Monica salió del despacho abrumada, consciente de que había sobrepasado todos los límites, pero con la esperanza de haber despertado algo de sentido común en ese hombre inquebrantable.
Karim la esperaba a la salida como su habitual semblante serio. La acompañó en silencio hasta una habitación. Al entrar se dio cuenta de que Oscar no estaba en ella.
—Su Majestad ha ordenado que… —Karim hizo una pausa—. Quiero decir que sus deseos han sido escuchados. Dormirá sola si así lo desea.
Mónica miró a su alrededor. Era una suite muy parecida a la de palacio, pero esta no tenía ventanas ni balcón. Sólo la luz artificial de dos lámparas y a los pies de la cama, lo que parecían ser sus maletas.
—¿Y Oscar?
—Podrá encontrar a su marido en la suite contigua.
El hombre dio un paso hacia atrás e hizo un amago de reverencia.
—Si no se le ofrece nada más…
—No es mi marido —contestó la cantante en un suspiro.
Karim asintió con la cabeza y la dejó a solas.
Monica esperó a que el consejero abandonara la habitación para comprobar si la puerta estaba cerrada con llave, pero esta vez la puerta cedió y se abrió con facilidad. Respiró aliviada. Al menos podía abandonar la habitación, pero no estaba tan segura de poder salir de la Cúpula sin que los guardias se lo impidiesen.
——
Oscar la esperaba ansioso en su habitación. Habían pasado más de dos horas desde que Monica había desaparecido en compañía de ese hombre. Se arrepintió de haberla dejado ir sola. Empezó a plantearse los peores escenarios y no aguantó más. Salió de la habitación y deambuló por los pasillos de la Cúpula. Reinaba el silencio y la luz de los candiles empezaba a atenuarse. Tocaría puerta por puerta hasta dar con ella o con el Rey.
—¡Oscar! —susurró Monica desde el otro extremo del pasillo.
—Por fin. ¿Qué haces ahí, mujer? Estaba a punto de hacer una tontería…
Oscar entró en la habitación y pronto se dio cuenta de que esa noche dormiría solo.
—Parece que van entrando en razón —murmuró Monica.
—¿Cómo ha ido? —preguntó mirándola de arriba abajo, aún ataviada con el vestido de Sara.
La cantante se dejó caer sobre la cama y cerró los ojos.
—Me he pasado tres pueblos… pero le he dicho lo que pensaba y no me arrepiento.
—Miedo me das. ¿De verdad vas a dormir aquí? ¿Sola?
Mónica abrió un ojo y lo miró desde la cama.
—Deberías estar contento, por fin te libras de mi.
Óscar negó con la cabeza y se acercó un poco más.
—Pues no me hace ninguna gracia. Que estés aquí sola, quiero decir. Lo más sensato sería estar unidos, pero tú vas por libre… como siempre.
Ella esbozó una sonrisa cansada.
—Escenitas ahora no, Oscar. Bastante tengo con lidiar con todo esto… —murmuró mientras acariciaba la tela del vestido.
Óscar tragó saliva y se sentó a su lado.
—No te queda mal… nada mal.
Antes de pensarlo demasiado alzó la mano y rozó con los dedos uno de los encajes dorados que le ceñían la cintura. Fue un gesto fue leve, casi imperceptible, pero Mónica se incorporó al instante.
—¿Qué haces?
Óscar apartó la mano como si acabara de darse cuenta de lo que estaba haciendo.
—Pensé que necesitarías ayuda para quitártelo.
Monica se quedó mirándolo con incredulidad.
—¿Qué te has fumado? ¿Te tengo que recordar como están las cosas?
Óscar suspiró y se levantó de golpe, desconcertado por su propio impulso. No supo muy bien de dónde había salido aquello. Tal vez el vestido, tal vez el miedo que había pasado durante aquellas dos horas o quizá simplemente el agotamiento de los últimos días. Fuera lo que fuese, no era el momento.
—Perdón —atinó a decir—. Llevas razón. Será este sitio que nos hace a todos desesperar.
—Vete a dormir, nene.
——
Era bien tarde, aunque en la Cúpula Azul era difícil distinguir el día de la noche. Hassan se dejó caer sobre la cama y cerró los ojos. Inspiró profundamente en una de las almohadas, intentando recordar el olor de Sara; ese perfume que durante años había quedado impregnado en cada rincón de su vida.
Pero hacía mucho que no quedaba rastro de aquellas rosas y lavandas que él mismo le había regalado en una ocasión por su cumpleaños.
—Sara… —suspiró para si— perdóname.
El silencio se mezclaba con el zumbido tenue del sistema de ventilación que recorría la cúpula. Abrió los ojos con frustración.
Durante años había sido capaz de invocar cada detalle de Sara con solo cerrar los párpados: la curva de su sonrisa, el tacto de sus manos, la cadencia tranquila de su voz. Pero aquella noche los recuerdos llegaban desordenados, fragmentados mezclados con otra imagen. La imagen de unos ojos miel sosteniéndole la mirada sin miedo, una voz firme diciéndole verdades que nadie se atrevía a pronunciar.
Hassan apretó la mandíbula y apartó la almohada como si le le quemara la piel. Se puso en pie de golpe y caminó hasta la pared circular de la estancia. Apoyó una mano sobre la superficie fría y respiró hondo. Esa mujer. La extranjera lo había desafiado, juzgado y se dirigía a él sin reverencias y sin temor. Y, además se atrevía a colarse en sus pensamientos.
Volvió hacia la cama y se dejó caer en el borde, agotado.
—No eres ella… —murmuró para sí.
Cerró los ojos otra vez. Pero esta vez no fue Sara quien apareció primero.
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Editado: 01.06.2026