Mónica no respondió. Durante varios segundos permaneció inmóvil frente al escritorio, con la carpeta todavía entre las manos. El silencio se hizo tan pesado que incluso Karim dejó de mirarla y bajó la vista hacia los documentos.
—Mónica —murmuró Hassan.
La cantante cerró los ojos y dejó a carpeta sobre la mesa.
—No soy uno de tus títeres.
El Rey observó cómo abandonaba el despacho sin volver la vista atrás. La puerta se cerró con suavidad a su espalda.
—Aceptará —afirmó Karim.
Hassan seguía mirando la puerta.
—No estaría tan seguro.
—Hará cualquier cosa por su hijo.
El Rey apoyó una mano sobre el escritorio.
—No la conocemos.
———
Mónica caminó por los pasillos de la Cúpula sin rumbo fijo. Necesitaba pensar, enfadarse, despertar de aquella pesadilla absurda. Un matrimonio y con el Rey. Aquello era ridículo, surrealista y más propio de una novela barata que de las líneas de su diario. Aún así, la propuesta era real.
Cuando quiso darse cuenta había llegado al patio interior donde Aitor terminaba una de sus clases. Su hijo se quitó la máscara de esgrima y la vio al instante.
—Mamá. ¿Qué es esto? —preguntó reparando en el corte del pómulo.
—Te tienen demasiado aislado, cariño, —suspiró.
Aitor dejó el florete sobre una mesa.
—Papá quiere que vuelvas a Madrid y creo que tiene razón.
Mónica intentó sonreír, pero no le salió demasiado bien.
—Eso no lo decide tu padre. Tú tampoco.
Aitor permaneció callado, bajó la vista al suelo y después la volvió a mirar.
—No seas cabezota mamá… ¡mira lo que te han hecho…! —farfulló señalando el corte en su mejilla.
Mónica apartó la mirada.
—No me gusta este sitio para ti. Es peligroso.
—Pues por eso, mamá. Papá ya se está encargando de tramitarme un pasaporte nuevo… en cuanto lo tenga, nos iremos.
Ella suspiró, cómo si de verdad creyera que un pasaporte pudiera garantizarle su salida.
—¿Dónde está tu padre?
El joven se encogió de hombros. Había estado entrenando toda la mañana y la única persona a la que había visto era a Leila y ahora su madre.
Mónica dejó a Aitor y se encaminó hacia la parte central de la Cúpula. No vio a nadie que no fuese del servicio y de la guardia. Recorrió todos los pasillos. Nada. Tocó a su puerta pero no obtuvo respuesta. La empujó con cuidado y entró en la habitación. La cama aún estaba deshecha y parte de su ropa tendida sobre el sofá.
—¡Oscar! Nene, ¿estás en la ducha? —gritó adentrándose en el baño, pero nadie contestó. La estancia estaba vacía.
Mónica regresó al dormitorio y volvió a recorrerlo con la mirada. El teléfono de Óscar no estaba sobre la mesilla. Tampoco la cartera. Ni la chaqueta que había dejado la noche anterior sobre el respaldo de una silla.
Salió al pasillo con un nudo incómodo en el estómago.
—¿Han visto al inspector?
Dos guardias intercambiaron una mirada.
—No, señora.
—¿Y esta mañana?
—No sabríamos decirle.
La respuesta la irritó. Se suponía que su trabajo era vigilar y estar al tanto de todo. Siguió caminando por la Cúpula, preguntando a miembros del servicio, a escoltas, a cualquiera que se cruzara en su camino, pero nadie sabía nada. O nadie quería decir nada.
Cuando llegó al ala principal ya estaba furiosa. No llamó a la puerta del despacho, sólo la abrió de golpe.
Karim y Hassan levantaron la vista al mismo tiempo, sorprendidos por la irrupción.
—¿Dónde está? —preguntó Mónica sin preámbulos.
El Rey frunció ligeramente el ceño.
—Hola… Monica.
—¿Dónde está Óscar?
Karim comprendió inmediatamente por dónde iba la conversación y guardó silencio.
—¿Ha desaparecido? —preguntó Hassan recostándose en el sillón.
—No juegues conmigo.
—Le he hecho una pregunta —insistió el Rey.
Mónica avanzó hasta quedar frente al escritorio.
—No está en su habitación. Nadie sabe dónde está. Y casualmente desaparece después de que yo rechace tu propuesta.
El Rey permaneció observándola: su actitud, sus gestos, su seguridad a pesar de sentirse acorralada.
—No ha desaparecido.
Mónica se quedó inmóvil.
—¿Qué has hecho?
—El inspector está detenido.
—¿Qué?
—Detenido.
—¿Por qué?
—Porque estaba interfiriendo.
La cantante soltó una carcajada incrédula al tiempo que se tapaba la cara con las manos.
—¡Dios mio! —exclamó incrédula —¿Interfiriendo en qué?
—En asuntos que no le competen. No tienes nada con lo que acusarlo.
—Sí lo tengo. Está interfiriendo en asuntos internos de este reino.
Aquello la dejó sin palabras durante un instante. Solo un instante.
—¿Las cosas sigan su curso? —repitió lentamente—. ¿Te refieres a tu maravilloso plan para casar a tu hija o a tu todavía más brillante idea de casarte conmigo?
Karim bajó la vista hacia los documentos. Hassan ni siquiera pestañeó.
—Me refiero a ambas cosas.
—Escúchame bien —contestó Mónica apoyando las manos sobre el escritorio—. No voy a casarme contigo.
—Eso ya me lo ha dicho…varias veces.
—Y tampoco voy a quedarme sentada mientras encarcelas a mi familia.
—Su inspector está perfectamente atendido. Tiene alojamiento, comida y vigilancia.
—Eso se llama prisión.
—Depende de quién lo describa.
La cantante cerró los ojos un segundo. Sentía que si seguía escuchándolo mucho más tiempo acabaría lanzándole algo a la cabeza. Cuando volvió a abrirlos, lo encontró observándola con aquella exasperante calma que empezaba a detestar.
—Suéltalo.
—No.
—No puedes retenerlo indefinidamente.
—Puedo hacerlo el tiempo suficiente.
—¿Para qué?
El Rey soltó un profundo suspiro, como el que explica una lección por décima vez.
—Para que usted tenga tiempo de pensar.
Mónica sintió un escalofrío. Ya no estaba hablando de Óscar, estaba hablando del matrimonio y ambos lo sabían.
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Editado: 22.06.2026