La noticia no se hizo esperar y como Karim había previsto la prensa había recogido el momento en el que el Rey sostenía por la cintura a una mujer, de aspecto occidental, a la salida de la Guardia Central. Las especulaciones fueron variopintas, pero todas apuntaban al Rey y a la posibilidad de que hubiese dejado entrar a otra mujer en su vida.
Karim se acercó hasta la mesa de su escritorio y depositó los periódicos frente a Hassan.
—Su Majestad, me temo que tendremos que actuar de inmediato.
El Rey tomó la prensa y ojeó los titulares.
—”El Rey interviene por una mujer”, ”Hassan Albora, ¿de nuevo enamorado?—leyó Hassan— ¡Calumnias! Solo la ayudé para que no acabara desplomada en el suelo —farfulló tirando los periódico sobre la mesa.
—No es lo que el pueblo ha visto. Si me permite, Señor… es la primera vez que se ve acompañado de una mujer en público después de…
De la muerte de la Reina, pero Karim no se atrevió a mencionarlo.
—¡Desmiéntalo! Nadie ha ocupado ni ocupará el lugar de Sara.
Karim se acercó con cautela—. Ambos sabemos que el pueblo le exige un cambio. El cambio está bajo este techo y no me refiero al joven Aitor.
Hassan se recostó sobre su sillón, perplejo. No respondió al instante. Se quedó en silencio como si de verdad esa idea descabellada fuese factible.
—No es una opción —dijo al fin.
—Pero podría serla —insistió el consejero—. El pueblo la aceptará y la Casa Real Albora seguirá en el poder.
—No es fácil de manejar —tragó saliva— y será un problema más que una solución.
El consejero tomó asiento y de la túnica se sacó una carpeta roja. En ella había fotografías y recortes de periódico de la trayectoria profesional de la cantante. Hassan se acercó con calma y ojeó el material. Portadas de revistas, entrevistas, conciertos multitudinarios, apariciones públicas, Mónica sonriendo ante cientos de cámaras, respondiendo preguntas incómodas, enfrentándose a periodistas.
—Es un personaje público —continuó Karim—. Sabrá lidiar con la prensa y le ayudará a controlar a los grupos más radicales del Consejo.
Hassan reparó en su vestimenta, el color de su cabello, el maquillaje y hasta la actitud era desafiante.
—Tendría que casarme con ella —resopló imaginando lo que eso conllevaría.
—Quieren un cambio en la monarquía. Qué mejor cambio que una mujer occidental y terriblemente disruptiva.
—Hará cualquier cosa por su hijo, pero no sé si su naturaleza le permita adaptarse a nuestras costumbres…a mi. No estamos hablando de una candidata a reina, Karim.
—No, Majestad.
—Entonces ¿de qué estamos hablando?
Karim sostuvo su mirada.
—De la única persona capaz de hacer que parte del pueblo vuelva a creer en usted.
——
Cuando Monica despertó, Oscar ya no estaba a su lado. Intentó levantarse pero se encontraba tan dolorida que apenas pudo incorporarse. Puso un pie en el suelo, después el otro y con cuidado se desplazó hacia el baño. Necesitaba una ducha y al mirarse al espejo, se fijó en que también necesitaría una buena capa de maquillaje para disimular las ojeras y el corte en el pómulo.
—¿Oscar? —Gritó desde el baño al escuchar unos pasos adentrarse en la habitación.
Pero Oscar no respondió. En su lugar, una voz femenina murmuró algo, que apenas pudo distinguir. Se cubrió rápidamente con una toalla y salió de inmediato. Y entonces la vio, inmóvil junto a la cama.
—Hola —saludó Monica.
Leila se fijó en el corte de la cara y en la expresión de dolor de la cantante al moverse.
—Está todo bien —se apresuró a decir, más para sí misma que para la princesa.
Leila dio un paso hacia ella, como si quisiera comprobarlo.
—Está herida.
—No. Sólo algo dolorida, pero pasará.
—No fue culpa suya… pero no debió intervenir.
La cantante se giró apretando los dientes y sacó un vestido verde oliva del armario. Respiró profundamente y pensó bien sus palabras. Deseaba poner a esa niña en su lugar. No solo era acomodada, también era caprichosa, insensible e inmune al dolor ajeno. Pero prefirió callar. Lo que tenía delante era una niña moldeada para encajar en un sistema rígido y autoritario. Y tampoco era culpa suya.
—¿Dónde está mi hijo?
—En su clase de esgrima.
—Me gustaría verlo.
—Lo verá a la hora de la comida. Mi abuela ha pensado que quizás querría acompañarnos a tomar un té… si es que ya se encuentra mejor.
Mónica entró al baño y se enfundó el vestido. Le quedaba por encima de las rodillas y le marcaba las curvas de las caderas. Demasiado sensual para un lugar como este, pensó, pero el calor empezaba a ser sofocante en la Cúpula.
—¿Qué pasa?—preguntó al sentir la mirada reprobadora de la joven.
—No creo que su atuendo sea el adecuado.
—¿Por? —Se colocó unos zapatos de tacón beige oscuro y unos pendientes dorados en forma de sol.
—Una mujer de honor no debe mostrar sus piernas fuera de la intimidad.
Monica arqueó una ceja, después levantó la vista hacia el espejo.
—¿En serio? —preguntó mirándola a través del espejo mientras se pintaba los labios —¿Y quién lo dice?
—La ley lo establece.
—Curioso. En mi país las leyes suelen encargarse de aspectos más importantes.
Leila frunció el ceño.
—Mi padre considera…
—Ya… ahí está el problema —la interrumpió Mónica terminando de pintarse los labios— que confundís demasiado a menudo la lay, con la opinión de un hombre.
—Se meterá en problemas.
—Pues que me detengan.
Leila cerró los ojos un instante, como si aquella respuesta fuese la que esperaba escuchar.
—Mi padre va a enfadarse— suspiró la princesa.
—Tu padre lleva enfadado conmigo desde que llegué a este lugar.
—Créame, puede enfadarse más.
——
Mónica entró detrás de Leila con paso lento, aún sintiendo la rigidez del costado en cada movimiento. Había algo deliberadamente hostil en la calma del lugar, como si la Cúpula tuviera la capacidad de fingir normalidad incluso cuando todo estaba patas arriba.
Samira ya estaba sentada y no se levantó. Solo levantó la vista y la sostuvo durante unos segundos. Su mirada descendió despacio, evaluándola de arriba abajo: el vestido, el pómulo, la forma en que caminaba con cuidado.
—Veo que sigue de pie —dijo al fin—. Eso es una buena señal.
No era amabilidad solo una observación. Indicó el asiento a su lado con un pequeño gesto, como si estuviese dando una orden. Monica dudó unos segundos, pero finalmente se sentó. El té ya estaba servido y los periódicos del día estaban dispuestos sobre la mesa junto a las galletas de pistacho. Leila los vio al instante, pero bajó la mirada como si no los reconociera.
Mónica, en cambio, no apartó los ojos.
—Veo que la prensa funciona igual en todas partes —murmuró—. Solo cambia el idioma.
Samira no respondió de inmediato. Uno de los empleados apareció de repente y dejó una manta de hilo sobre el respaldo del sofá.
—Tiene frío —dijo la Reina Madre sin mirarla.
Mónica la tomó, la observó un segundo y la dobló con calma antes de dejarla a un lado.
—Estoy bien así.
—No lo duda nadie —respondió Samira, con voz serena—. La cuestión es cuánto tiempo podrá seguir estándolo.
Leila tragó saliva.
Mónica apoyó la taza sobre la mesa y bajó la mirada hacia los periódicos. Las fotografías. Ahí estaban ella y el Rey en la Guardia Central.
—Imagino que su hijo ya se habrá encargado de desmentirlo —dijo ella.
Samira inclinó ligeramente la cabeza y le dio un sorbo a su taza de té.
—Definitivamente, usted no tiene idea de dónde está.
—De eso precisamente me gustaría hablarle… a solas.
Leila protestó indignada, pero aún así obedeció al gesto que su abuela le hizo con la mano y abandonó la estancia.
—Tiene carácter, la niña —murmuró la cantante, pero Samira hizo caso omiso a su comentario.
—Bien… ¿qué es lo que no quiere que mi nieta escuche?
Monica dejó la taza sobre la mesa y se acomodó uno de los cojines en la espalda, para aguantar el terrible dolor en el costado.
—Samira… ambas sabemos que mi familia no encaja aquí.
—Eso es evidente.
—Entonces… hable con su hijo y convénzalo de que es una barbaridad obligar a los chicos a casarse. Leila encontrará a alguien que la quiera y…
—Seguramente, Mónica, pero esto no se trata del amor de dos personas, sino de lo que le conviene a la monarquía, al país.
—Ya… un matrimonio por conveniencia.
—Suelen ser los más largos y duraderos y, sino, mírese a usted.
Se hizo un silencio largo en la sala, hasta que el Rey, que había estado escuchando la conversación junto a la puerta, se acercó con calma.
—Así es madre. El amor se acaba, pero el compromiso y el respeto, no.
Monica levantó la vista hasta encontrarse con esos ojos oscuros que la atravesaban como lanzas.
—Deber y honor. Entonces —continuó, levantándose del sofá con esfuerzo— jamás sabrás lo que es que te desarmen con solo una mirada o una caricia.
El Rey soltó una carcajada seca.
—Será mejor que dejemos los romanticismos para el cine y nos centremos en lo que verdaderamente importa. Si me permite, —le ofreció el brazo para que se apoyara—. Me gustaría hablar con usted. En privado.
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Editado: 22.06.2026