El trayecto de regreso a la Cúpula Azul transcurrió en un silencio incómodo. Mónica permaneció apoyada contra la ventanilla del vehículo, observando las luces de la ciudad desfilar al otro lado del cristal. Hassan ocupaba el asiento opuesto, en silencio y sin apartar la vista de ella.
Media guardia parecía estar esperándolos cuando atravesaron las puertas principales de la Cúpula. Karim bajó los escalones con rapidez.
—Majestad —Sus ojos se desviaron inmediatamente hacia Mónica— ¿Se encuentra bien?
—Perfectamente —respondió ella antes de que Hassan pudiera abrir la boca.
—No lo está.
La cantante se giró hacia él. —Estoy cansada. No moribunda.
—De igual modo un médico la va a examinar.
—No es necesario.
—No está en discusión.
Karim los observaba el devenir de la conversación sin intervenir. Cinco minutos después, apareció una doctora de mediana edad. El Rey hizo un ademán para que los guardias las acompañaran hasta las habitaciones de la cantante en la Cúpula.
—Esto es ridículo.
—Probablemente —admitió la médica—. Pero si no la examino, Su Majestad seguirá aquí toda la noche.
Mónica resopló.
—Eso sí me lo creo.
La doctora comenzó la exploración revisando el corte del pómulo. Después palpó cuidadosamente el costado y le pidió que se quitase el suéter. Fue entonces cuando frunció el ceño.
—¿Esto cómo se lo hizo?
Mónica bajó la vista. En la parte interna del brazo comenzaban a apreciarse varios hematomas oscuros. Marcas de dedos.
—¿Opuso resistencia? —preguntó tras un corto silencio.
—Digamos que los guardias de su Rey no destacaban por su delicadeza.
La doctora continuó examinándola y a medida que avanzaba, iban a apareciendo más señales de maltrato. Otro hematoma cerca de las costillas, una contusión en la cadera, rozaduras en las muñecas. Cuando terminó, salió de la habitación con expresión seria.
El Rey se incorporó inmediatamente al verla.
—¿Y bien?
—No hay lesiones graves. Sin embargo, presenta evidencias de una agresión física.
La mandíbula del Rey se tensó.
—¿Está segura?
—Completamente.
Karim intercambió una mirada con él.
—¿Quién la detuvo? —preguntó Hassan.
—Eso debería preguntárselo a la Guardia Central.
La doctora se retiró dejándolos solos. Durante unos segundos ninguno de los dos habló. Finalmente Hassan abrió la puerta de la habitación. Mónica seguía sentada junto a la cama.
—Ya puedes quedarte tranquilo —dijo al verlo entrar—. Sobreviviré.
El Rey cerró la puerta tras de sí.
—La han golpeado.
—Qué capacidad deductiva.
—La han golpeado mis hombres, —continuó Hassan avanzando hacia ella— ¿por qué no lo dijo?
Mónica lo miró como si la pregunta fuera absurda.
—¿Y para qué?
—Para que pudiera actuar.
—Actuar —repitió ella con una sonrisa amarga. Se puso lentamente en pie—. Una anciana acaba en el suelo durante una manifestación. Me detienen por ayudarla. Me empujan. Me agarran como si fuera una criminal. Y ahora resulta que tengo que agradecer que intervengas.
Hassan permaneció inmóvil.
—No le estoy pidiendo agradecimiento.
—No, claro. Tú solo pides obediencia —contestó, acercándose más a él—Esto es tu reino, Hassan. Tus guardias. Tus leyes. Tu sistema.Y aun así sigues preguntándote por qué la gente sale a la calle.
El Rey le sostuvo su mirada y por primera vez desde que habían regresado de la Guardia Central, no supo como contestarle.
La puerta volvió a abrirse apenas unos minutos después. Mónica esperaba encontrarse de nuevo con Hassan, pero fue Óscar quien apareció en el umbral. El inspector recorrió la habitación con la mirada hasta encontrarla sentada en el borde de la cama. El corte del pómulo, la palidez, la forma rígida en que mantenía el costado... nada escapó a su atención.
—Joder, Mónica… —murmuró mientras se acercaba hacia ella.
—¿Estás bien?
Detrás de él aparecieron Hassan, Karim y dos miembros de seguridad. El Rey observó la escena en silencio.
—He estado mejor —comentó con una sonrisa cansada.
Óscar negó con la cabeza.
—No haces más que darme disgustos.
—Es mi talento oculto.
Hassan dio un paso al frente.
—Creo que debería descansar —la frase iba claramente dirigida a Óscar— Ya tendrán tiempo de hablar mañana.
Monica se quedó mirando a los dos hombres, tan distintos, pero ambos igual de orgullosos. Se humedeció los labios y se acomodó una almohada en la espalda.
—Quiero que se quede.
Karim levantó ligeramente una ceja e incluso Hassan pareció sorprendido.
Óscar la observó con evidente desconcierto.
—¿Estás segura?
—Sí.
Hassan permaneció inmóvil unos segundos. Después asintió una sola vez.
—Como desee —concluyó con cierto recelo en la voz.
Karim lo conocía lo suficiente para darse cuenta de que el Rey no estaba precisamente satisfecho.
—Majestad… —susurró el consejero.
Hassan apartó la vista de la cama.
—Vamos.
Uno tras otro abandonaron la habitación y la puerta se cerró, dejándolos a solas. Óscar respiró aliviado y se sentó junto a la cantante. La rodeó con los brazos y la sostuvo en un abrazo largo.
—Me has dado un susto de muerte —murmuró Óscar junto a su cabello.
—No seas dramas.
El inspector se separó y la repasó con la mirada.
—Deberías plantearte volver a Madrid. Seguro que tienes conciertos, entrevistas, algo que grabar… vamos, cosas pendientes en tu ajetreada agenda.
Monica lo miró con curiosidad. ¿Eso había sonado a reproche o se preocupaba por ella?
—No me voy a ir sin Aitor, me digas lo que me digas.
Oscar se quitó los zapatos y se recostó sobre las almohadas.
—Lo que has hecho hoy es una estupidez. Y lo único que haces es enfrentarnos más a esa gente.
Monica se acomodó junto a él con suma cautela, sin apenas rozarlo.
—Ya… Oscar. No me regañes más, que no soy de piedra.
—De piedra no, de acero.
Monica se quedó en silencio, acariciando el lugar dónde solía llevar su alianza de casada. —¿Te ves capaz de hacer una tregua tú y yo? —preguntó al fin.
El policía soltó una risa seca y se giró hacia ella acortando la distancia entre ellos.
—Si tú puedes, yo puedo… —Posó una mano en su costado y lo acarició con mimo—¿Te duele?
—Me duele más pensar que no puedo hacer nada para sacar a Aitor de aquí.
Oscar tomó la manta de los pies de la cama y se le echó por encima.
—Me voy a infiltrar en su sistema de seguridad… es la única posibilidad que nos queda.
—Suena temerario, —comentó Monica, preocupada.
—No más que saltar por una ventana y acabar arrestada en la Guardia Central.
La cantante se acomodó bajo la manta y cerró los ojos. El efecto del sedante empezaba hacer efecto. Oscar hizo ademán de levantarse, pero Monica lo retuvo por la muñeca.
—Quédate, Oscar. Sólo esta noche.
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Editado: 22.06.2026