Al-Zahara resulte satisfactoria para todos.
La encargada de que cumplamos sus absurdas normas, corrigió mentalmente Mónica.
—Solo queremos ver a nuestro hijo. Después nos alojaremos en un hotel.
No había pasado ni un minuto en aquel lugar y ya sentía la necesidad de establecer distancia.
—No queremos causar molestias —intervino Óscar con mucha más diplomacia.
Nadia sonrió con cortesía profesional, aunque sin auténtica calidez.
—Todo a su debido tiempo.
Hizo un leve gesto con la mano y las jóvenes avanzaron de inmediato para hacerse cargo del equipaje.
—Síganme, por favor.
Óscar tomó a Mónica de la mano casi por reflejo. El gesto la sorprendió lo suficiente como para no apartarse de inmediato. No dijo nada. Tampoco él. Se limitaron a seguir a Nadia por un largo corredor de mármol, decorado con lámparas doradas y enormes tapices bordados con las ya familiares cinco esferas.
Finalmente, Nadia abrió una de las puertas del pasillo. La estancia al otro lado parecía más propia de una suite imperial que de una simple habitación de invitados.
Una enorme cama ocupaba el centro del dormitorio, vestida con edredones blancos y cojines perfectamente alineados. A un lado, un tocador de madera tallada presidía un rincón iluminado por lámparas de cristal. Frente a la cama, una chimenea de mármol mantenía la habitación cálida pese al calor exterior.
La estancia era monumental, pero sorprendentemente acogedora.
Sobre una pequeña mesa redonda descansaban bandejas con frutas recién cortadas, tés aromáticos y una selección de dulces locales cuidadosamente dispuestos.
—Aquí estarán cómodos —anunció Nadia—. Pero no duden en llamarme si encuentran algo que no sea de su agrado.
Mónica avanzó unos pasos, observando el lujo casi obsceno del lugar. No era ajena a la riqueza ni a las comodidades, pero aquello jugaba en otra liga. Todo parecía diseñado para impresionar, intimidar y recordar constantemente quién ostentaba el poder allí.
Tuvo que obligarse a recordar por qué había viajado hasta ese lugar.
Se giró bruscamente.
—¿Cuándo veremos a Aitor?
Por primera vez, Nadia pareció detectar algo distinto en ella. Algo que iba más allá de la hostilidad. Vulnerabilidad. Su expresión se suavizó apenas un instante.
—Se ve cansada. Su esposo también.
Mónica estuvo a punto de corregirla, pero Nadia continuó antes de darle oportunidad.
—Vendrán a buscarlos a las siete. Hasta entonces, les aconsejo descansar.
Sin añadir nada más, salió de la habitación y cerró la puerta tras de sí. Un segundo después, Óscar escuchó con claridad el sonido metálico de una llave girando desde el exterior.
No comentó nada. No hacía falta.
Mónica se dejó caer sobre la cama con el peso de todo el viaje encima y cerró los ojos.
El agotamiento, la incertidumbre y el miedo empezaban a filtrarse por cada grieta de su control cuidadosamente construido.
Habría llorado. Quizá incluso lo necesitaba. Pero Óscar seguía allí. Observándola.
Él dio un paso hacia la cama y dudó un instante antes de sentarse a cierta distancia.
—No digas nada —murmuró Mónica.
La voz le tembló ligeramente.
Óscar apoyó las manos sobre el colchón y soltó un suspiro. Después se acomodó y le dio la espalda.
—Compartir cama es, probablemente, lo menos problemático que nos puede pasar en este sitio.
Mónica abrió los ojos de golpe.
—No vamos a compartir cama porque yo no pienso quedarme aquí.
Se incorporó de inmediato y fue directa hacia la puerta. Intentó abrirla. Nada. Giró el pomo con más fuerza. Volvió a intentarlo.Después golpeó la madera con frustración, aunque ambos sabían perfectamente que sería inútil.
Como si alguien fuese a acudir a rescatarla. Como si en aquel lugar sus deseos importaran lo más mínimo.
—Nos han encerrado —informó Óscar desde la cama con una calma irritante.
—Y tú te quedas tan tranquilo. De verdad, no puedo contigo.
Él se pasó una mano por la cara.
—¿Qué quieres que haga? ¿Que me tire por el balcón?
Mónica soltó un resoplido furioso.
—A las siete nos recibirán, aclararemos qué mierda ha hecho Aitor y nos iremos.
Ella se giró lentamente hacia él.
—A veces me gustaría ser como tú.
No sonó como un cumplido. Abrió una de las maletas, sacó su neceser y desapareció en el baño cerrando la puerta tras de sí.
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Karim era una de las pocas personas autorizadas a acceder a las dependencias privadas del Rey prácticamente sin previo aviso.
Conocía al monarca desde hacía décadas. Sus debilidades, sus rutinas, sus silencios y sus límites.
Había estado presente en sus victorias y también en sus peores momentos. Había demostrado su lealtad más de una vez, incluso arriesgando la vida por él cuando las circunstancias así lo exigieron.
Aun así, aquella noche decidió llamar antes de entrar. El Rey llevaba días de humor imprevisible. Y no era para menos.
La heredera había puesto en jaque la estabilidad de la monarquía y comprometido el honor de toda la familia. Se había mezclado con un extranjero que no comprendía ni respetaba las normas, valores y tradiciones del país que algún día estaba destinada a gobernar.
—Su Majestad…
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Editado: 10.05.2026