El traslado fue inmediato. Tal y como había ordenado Hassan, todos los miembros de la familia —incluidos los extranjeros— fueron evacuados a la Cúpula Azul hasta que el palacio volviera a considerarse seguro.
La estructura dominaba buena parte del complejo y era visible desde casi cualquier punto de los jardines. Desde el exterior parecía una media esfera monumental revestida de azulejos en tonos azul profundo y turquesa, cuyas superficies reflejaban la luz como si estuvieran en constante movimiento. Los patrones geométricos entrelazados que decoraban sus muros le conferían un aspecto casi hipnótico, más cercano a un santuario que a un refugio.
No había entrada visible. Solo accesos ocultos integrados en el propio complejo palaciego, lo que convertía la Cúpula en una fortaleza casi inaccesible.
—Esta vez sí que te has lucido, chaval —murmuró Óscar mientras avanzaban por uno de los túneles subterráneos que conectaban el jardín con el refugio.
Aitor bajó la mirada, claramente incómodo. Mónica, sin soltar la mano de su hijo, dirigió a Óscar una mirada de advertencia.
—Ahora no.
Leila caminaba unos pasos por delante, sin apartar la vista de Aitor ni un segundo.
—Ya casi hemos llegado —anunció con tono ligero—. No es tan cómodo como palacio, pero imagino que seguirá estando por encima de lo que estáis acostumbrados.
Mónica inhaló profundamente para contener una respuesta que, dadas las circunstancias, solo empeoraría la situación.
Karim se detuvo frente a lo que parecía una pared cubierta de yedra. Introdujo una llave metálica en un mecanismo oculto y, tras unos segundos de resistencia, una pesada puerta de piedra se abrió con un sonido grave, como si llevara años sin utilizarse.
El interior de aquella mastodóntica estructura sorprendió incluso a Mónica. La cúpula se abría en una inmensa sala circular bañada por una luz tenue y azulada que descendía desde lo alto. El suelo estaba cubierto de gruesas alfombras persas; columnas ornamentadas sostenían arcos decorados con pan de oro, y decenas de lámparas suspendidas proyectaban sombras cálidas sobre los muros.
Era un refugio, sí. Pero uno diseñado por gente incapaz de concebir la austeridad.
—No hay ni una sola ventana —comentó Mónica, girando lentamente sobre sí misma.
Había algo inquietante en aquel lugar. Una sensación de lujo cuidadosamente diseñado para que nadie recordara que seguían atrapados.
Leila se acercó y enlazó deliberadamente su brazo con el de Aitor.
—Precisamente por eso es seguro.
—Un búnker —añadió Óscar.
—Con piscina y sala de juegos —puntualizó Leila con una sonrisa.
Mónica apenas la escuchaba. Notó entonces la mirada insistente de la muchacha recorriéndole el cuerpo. Su camisa blanca estaba rasgada a la altura del hombro y parte del tejido, desgarrado por el descenso, transparentaba ligeramente el sujetador. Se cruzó de brazos al instante.
—Necesito cambiarme.
Leila sonrió, casi satisfecha.
—Eso puede solucionarse.
Karim intervino antes de que la conversación derivara.
—Nadie regresará a palacio hasta nueva orden. Son instrucciones directas de Su Majestad.
Miró brevemente a Leila. Después a los extranjeros.
—Ya que insiste tanto en atender personalmente a nuestros invitados, quizá quiera acompañarlos a sus habitaciones.
Leila asintió encantada.
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Karim regresó a palacio poco después. La sala de audiencias se había convertido en un improvisado centro de operaciones. Guardias apostados en cada acceso, armas preparadas, comunicaciones cruzándose a toda velocidad. No era la primera vez que grupos radicales atacaban símbolos de la monarquía. Aún conservaba demasiado vivo el recuerdo del atentado que años atrás le había arrebatado a su esposa.
Pero esta vez era distinto.
El último decreto de Hassan —que endurecía las normas matrimoniales y devolvía a las familias la potestad de vetar enlaces considerados contrarios al interés nacional o religioso— había provocado protestas masivas y una fractura evidente en la opinión pública. Demasiado conservador para unos, pero demasiado permisivo para otros.
Hassan parecía haber conseguido lo imposible: disgustar a todos al mismo tiempo.
Karim lo encontró de pie frente a una pantalla.
—Me temo que tenemos un problema mayor.
El Rey levantó la vista.
—Habla.
—Han atacado también el Hospital General y el mercado central.
Silencio.
—¿Víctimas?
Karim dudó un segundo.
—Demasiadas. Mujeres y niños, principalmente.
Por primera vez, algo se endureció de verdad en el rostro del Rey. No era miedo, era algo peor: cálculo.
Se volvió hacia la pantalla. Las noticias mostraban imágenes de protestas multitudinarias ocupando plazas y avenidas. Miles de personas exigían respuestas.
—Son injustos, mi señor —murmuró Karim.
—No —corrigió Hassan con frialdad—. Están furiosos.
Karim bajó la voz.
—Quieren otro Rey.
Hassan giró lentamente el rostro hacia él. La mirada bastó para congelar el aire.
—No lo tendrán.
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Las habitaciones de la Cúpula resultaban casi tan lujosas como las del palacio. Solo las diferenciaba una ausencia absoluta de ventanas.
Leila abrió un inmenso armario. En su interior colgaban vestidos impecables, protegidos por fundas translúcidas.
Mónica frunció el ceño.
—Quiero mi ropa.
—No está disponible —replicó Leila, sacando uno de los vestidos—. Y sinceramente, esto te favorecerá bastante más.
Lo sostuvo entre ambas manos con una delicadeza inesperada. Era exquisito. De seda marfil con bordados dorados y delicados encajes cosidos a mano.
—¿De quién es?
Leila tardó demasiado en responder.
—De la Cúpula, —atinó a decir, desviando la atención del vestido.
—Vístete —añadió—. La cena es a las siete y media. No querrás presentarte ante el Rey así.
Su mirada descendió intencionadamente hacia la camisa rasgada.
Cuando Mónica se quedó sola, sostuvo el vestido unos segundos. No era para nada su estilo. Y, sin embargo, la calidad era indiscutible. Se lo colocó con cierta resignación y se frotó la nariz. Olía a lavanda y rosas. Como un recuerdo que ha sido conservado durante demasiado tiempo.
Cuando Leila regresó y la vio vestida, se quedó inmóvil. La emoción se le reflejó en el rostro e incluso se llevó un dedo al lagrimal.
—Podrías encajar aquí —susurró.
Mónica arqueó una ceja.
—Es Aitor quién debería hacerlo. No yo —su tono se suavizó apenas un instante—Y si le conoces mínimamente, sabrás que nunca se adaptará a todo esto. Te hará infeliz.
El comentario cayó como una piedra. Directo. Mordaz.
Leila endureció el gesto.
—Mi padre no permitirá que esto fracase.
—Yo tampoco pienso permitir…
Mónica no alcanzó a acabar la frase cuando una doncella apareció en la puerta.
—Su Majestad y el resto de la familia los esperan.
Leila recompuso la postura.
—Al Rey no le gusta esperar.
La cantante se miró por última vez al espejo. No parecía ella. Y quizá ese era precisamente el problema.
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Editado: 01.06.2026