Sin Perdón

Capítulo 14 Consecuencias

Leila regresó a palacio sola, atravesando los jardines interiores con una rapidez impropia de ella. Dos guardias se apartaron de inmediato al verla y las puertas principales se abrieron incluso antes de que ella se acercara.
Karim ya la esperaba al otro lado. No hizo preguntas. Le bastó verla llegar sola para adivinar que algo no marchaba bien.
Leila mantuvo el mentón alto, intentando disimular la preocupación.
—Necesito hablar con mi padre.
Karim sostuvo su mirada un segundo y luego inclinó la cabeza.
—Está en el ala oeste.
La princesa no esperó más y corrió hacia la sala del Consejo. Allí estaba Hassan reunido con varios miembros de su equipo de seguridad. Los hombres guardaron silencio al ver la cara desencajada de la princesa.
El Rey dio un paso al frente y la repasó con la mirada, comprobando con sus propios ojos que estaba intacta. Y entonces miró detrás de ella.
—¿Dónde está? —preguntó.
Leila notó cómo se le secaba la garganta y las palabras se le atascaban. Su padre se acercó con cuidado.
—Leila.
—La han detenido.
Todos quedaron en silencio.
—¿Quién? —preguntó Karim.
—Los guardias de la ciudad.
La mandíbula del Rey se tensó.
—Explícate.
—Fuimos al mercado. Había una manifestación y Mónica…
Hassan dio un golpe seco sobre la mesa. Fue uno solo, pero bastó para que nadie respirara.
—¿Dónde?
Leila parpadeó.
—En el distrito del mercado viejo.
—Moviliza a seguridad —le dijo a Karim— Ahora.
—Sí, Majestad.
Los hombres salieron de inmediato. Samira apareció en el umbral en ese momento, alertada por el revuelo. Su mirada pasó de Hassan a Leila y no necesitó que ninguno de los dos le contara para entender que su nieta había vuelto a hacer de las suyas.
—¿Qué ha ocurrido?
—Han arrestado a Mónica —respondió Hassan sin apartar los ojos de su hija.
La Reina Madre se quedó rígida.
—Era de esperar, teniendo en cuenta su comportamiento extraño.
Leila dio un paso adelante.
—No fue culpa suya.
Hassan se volvió hacia ella despacio.
—No, desde luego que no —su voz bajó todavía más—. Fue tuya. Desobedeces mis órdenes y ello trae consecuencias.
Sus palabras la golpearon como si la hubieran abofeteado. Leila bajó la mirada por primera vez desde que había entrado.
—Yo no quería que pasara esto.
—Y aun así ha pasado.
—Padre…
—Karim.
El consejero reapareció casi al instante.
—Su Majestad.
—Quiero a todos los hombres disponibles en la calle. Cerrad accesos y localizad a quien haya firmado esa detención.
—Sí, Majestad.
Hassan cogió la chaqueta del respaldo y se la puso sin ayuda. Samira lo miró con preocupación.
—No deberías ir tú.
—No pienso dejarla en manos de nadie más.
Leila levantó la cabeza.
—Padre…
Él se detuvo al pasar junto a ella y la observó apenas un segundo, lo suficiente para que la princesa pudiera ver la decepción en el rostro de Hassan.
Mientras el Rey salía del ala oeste con Karim y media guardia detrás, Leila se quedó clavada en mitad de la sala, incapaz de apartar de su cabeza la imagen de Mónica arrodillada en el suelo y con sangre ajena en las manos, mientras los guardias se la llevaban.
Y ella no había hecho nada.
---
Oscar se percató del revuelo que había en la Cúpula y al ver a la princesa respiró aliviado. Las habían encontrado, aunque imaginaba que las consecuencias no serían menores para Mónica.
—¿Dónde está Mónica? —preguntó mientras se acercaba con paso firme hacia Hassan.
—Detenida—respondió él tajante.
—¿Cómo que detenida? ¿Por qué?
Karim los miraba a los dos, viendo como la tensión escalaba al instante.
—Es una mujer perfectamente capaz de meterse en problemas sin ayuda —contestó el Rey con calma.
Durante una décima de segundo Óscar no reaccionó, después dio un paso adelante. La sangre le empezó a golpear en las sienes.
—Voy contigo.
—Es un asunto interno.
—Es mi mujer…
—Es una mujer que ya no está casada con usted —aclaró el Rey sosteniéndole la mirada.
—Si ella está detenida, voy contigo.
—No.
—Quizás el inspector pueda ser útil —intervino Karim.
—He dicho que no.
Dos hombres acostumbrados a mandar. Karim dio medio paso adelante, preparado por si aquello iba a más. Pero Óscar no bajó la vista.
—No necesito tu permiso para salir a buscarla.
Hassan endureció el gesto.
—Y yo no necesito recordar quién es la máxima autoridad en Al-Zahara —lanzó una mirada a Karim—. ¡Que lo detengan si es necesario!
—Apartaos —gritó Oscar cuando dos guardias se interpusieron en su camino.
Ninguno de los dos se movió y Hassan continuó caminando sin mirar atrás.
—Óscar... —advirtió Karim.
—No —Se soltó de un tirón, pero no llegó muy lejos cuando otros dos hombres ya le habían vuelto a cerrar el paso.
Óscar se dio cuenta de que no iba a pasar. No porque no pudiera derribar a uno o dos hombres. Tal vez incluso a tres. Pero la realidad era que estaba en mitad de una fortaleza rodeado de soldados leales al Rey.
Hassan se detuvo junto a la puerta.
—Llévenlo a sus habitaciones.
—No soy tu prisionero.
El Rey giró apenas la cabeza.
—Entonces deje de comportarse como uno.
Óscar apretó la mandíbula.
—Si le ocurre algo...
—Si le ocurre algo —lo interrumpió Hassan— seré el primero en responder por ello.
Óscar permaneció inmóvil mientras observaba cómo se alejaba. Los guardias seguían a su alrededor, vigilándolo. No intentó escapar otra vez, pero tampoco regresó a su habitación. Se quedó mirando la puerta por la que Hassan acababa de desaparecer. Lo que más le inquietaba no era que Monica estuviese detenida, sino que no poder estar allí cuando la encontraran.
——
El vehículo del Rey se detuvo frente al edificio de la Guardia Central. Era una estructura funcional, de piedra gris, más militar que institucional, levantada para recibir órdenes y devolver obediencia. Los guardias de la entrada reaccionaron de inmediato al ver abrirse la puerta del coche.
Hassan Albora descendió sin esperar asistencia. Su presencia hizo que el aire del vestíbulo se alterase incluso antes de pronunciar palabra.
—Majestad… —empezó uno de los oficiales.
—¿Dónde está la mujer extranjera? —cortó Hassan.
El oficial dudó una fracción de segundo.
—Se encuentra en el área de retención, Su Majestad. Bajo custodia preventiva tras alteración del orden público.
—Quiero verla.
—Hay un procedimiento, señor. Necesitamos autoriza…—
Hassan no alzó la voz.
—He dicho que quiero verla.
El silencio que siguió fue inmediato. El oficial miró a sus superiores. Nadie respondió. Todos entendieron que era una orden.
En la sala de retención, Mónica llevaba varias horas sentada en una silla metálica anclada al suelo. No estaba esposada, pero no hacía falta. El aislamiento, la vigilancia constante, el silencio administrativo… la guardia tenía otras formas coercitivas para mantenerla bajo control.
Tenía una ligera mancha de polvo en el jersey y un corte superficial en el pómulo. No parecía nada grave. Monica levantó la vista de inmediato al escuchar la puerta cerrase tras él. Y entonces lo vio de pie a unos metros y sin escolta. Hassan Albora con la postura recta y la mandíbula en tensión.
Durante un segundo ninguno de los dos habló. Después Mónica soltó una risa breve, seca.
—Vaya. El mismísimo rey encargándose de cosas tan mundanas como yo.
Hassan no respondió a la provocación. Sus ojos descendieron un instante hacia las manos de la cantante, recorrieron después su rostro y se detuvieron apenas un segundo más de lo necesario en la forma en que permanecía sentada. Como si estuviera evaluando daños. Como si intentara reconstruir todo lo ocurrido antes de llegar allí.
—¿Está herida? —preguntó finalmente.
Mónica respiró profundamente y se quedó mirándolo con desconfianza.
—No tienes que fingir preocupación. Nadie nos ve.
Hassan dio un paso hacia ella.
—Le advertí que no saliera de la Cúpula.
—Y yo que yo no recibo órdenes —respondió ella, desafiante—. Pero parece que ninguno de los dos escucha demasiado bien.
—Ha provocado una alteración en un espacio público sensible, —murmuró apoyándose con ambas manos sobre la mesa.
Mónica lo miró con incredulidad y se inclinó ligeramente hacia adelante.
—Había una anciana en el suelo con la cabeza abierta… ”alteza”.
Hassan arqueó una ceja al escuchar la forma irónica en la que la cantante lo había llamado ”alteza”
—Majestad —corrigió con frialdad— se dice Majestad y eso no justifica la forma en la que ha actuado.
—No, claro —Mónica asintió despacio—. O quizás tú deberías estar más al tanto de como tus guardias tratan a ”tu pueblo”.
Hassan se incorporó, incapaz de mantener la penetrante mirada de la cantante.
—No está en posición de dar lecciones —rodeó la mesa— pero eso es algo que discutiremos en otro momento. Nos vamos. No es prudente que nos vean.
Mónica apoyó las manos en los brazos de la silla e intentó levantarse. Una punzada aguda le atravesó el costado, dejándola casi sin aliento. El dolor se le reflejó en el rostro antes de que pudiera ocultarlo, pero apretó los dientes. No pensaba darle esa satisfacción. Se obligó a incorporarse como si nada. Sin embargo, el Rey ya la había visto vacilar al ponerse de pie y buscar apoyo para no perder el equilibrio. Sin pensarlo demasiado, se acercó hasta ella e intentó ayudarla.
—Estoy bien —protestó Mónica, apartándolo con un gesto brusco—. No necesito su ayuda.
Intentó dar un paso, pero las piernas no respondieron como esperaba y el dolor volvió a atravesarle el costado.
Hassan soltó un suspiro cargado de paciencia. O de exasperación.
—Por una vez en su vida deje de discutir.
—Por una vez en la tuya deja de dar órdenes.
El Rey ni siquiera respondió, simplemente le rodeó la cintura con firmeza con la seguridad de que toma algo que le pertenece.
Mónica intentó apartarse de nuevo, pero el esfuerzo solo consiguió que la punzada regresara con más fuerza.
—Suéltame.
—No.
—Puedo caminar sola.
—Evidentemente no.
Ella lo fulminó con la mirada, aunque eso no pareció impresionarlo. Caminó apoyada contra su costado y juntos atravesaron el pasillo de la Guardia Central.
Los murmullos se apagaban a su paso y nadie se atrevía a pronunciar palabra. Al cruzar las puertas principales los recibió una muralla de cámaras, periodistas y curiosos que ya se habían congregado tras conocerse la inesperada visita del Rey.
Los flashes comenzaron a dispararse de inmediato recogiendo el momento en el que Hassan Albora, Rey de Al-Zahara, caminaba abrazado a una mujer que no era su esposa.




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