Sin Perdón

Capítulo 10 El vestido

Cuando Mónica entró en el salón, la conversación se detuvo. Todos la miraron. Óscar se quedó literalmente sin palabras y Aitor parpadeó varias veces, sorprendido. Pero fue Hassan quien reaccionó de verdad. Se puso en pie lentamente y la observó en silencio, con una mezcla de molestia y desconcierto.

El vestido. Lo reconoció al instante. Le había pertenecido a Sara, su difunta esposa. Y aquella mujer extranjera, insolente y desafiante, lo llevaba puesto con una naturalidad insultante. Sintió una punzada en el corazón. Como si esa mujer estuviese ocupando un lugar que no le pertenecía, desafiando incluso a sus muertos.
Mónica, completamente ajena al origen del vestido, sostuvo su mirada sin entender por qué acababa de tensarse toda la estancia.

La primera en romper el silencio fue la Reina Madre, Samira.

—Así que tú eres Mónica.

Su tono era suave, sin llegar a ser amable. La repasó con la mirada, evaluándola. Después puso los ojos en su nieta. Quizá Leila acababa de jugar una carta mucho más peligrosa de lo que nadie había previsto.

—Así es. La madre de Aitor —le estrechó la mano con una seguridad que poco concordaba con la fragilidad que le aportaba el vestido.

La mujer hizo un ademán con la mano para que todos tomasen asiento. Oscar se apresuró a apartarle la silla a Monica y se sentó a su lado.

—No ayudas precisamente a pasar desapercibida, —murmuró tomándole la mano.

Mónica suspiró al sentir los ojos de Hassan puestos en ella.

—Mucho más apropiada —comentó Leila con una sonrisa apenas perceptible— Casi pareces una de los nuestros.

—La próxima vez espero que se me informe antes de urgar en mi habitación, —alegó el Rey con seriedad mientras pinchaba un trozo de pollo con el tenedor.

Entonces, Mónica lo vio claro. El vestido, los zapatos, todo había pertenecido a la madre de Leila. Sintió como la prenda se aferraba a su cuerpo y la asfixiaba. No podía respirar. Dejó los cubiertos sobre el plato con un ruido que no dejó indiferente a nadie y miró a Leila, después a Hassán.

—¿No es de su agrado nuestra comida? —preguntó el Rey con reproche.

Monica se levantó y se acomodó el vestido, acariciándolo con delicadeza.

—No pretendo tomar un lugar que no me corresponde.

—Me tranquiliza pensar que al menos coincidimos en algo.

Un silencio incómodo siguió a las palabras de Hassan.

Mónica permaneció de pie junto a la mesa, aún con la mano apoyada sobre la tela del vestido. Como si ese gesto le recordase que aún seguía siendo dueña de sí misma y no un títere más en esa representación absurda.

—Sentémonos —intervino al fin Samira, con una serenidad impecable—. La comida se enfría y los problemas, lamentablemente, no desaparecen por ignorarlos.

Su tono y su voz cortante no admitían réplica.

Mónica sostuvo un segundo más la mirada de Hassan antes de volver a tomar asiento con una dignidad que rozaba la insolencia.

Óscar la observó de reojo. Esperaba una retirada dramática, una explosión o, como mínimo, una respuesta afilada. Pero no. Mónica se limitó a desplegar la servilleta sobre su regazo con un suave movimiento. Y aquello, por algún motivo, le resultó todavía más perturbador.

Leila jugueteaba nerviosamente con la copa, consciente de que su pequeño plan había tenido consecuencias más complejas de lo esperado. Aitor, por su parte, parecía debatirse entre la culpa y unas enormes ganas de desaparecer bajo la mesa.

Fue Karim quien rompió finalmente el silencio.

—Las noticias no son alentadoras, Su Majestad.

Samira alzó una ceja.

—¿Algo que no sepamos ya?

Karim inclinó ligeramente la cabeza.

—Las protestas se han intensificado en la capital.

Mónica alzó la vista, interesada a su pesar.

Hassan pinchó con calma un trozo de comida, como si estuvieran hablando del clima.

—Era previsible.

—Han atacado un hospital y un mercado —intervino Óscar, incapaz de contenerse—. Eso no parece precisamente una protesta convencional.

Hassan lo miró por un instante.

—No lo es.

—Entonces tiene un problema bastante serio —concluyó Mónica.

El comentario hizo que varias miradas convergieran sobre ella.

Leila soltó una pequeña risa nasal.

—Mi padre lleva resolviendo problemas mucho antes de que usted pisara este país.
Mónica ladeó ligeramente la cabeza.

—No lo dudo —tomó un sorbo de agua antes de continuar —Aunque, por lo que he visto hasta ahora, encerrar a la gente y decidir con quién deben casarse no parece una estrategia especialmente popular. No quiero imaginarme sus otras propuestas.

El aire pareció congelarse. Óscar cerró los ojos un segundo y Aitor murmuró algo parecido a un “mamá, por favor” que nadie atendió.

Samira observaba la escena con atención. Y Hassan, lejos de mostrarse ofendido, entrelazó las manos sobre la mesa y la miró con un interés frío y calculador.

—¿Y cuál sería su brillante alternativa? —preguntó.

Mónica apoyó la espalda en el respaldo de la silla, completamente ajena al hecho de que acababa de desafiar al hombre más poderoso del país en su propia mesa.

—Yo no gobernaría a base de miedo… —se humedeció los labios— y mucho menos esperaría lealtad a cambio.

La frase cayó con una intención demasiado evidente para ser inocente, lo que hizo que Karim tensase ligeramente la mandíbula y Leila abriera los ojos, escandalizada. Incluso Aitor pareció dejar de respirar. Pero Hassan no reaccionó de inmediato. La observó en silencio durante varios segundos, estudiándola con una intensidad incómoda. Como si intentara decidir si aquella mujer era extraordinariamente valiente o peligrosamente inconsciente. Quizás ambas. Finalmente, dejó los cubiertos sobre el plato.

—Señora —su voz sonó tranquila. Demasiado tranquila— creo conveniente continuar esta conversación después de la cena. A solas.

Óscar levantó la vista al instante.




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