Sin Perdón

Capítulo 11 La reunión

Nadie parecía especialmente interesado en prolongar la cena después de la tensa conversación entre el Rey y sus invitados extranjeros. Fue Leila la primera en levantarse, claramente molesta por el giro que había tomado la velada. La idea era que su padre pusiese los ojos en esa mujer y se olvidara de una vez por todas de su matrimonio con Aitor. Pero nada había salido como esperaba. Aitor se levantó también y la siguió con cierta torpeza sin saber muy bien a dónde ir o qué decir. Óscar fue el único que permaneció sentado, observando a Mónica con evidente incomodidad.
—No me gusta el cariz que está tomando todo esto y no deberías quedarte a solas con él —le advirtió.
Mónica le tomó la mano con ternura y lo miró a los ojos como quien tiene la situación bajo control.
—No me va a hacer nada. Sólo quiere demostrar su poder, —susurró.
Oscar suspiró, preocupado.
—Eso no lo sabemos.
En ese momento la madre Reina los interrumpió, apoyando una mano sobre el hombro de Oscar.
—Será mejor que los dejemos a solas.
Óscar, sorprendido por el contacto físico, negó con la cabeza, pero acabó levantándose.
Mónica lo vio alejarse junto al resto del grupo. Todos menos Karim que aguardaba discretamente al fondo de la sala. Dirigió la mirada hacia la mesa. Hassan bebía de una taza de te como si no tuviera ninguna prisa.
—Acompáñeme —le indicó el Rey cuando la estancia quedó en silencio.
No fue una invitación sino más bien una orden. Hassan abandonó el comedor y Mónica lo siguió a través de varios corredores silenciosos hasta una estancia más pequeña, sobria y sorprendentemente funcional en comparación con el resto del palacio.
Parecía un despacho privado. No había excesos en la decoración. Solo una amplia mesa de madera oscura, estanterías, varios documentos cuidadosamente ordenados y una gran lámpara de luz cálida.
Hassan cerró la puerta tras ellos. Era la primera vez que Monica no vio guardias alrededor. Estaban completamente a solas y, aunque le costase admitirlo, eso la sobrecogió.
—Estoy cansada y quiero irme a dormir —murmuró entre dientes mientras se cruzaba de brazos.
Hassan no pareció impresionado. Se acomodó en el escritorio y la invitó a tomar asiento.
—Prefiero quedarme de pie.
El Rey se sirvió agua en un vaso y apoyó ambas manos sobre el escritorio, observándola. Podría hacer con ella lo que quisiera y nadie lo cuestionaría pero ni siquiera eso parecía intimidarla.
—¿Siempre es así?
—¿Así cómo?
—Difícil.
Monica soltó una carcajada y puso los ojos en blanco.
—No estás acostumbrado a que una mujer tenga voz… siento decepcionarte. Quizás va siendo hora de ser realistas y ver que nuestras familias no son compatibles.
Hassan la miró a los ojos. Los tenía de color miel. Como Sara, pero su mirada era, sin embargo, distinta. Desafiante, casi felina.
—Me estudias y no te gusto —prosiguió Monica— Ni yo, ni mi hijo ni nada de lo que representamos.
—Tiene usted toda la razón. No encajan. Pero a veces, el deber exige sacrificios personales.
—Aitor es un crío… y su hija también.
—En efecto, son jóvenes —hizo una pausa—. Pero eso no los exime de su responsabilidad.
Monica le dio la espalda, desesperada. Era inútil hacer entender a una persona a la que siempre le dan la razón.
El Rey se puso en pie lentamente y apoyó una mano sobre el escritorio.
—Aprenderá.
Monica se dio la vuelta de golpe. Se le veía la irritación reflejada en la cara.
—Yo a mi hijo le he dado valores— espetó apuntándolo con el dedo, olvidándose por completo de con quien hablaba—, libertad para equivocarse y humildad para rectificar. No necesita aprender nada.
Hassan se quedó callado. No eran sus palabras las que lo golpeaban sino su actitud. No sólo lo había tuteado desde que se quedaron a solas sino que además, no le temía.
—Tiene usted una manera peculiar de afrontar el desastre.
Mónica dejó escapar una risa breve, seca.
—Y tú una obsesión preocupante por controlarlo todo.
Hassan no se movió. No pareció molesto, pero tampoco apartó la mirada.
—Y aún así no siempre puedo evitar el desastre —dijo al cabo de unos segundos—. A veces solo es cuestión de decidir qué es lo que estamos dispuestos a perder.
Mónica frunció el ceño. Aquello había sonado demasiado personal.
—¿Y qué estás dispuesto a perder?
La pregunta salió sin filtro. Por primera vez desde que entraron en aquel despacho, Hassan bajó la vista un segundo. Después se volvió hacia una de las estanterías.
—Mi país atraviesa una situación delicada.
—Eso ya lo he deducido.
—No lo ha entendido del todo.
Tomó una carpeta de la mesa y la dejó abierta frente a ella.
Mónica no pensaba acercarse. No quería que pareciera obediencia, pero aún así miró. Eran fotografías de calles llenas de humo, vehículos ardiendo, soldados por todas partes y entre medias, titulares en varios idiomas sobre manifestaciones, ataques y la inestabilidad que atravesaba el país.
—El atentado de hoy… es solo la punta del iceberg —dijo Hassan—. Es un problema que lleva años, meses creciendo.
Mónica apartó la mirada de las imágenes.
—Aitor no tiene nada que ver con esto.
—No directamente —Hassan cerró la carpeta y la habitación quedó en silencio por un momento—Pero mi hija sí.
Aquella frase hizo que, por un instante, Monica dejara de verlo como a un enemigo y lo viese como a un padre. No imaginaba que un hombre tan intransigente y autoritario pudiera albergar sentimientos por otra persona que no fuese él. Ni siquiera por su hija.
—No conoce este país —repitió él con frialdad.
Mónica negó despacio.
—No. No lo conozco como tú. Pero sí conozco a la gente cuando tiene miedo.
Hassan entrecerró los ojos.
Ella dio un paso más.
—Y lo que he visto desde que llegué aquí es un país que está enfadado, que lleva tiempo acumulando rabia y que ahora ha encontrado una excusa para hacerla estallar.
—Mida sus palabras.
—¿Por qué? ¿También me vas a encerrar?
La mandíbula de Hassan se tensó y por un momento se le pasó por la cabeza llamar a los guardias y que la encerraran de por vida o al menos hasta que se arrodillara ante él, pidiéndole perdón. Pero se contuvo. Quería saber más.
Mónica señaló la carpeta cerrada sobre el escritorio y tomó asiento frente a él. Se apoyó sobre el escritorio y lo enfrentó con la mirada.
—No están saliendo a la calle porque tu hija haya cometido un error o porque se haya enamorado de quien no debía —dijo con una voz aún más firme y clara—. Eso es solo una excusa.
Hassan bajó la vista hacia la carpeta. Solo un instante.
—Habla de asuntos que no comprende.
—La gente está rabiosa, porque los oprimes e intentas apagar un incendio echado a tu hija dentro.
El Rey apretó los dientes y respiró hondo sin quitarle los ojos de encima.
Mónica respiró hondo al sentir su intensa mirada. Se estaba pasando. Era consciente de ello, pero no le importaban las consecuencias si con ello podía liberar a Aitor.
—Leila es heredera de esta casa. Tiene deberes y obligaciones. Lo sabe desde que tiene uso de razón.
—No. Tú eres el Rey —dijo con una firmeza que incluso a ella la sorprendió— La responsabilidad de sostener este país es tuya.
Hassan la miró con una dureza casi insoportable.
Mónica sintió cómo el corazón se le salía por la garganta, pero siguió.
—Tú llevas la corona. Tú tomas las decisiones. Tú eres quien debe mirar a esa gente y encontrar una forma de devolverles la calma. No Leila y mucho menos mi hijo.
El Rey respiró hondo. Muy despacio. Como si estuviera conteniendo algo mucho más grande que el enfado.
—Está hablando como una extranjera que no entiende las consecuencias.
Mónica se levantó de repente, incapaz de seguir sosteniéndole la mirada.
—Sólo te hablo como madre, pero te aseguro una cosa, Hassan… cuando un padre empieza a justificar el sacrificio de su hija por el bien de todos, normalmente ya lleva demasiado tiempo confundiendo responsabilidad con miedo.
El silencio fue absoluto. Hassan permaneció inmóvil frente a ella. Por primera vez desde que entró en aquel despacho, no tenía una respuesta inmediata. Y Mónica lo vio. Lo vio de verdad. No al hombre acostumbrado a mandar, sino al padre agotado que por primera vez empezaba a preguntarse si quizá estaba intentando salvar el reino… a costa de perder a su hija.
Mónica bajó lentamente la mano con la que lo había señalado y respiró hondo.
—No puedes pedirle eso a Leila —susurró con una voz mucho más suave —Si tu pueblo necesita una prueba de responsabilidad… tendrás que dársela tú.
Mónica sostuvo su mirada un segundo más y después se dio la vuelta en dirección a la puerta, arrastrando el vestido contra el suelo de mármol.
Hassan no intentó detenerla, pero tampoco apartó la vista.
La observó cruzar la habitación con el ceño ligeramente fruncido, como si acabara de escuchar algo que no terminaba de aceptar. Responsabilidad.
Había pasado meses buscando una salida que calmara al país sin debilitar la imagen de la Corona. Necesitaba una solución rápida y Leila siempre había sido la pieza evidente. La heredera. Pero mientras observaba a Mónica avanzar hacia la puerta, serena y orgullosa incluso después de haberle plantado cara dentro de su propio despacho, una idea incómoda, casi absurda empezaba a tomar forma dentro de su cabeza.
Una posibilidad que no había contemplado jamás.




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