Sin Perdón

Capítulo 13 Tensiones

Capitulo 13 Tensiones
La hora del desayuno siempre había sido sagrada en la familia Albora. A las siete en punto. Ni un minuto más ni uno menos. El palacio despertaba con una puntualidad casi mecánica, como si incluso las paredes hubieran aprendido a obedecer aquel orden impuesto durante generaciones.
Hassan ya estaba sentado a la mesa cuando llegaron las bandejas y como cada mañana el café humeaba en una taza de porcelana blanca. La Reina Madre, Samira, entró sin prisa y ocupó su lugar a su lado, alterando el silencio del salón con el roce de su vestido.
—Este sitio nos trae demasiados recuerdos —dijo mientras repasaba con la mirada cada uno de los rincones de la sala.
Hassan mantuvo la vista fija en el café caliente.
—El pasado no es un lugar en el que uno pueda vivir, madre.
—Bien —respondió ella, serena— me alegra que seas consciente de ello.
El Rey no contestó. Afuera, el palacio seguía su rutina perfecta con el orden de una casa que pretendía ignorar lo que ocurría más allá de sus muros.
—He ordenado que la Cúpula permanezca cerrada —añadió Hassan—. Nadie entra ni sale sin autorización. Hasta que la situación se estabilice.
Samira lo observó con una calma que no terminaba de ser benevolente.
—Estabilizarse… —repitió, como si la palabra le resultara ajena—. Díselo a tu hija. Ultimamente no parece estar muy colaborativa.
El aire se tensó y Hassan apretó los dedos alrededor de la taza.
—Leila está segura.
—Leila está expuesta —corrigió ella—. Y tú sigues confundiendo seguridad con control.
El Rey levantó la mirada, pero no respondió.
Karim permanecía de pie a un lado del comedor, inmóvil, atento a cualquier orden del Rey. Un guardia apareció entonces en el umbral, interrumpiendo la conversación. Se acercó con paso firme hasta él y se inclinó lo justo para que solo él pudiera oírle. Susurró algo breve. Karim no cambió el gesto, pero algo en su mirada se endureció.
—¿Está seguro? —preguntó en voz baja.
El guardia asintió.
Karim tardó un segundo en procesar la información. Después giró ligeramente la cabeza hacia el Rey.
—Su Majestad…
Hassan no levantó la voz.
—Habla.
—Leila no está en la Cúpula —Karim continuó, con la misma frialdad profesional—La mujer tampoco.
La taza de café de Hassan no llegó a romperse, pero el gesto con el que la dejó sobre la mesa fue lo bastante brusco como para que el líquido oscuro se derramase por el mantel.
Samira dejó de moverse.
—¿Cómo que no están? —preguntó, sin elevar la voz.
—Salieron hace media hora —comentó el consejero, sosteniéndole la mirada al Rey.
Hassan se puso en pie despacio —¿Quién autorizó la salida?
—Nadie, Su Majestad.
—Encuéntrenlas —sentenció ante los guardias.
Samira lo observó con una mezcla de preocupación y resignación.
—No puedes encerrarla en una burbuja…—murmuró.
Hassan no la miró. Claro que podía. Se lo había prometido a Sara y Hassan Albora jamás faltaba a su palabra.
——
—No ha sido tan difícil —murmuró Mónica una vez fuera de las inmediaciones de palacio.
Leila se giró hacia el guardia que las había ayudado a salir y le dio un saco de monedas que sacó de la falda de su vestido.
—Alteza… cuídense.
La princesa asintió y tomó a Monica de la muñeca con una fuerza que sorprendió a la cantante. La arrastró por uno de los callejones estrechos que dirigían a la calle principal. Había decenas de personas apostadas en pequeños puestos callejeros de frutas, carnes y verduras.
—Usted sabe que todo acto tiene su consecuencia en Al-Zahara.
Mónica se quedó mirando a la muchacha. Había cambiado sus lujosos vestidos por uno mucho más sencillo y se preguntó si quizás era uno de los uniformes de las empleadas.
—Y yo me imagino que no es la primera vez que haces esto…
Leila soltó una risa seca y se giró hacia un puesto de telas.
—Este color la favorece— le acercó la tela a la cara y asintió satisfecha— Nos lo llevamos por veinte alzares.
—Mi señora, su precio es de cuarenta. No puedo venderlo por la mitad.
Leila dejó la tela en su lugar y se giró hacia Monica. El hombre intervino rápidamente.
—Treina alzares.
—Veinticinco y hará usted feliz a mi futura… —hizo una pausa— suegra.
El vendedor asintió y colocó la prenda en una bolsa.
—Pensaba que las chicas de palacio no regateaban. Igual no debías haber hecho eso… no lo voy a necesitar…
Leila la miró de arriba abajo. Iba vestida con un pantalón negro y un jersey de hilo calado también negro.
—No pretenderá ir así a mi matrimonio. Sugerente… pero poco apropiada. Y no creo que al Rey le guste que vuelva a usar la ropa de mi madre.
Monica apretó la bolsa entre los dedos al escuchar la palabra ”matrimonio” en la boca de una niña. Pensó en Aitor, en la carrera de medicina que había dejado a medias, en las fiestas que acostumbraba a hacer en la casa cuando ella no estaba y… en todo lo que se perdería si se quedaba en ese país.
—No le agrada la idea de que me case con su hijo… —soltó Leila de repente— Y la verdad es que no lo entiendo. Será Rey y todo esto será suyo, nuestro.
—Mi hijo y tú…
La cantante se paró en seco al escuchar una gran algarabía. Miró a su alrededor y a lo lejos pudo ver un grupo de gente que avanzaba con paso firme.
—Ya están otra vez… —suspiró Leila—. Tenemos que irnos.
—Están, ¿quienes?
Pero antes de que Leila contestara a su pregunta, los vio. Gente de todas las edades, incluso niños que avanzaban con pancartas en las manos y paso firme.
Una anciana levantaba una cartulina escrita con tinta negra: Queremos libertad, queremos elegir.
Algunos de los comerciantes evitaban mirar mientras que otros seguían atendiendo sus puestos fingiendo normalidad. Pero nadie parecía realmente indiferente. Una chica joven, con vaqueros y una blusa blanca remangada, alzó la voz por encima del murmullo de la calle.
—¡Mi vida no se negocia!
Un hombre a su lado respondió con otro grito.
—¡Un futuro se vota, no se impone! No más censura! Queremos hablar sin miedo!
Monica se tensó. No parecía ser un altercado aislado, sino más bien las protestas de un pueblo oprimido durante años.
—Mire hacia otro lado —insistió Leila—. Por favor.
Pero Mónica no apartó la vista. Se quedó con los ojos puestos en la anciana que apenas podía mantener el equilibrio.
Unos guardias aparecieron como de la nada e intentaron dispersar a la gente. Uno de ellos empujó a la anciana haciendo que ésta perdiese el equilibrio. Monica se soltó del agarre de Leila y corrió hacia la mujer. Intentó sostenerla, pero la fuerza del empujón hizo que cayese al suelo.
—Qué alguien me ayude! —gritó Monica al ver que la anciana tenía una brecha que sangraba en la frente—. ¡Leila!
Pero Leila no se movió. Se quedó clavada en mitad de la calle, con los dedos rígidos sobre la tela de su vestido. Sintió el corazón latiendo a mil y miró a la anciana en el suelo y después a Mónica. Y no dio un paso. Estoica. Como si nada de lo que estuviesen viendo sus ojos tuviese algo que ver con ella. Ni siquiera intervino cuando vio que los guardias se llevaban presa a Mónica.




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