Sin Perdón

Capítulo 8 Tres días

Lo único que le preocupaba Mónica en ese momento era Aitor. Así que tener que compartir la habitación e incluso la cama con Oscar había dejado de preocuparle. Al menos por el momento.
Seguía sin comprender cómo, en pleno siglo XXI, alguien podía decidir el futuro de su hijo por acostarse con la mujer equivocada.
El honor. Como si toda la dignidad de una familia dependiera de lo que ocurría entre unas sábanas. O ¿acaso había dejado embarazada a esa chica? Se le heló la sangre con solo pensar que algo pudiera unirla a esa familia. Algo tan importante como un nieto.
—Dime que tienes un plan, Óscar, —murmuró mientras se quitaba las botas de tacón.
El hombre suspiró frustrado. Se había enfrentado a muchas situaciones muy difíciles, pero siempre en su terreno y con normas iguales para todos. Estaba claro que, aquí, jugaban en desventaja.
—Tenemos tres días para convencerlos de que esta boda es un error. O al menos para aplazarla —contestó no muy convencido.
Mónica miró el diván que se encontraba junto a la chimenea y después a su ex marido.
—Ni siquiera pueden asimilar que estamos divorciados. Seguro que es pecado en Santa Al-Zahara.
Oscar tomó una almohada y una manta de la cama y los dejó sobre el diván.
—Quizás ellos si crean en el amor para siempre. Le echen más ganas…
Mónica alzó una ceja, sorprendida—. ¿Me estás reclamando? Porque de ser así, te diré…
—Será mejor que durmamos— la interrumpió. Su voz más seria que de costumbre—. Mañana intentaremos hablar con Aitor. Necesitamos oír su versión.
Se acomodó en el diván como pudo y se tapó con la manta. No porque tuviese frío sino porque, así evitaba que los ojos se le fueran hacia ese camisón de encajes blanco que Monica había sacado de la maleta.
Cerró los ojos y pensó en su hijo. ¿También lo tendrían encerrado? ¿Dónde? Se había creado un mapa mental de todas las estancias de palacio por las que habían pasado. Había demasiadas habitaciones, pero peor aún… guardias por todas partes. Armados y con los ojos puestos en ellos. Los extranjeros. Seguramente una amenaza para la estabilidad del país y al mismo tiempo los padres del futuro Rey de Al-Zahara.
—Mónica…—susurró Oscar en un tono apenas audible—Ey, Moni…
Oscar no supo si realmente estaba dormida o no, pero al no recibir contestación, tomó la almohada y se cuidadosamente se acomodó en el lado libre de la cama. Ninguna reacción. Se inclinó sobre ella y escuchó su respiración pausada, profunda.
Las pastillas, pensó Oscar. Desde que la conocía, la cantante siempre había necesitado de melatonina para poder conciliar el sueño y, al parecer, eso no había cambiado.

——
Antes de que los primeros rayos de sol entraran por la ventana, un estruendo brutal sacudió el palacio. El sonido fue tan violento que las paredes temblaron, haciendo vibrar los cristales y desplazando ligeramente algunos objetos de la estancia.
Mónica despertó sobresaltada, por el estruendo y por encontrarse a Oscar a su lado.
—No me mires así, la cama es grande y ese sofá muy incómodo.
Mónica resopló con toda la intención de contestarle alguna respuesta mordaz, pero una segunda explosión y una onda de calor los sacó a ambos de la cama. Salieron al balcón casi al mismo tiempo y vieron cómo una espesa columna de humo negro comenzaba a extenderse por los jardines inferiores.
—¿Qué coño ha sido eso? —se preguntó Oscar.
Desde aquella altura apenas se distinguía el caos abajo.
Frente a varios de los ventanales de la planta baja, un racimo de granadas había explotado, dejando restos de cristal esparcidos por el suelo, las columnas ennegrecidas y pequeñas llamas todavía activas entre los escombros.
Óscar corrió hacia la puerta y la intentó abrir, pero la cerradura no cedió. La golpeó una vez más con frustración. Nada.
—¡Mierda! Está cerrada.
Mónica no respondió. Se enfundó unos vaqueros a toda prisa, se colocó una camisa blanca holgada y se recogió el pelo con una pinza.
—¿Qué demonios haces? —preguntó Oscar al verla salir al balcón.
Pero la cantante ignoró la pregunta. No estaba especialmente alto. Dos plantas, quizá tres, y una rama gruesa rozaba prácticamente la piedra del balcón. Se subió a una de las barandillas, evaluó la distancia hasta el árbol más próximo y apoyó una mano sobre una de las ramas gruesas que alcanzaban la fachada.
Óscar sintió cómo se le helaba la sangre.
—Estás loca. Bájate de ahí ahora mismo.
Ella ni siquiera lo miró. Solo se impulsó hacia delante y durante un segundo, Óscar estuvo convencido de que iba a matarse. Pero la cantante consiguió aferrarse a la rama con ambas manos. Quedó suspendida en el aire unos segundos, intentando mantener el equilibrio y como pudo comenzó a descender torpemente, arañándose las manos y desgarrando ligeramente la camisa.
—Joder… —murmuró, incorporándose con rapidez y sacudiéndose restos de arena y hojas de la camisa.
A unos metros de distancia, rodeado de guardias y envuelto en una calma irritante, estaba Hassan. La observó durante unos segundos, recorriendo con la mirada la camisa rasgada, las manos arañadas y el evidente caos de su improvisado descenso.
Una leve curva se tensó en la comisura de sus labios.
—Empiezo a entender ciertos comentarios sobre usted.
Mónica entrecerró los ojos, aún agitada. —Y yo empiezo a entender por qué tienen guardias hasta para respirar.
Desde el balcón, Óscar apareció aferrado a la barandilla, claramente dividido entre bajar a buscarla o estrangularla él mismo.

Entonces lo vio. A su lado estaba Aitor.

—¡Mamá!
Corrió hacia ella y la rodeó con ambos brazos antes incluso de que Mónica pudiera procesarlo. La abrazó con fuerza, hundiendo el rostro contra su hombro. El cuerpo de Mónica se tensó un segundo antes de corresponder al abrazo y acariciarle el pelo. Por fin. Ahí estaba.
—Cariño… —murmuró, apartándose para examinarle el rostro—. ¿Estás bien? ¿Te han hecho daño?
Sus manos recorrieron su cara, sus hombros, casi comprobando físicamente que seguía completo. Entonces levantó la vista hacia Hassan y, de repente, el alivio desapareció de su rostro dejando paso a una expresión hostil.
—¿Qué ha pasado? —preguntó con frialdad, clavando en él una mirada cargada de reproche, como si de algún modo aquello fuese culpa suya.
Hassan observó la escena durante unos segundos, imperturbable. Después hizo una breve señal con la mano y varios guardias comenzaron a desalojar la zona del atentado, apartando a empleados y asegurando el perímetro con eficiencia militar.
—No es prudente permanecer aquí.
Se volvió ligeramente hacia uno de sus hombres.
—Aden. Averigüe quien es el causante de este incidente y que limpien todo esto.
Hassan volvió a mirar a Mónica, luego a Aitor todavía aferrado a ella.
—Parece que algunos han decidido acelerar los acontecimientos.




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