Las siete en punto.
Óscar consultó por tercera vez su reloj de pulsera, visiblemente impaciente, mientras lanzaba miradas intermitentes hacia la puerta cerrada.
—Date prisa —murmuró, ajustándose el cuello de la camisa—. Algo me dice que esta gente es puntual.
Mónica ni siquiera respondió.
Permanecía frente al espejo, aplicándose rímel con una calma desquiciante. Después dejó el cepillo sobre el tocador y se aplicó una pequeña gota de perfume a ambos lados del cuello.
Óscar la observó en silencio unos segundos.
—Vaya.
—¿Qué pasa?
—Nada —contestó con un pequeño carraspeo.
Ella giró el rostro, lo justo para escrutarlo con suspicacia. Lo conocía demasiado bien.
—Habla.
Óscar suspiró, como si ya supiera que la conversación acabaría siendo terreno minado.
—Quizá ayudaría que te pusieras uno de esos vestidos que tan bien te quedan y fueses un poco más…
—No lo digas —exclamó Mónica con los ojos de par en par— mejor cállate.
—Iba a decir amable.
Ella soltó una risa seca, desprovista de humor.
—Claro. Seguro.
—No ganamos nada entrando a la defensiva. Nos están tratando bastante bien.
Mónica se giró por completo hacia él.
Vestía pantalón negro de corte impecable, blazer verde oscuro y un corpiño negro apenas insinuado bajo la solapa abierta. Mostraba una actitud elegante, afilada y poco conciliadora.
—Nos tratan con condescendencia, nos han encerrado y siguen sin decirnos dónde está Aitor. No son tan amables…
La puerta se abrió justo en mitad de la discusión. Una joven apareció al otro lado. No debía de tener más de dieciocho años, rasgos delicados y una piel oliva impecable.
Sus ojos se posaron sobre Mónica de forma casi involuntaria. Se fijó primero en el pantalón y después en el corpiño negro asomando bajo la americana. Su expresión se tensó , como si estuviera observando algo vagamente escandaloso y profundamente fascinante al mismo tiempo. Nunca había visto a una mujer vestida así.
—¡Niña! —la llamó Óscar, devolviéndola abruptamente a la realidad.
La joven parpadeó.
—Perdón, señor. Su Majestad los espera —Se apartó para cederles el paso—. Por aquí, por favor.
Los condujo por el mismo corredor interminable que habían recorrido horas atrás. El de las antorchas encendidas, los arcos ornamentados y y los suelos de mármol tan pulidos que reflejaban fragmentos de sus siluetas al caminar. Al final del pasillo, dos enormes puertas doradas se abrieron ante ellos con una lentitud ceremonial.
La sala de audiencias.
Mónica había estado en palacios antes. Incluso en recepciones oficiales de la Casa Real española. Había conocido protocolos, salones de gala y pompas cuidadosamente coreografiadas. Pero aquello jugaba en otra liga.
Los techos abovedados, los grandes ventanales que filtraban una luz dorada, las columnas revestidas de mármol blanco, los detalles de esmeraldas engastadas en oro… Y al fondo, elevado sobre varios escalones de piedra oscura, el trono. Imponente. Tapizado en terciopelo rojo y rematado con detalles dorados que parecían tallados para impresionar.
Y allí estaba él. Hassan Albora.
Estaba sentado con una serenidad casi insultante, como si aquella reunión no fuese más que un trámite más de su agenda. Los observó avanzar por el largo pasillo. Primero a Óscar. Daba la impresión de ser un hombre prudente y parecía incómodo, aunque intentaba disimularlo. Después a Mónica. La mujer de la que Karim le había hablado. La madre del muchacho. Y, según parecía, la verdadera fuente de complicaciones.
Interesante.
—Su Majestad… —murmuró Óscar al llegar frente al estrado, inclinando ligeramente la cabeza.
Mónica no se movió.
Permaneció erguida, completamente quieta, estudiándolo con una intensidad casi ofensiva.
—Ya estamos todos, —dijo con voz grave—Hassan Albora. Aunque imagino que, a estas alturas, las presentaciones resultan innecesarias.
Mónica dio dos pasos al frente, acortando distancia con una decisión que hizo que varios guardias se tensaran de inmediato.
—¿Dónde está mi hijo? —preguntó directa. Sin saludo, sin protocolo.
Hassan la observó unos segundos. Tenía los ojos color miel y la mandíbula firme. El temperamento era evidente. Karim no había exagerado. Bajó finalmente del trono y descendió los escalones con calma absoluta hasta quedar frente a ella.
La diferencia de poder era casi ridícula. Y aun así, Mónica le sostuvo la mirada, desafiante.
Curioso.
—Preparándose —contestó Hassan girando la cabeza directamente hacia Oscar—Tiene bastante que aprender. Pero si ha heredado el ímpetu de su madre, quizá termine adaptándose mejor de lo esperado.
No fue la respuesta ambigua sino la actitud del Rey lo que hizo que la irritación de Mónica escalara de inmediato.
—Te estoy hablando yo, por si no te has dado cuenta —espetó Monica, sujetándolo del brazo.
Grave error. Los guardias reaccionaron al instante. Dos hombres se abalanzaron hacia ella y la inmovilizaron con brusquedad.
—¡Ey! Tranquilicémonos —espetó Óscar, dando un paso adelante. Intervino rápidamente y tomó a Mónica por la cintura para apartarla de la escena antes de que aquello escalara a un incidente mayor.
La atrajo hacia sí e intentó contenerla.
—Déjame hablar a mí —le susurró junto a su oído.
Mónica respiraba con dificultad, rígida de indignación.
Óscar levantó la vista hacia Hassan.
—Mónica está confundida. Igual que yo. No entendemos qué está pasando.
—Eso es evidente —respondió Hassan con calma.
Mónica soltó una risa breve, incrédula.
—¿Podemos hablar como personas civilizadas? Preferiblemente sin que tus guardaespaldas intenten reducirme cada treinta segundos.
Por primera vez, algo parecido a una sombra de diversión cruzó el rostro del Rey. Apenas perceptible.
—Son eficientes —contestó mirando fugazmente a los guardias —Tendrá que disculparlos. En Al-Zahara no estamos especialmente acostumbrados a mujeres tan… impetuosas.
Mónica entrecerró los ojos. No sabía si acababa de ser insultada, elogiada o probablemente ambas cosas.
Hassan les indicó con un gesto que lo siguieran y los condujo hacia una zona más privada, presidida por un amplio escritorio de madera oscura. Karim aguardaba allí, en silencio.
—Tomen asiento.
Óscar prácticamente obligó a Mónica a sentarse antes de hacerlo él.
Hassan permaneció de pie unos segundos y después habló, sin preámbulos.
—La ceremonia se celebrará dentro de tres días.
Mónica se tensó de inmediato, pero Óscar que no les quitaba los ojos de encima tomó su mano bajo la mesa y la sujetó con firmeza.
—¿Qué ceremonia? —preguntó, esta vez él.
Hassan entrelazó las manos detrás de la espalda. Su voz sonó firme y serena, como si la sentencia ya hubieses sido dictada.
—Su hijo será el padre de mis nietos.
Silencio absoluto.
Ni siquiera Mónica reaccionó al principio. Como si su cerebro se negara a procesar las palabras. Entonces Hassan añadió, con una calma todavía más irritante:
—Y futuro Rey de Al-Zahara. No era exactamente como lo había imaginado, pero dadas las circunstancias, conviene actuar con cierta celeridad.
Mónica sintió que se quedaba sin respiración. De nuevo Aitor la había vuelto a liar, pero esta vez no estaba segura de poder ayudarlo a salir del enredo.
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Editado: 10.05.2026