Sin Perdón

Capitulo 19 El ultimatum

Monica pasó los días siguientes aislada en la Cúpula, no por imposición del Rey sino porque no se veía capaz de tenerlo delante y no gritarle. Por que la rabia, la ira y la frustración la consumían.
La primera mañana después de la propuesta no se presentó al desayuno. Hassan entendía que estuviese algo disgustada, así que lo dejó pasar por alto. A Samira, sin embargo, le parecía descortés e insolente y más aún cuando tampoco se presentó a la cena. Ni ese día ni los siguientes.
—Quizás te hayas precipitado, hijo mío —murmuró su madre durante uno de los desayunos—. Está claro que no colaborará. Lleva días encerrada.
Hassán tomó la taza de café caliente entre sus manos.
—Entrará en razón—contestó con calma y le dio un pequeño sorbo al café.
—¿Y si no lo hace? —preguntó Leila con temblor en la voz.
El Rey la miró pensativo, después a Karim.
—Lo hará, por el bien de su familia. No es una mujer fácil de convencer, pero acabará aceptando lo que es inevitable.
Leila se revolvió en el asiento.
—Se la oye cantar padre —alegó la princesa— Desde mi habitación y en toda la Cúpula…
Pero eso el Rey ya lo sabía porque él mismo se había quedado noches escuchándola.
—Te provoca, hijo… —inquirió Samira— conoce que la música está categóricamente prohibida en Al-Zahara.
Hassan dejó la taza de porcelana sobre la mesa y se incorporó.
—¡Basta! Cada cosa a su tiempo.
Karim se acercó unos pasos hacia él y abrió la puerta. Ambos abandonaron la sala y se dirigieron al despacho.
—Mi madre tiene razón, —espetó el Rey al cerrarse la puerta tras ellos—. No es la mejor candidata. No funcionará.
Karim lo vio sentarse en el sillón, abatido.
—No tenemos otra, Señor. Y si me permite… no está en posición de elegir —tragó saliva—. Los ánimos están muy revueltos. Su enlace en este momento acallaría a los conservadores que quieren a una Reina y a los reformistas, que quieren un cambio. La necesitamos.
—No quiero obligarla.
Karim guardó silencio unos segundos.
—Con el debido respeto, Majestad... no siempre se hace lo que se quiere.
Hassan apoyó los antebrazos sobre el escritorio y cerró los ojos un instante.
—¿Y qué propone?
Karim se acercó despacio a la ventana.
—Dentro de tres días viajará a Al-Nasir para reunirse con los gobernadores del sur.
—Lo sé.
—Vaya acompañado.
Hassan comprendió la idea antes de que terminara de formularla.
—No.
—El pueblo ya ha visto las fotografías y los rumores ya existen. Preséntela como su prometida.
El silencio que siguió fue largo. Hassan se puso en pie de golpe y caminó hacia la ventana. Abajo, los jardines permanecían inmóviles bajo el calor de la tarde.
—Ella me odiará.
—Probablemente.
Hassan giró lentamente la cabeza.
—Está hablando de utilizarla.
—Estoy hablando de salvar la Corona.
El Rey no respondió, porque esa era precisamente la parte que más detestaba, que Karim tenía razón.

Mónica había intentado retomar la composición del álbum que había dejado a medias en Barcelona. Sin material para grabar y con apenas unas hojas en blanco plasmó melodías, letras y acordes e intentó darle forma, pero nada sonaba igual en esas cuatro paredes de la Cúpula. Si al menos tuviese un instrumento, pensó. Pero Leila le había hecho saber que la música estaba prohibida en el país; había sido satanizada y aquel que se atrevía a tocarla o a escucharla era castigado con duras penas de cárcel. Ni conciertos, ni espectáculos… nada… Eso hizo que el acuerdo de matrimonio le resultase aún más absurdo. Ella era cantante y no renunciaría a eso, aunque por ello tuviese que acabar sus días en un agujero de ese país.
La puerta se abrió de de repente, sacándola de su ensimismamiento. Era Hassan con un séquito de empleadas.
—Veo que no estás acostumbrado a tocar a las puertas —se quejó Monica al verlo entrar con paso firme.
El Rey tragó saliva y después ordenó a las empleadas que hicieran sus maletas. La cantante se quedó inmóvil unos segundos viendo como las muchachas recogían sus cosas.
—Es mi casa… todo lo que hay aquí me pertenece—respondió el Rey con sequedad.
—¡Todo no!
—He pensando que le gustaría ver a su… Oscar. Quizás así, se le devuelva el apetito… y el juicio.
Monica abrió los ojos de par en par. Cabía la posibilidad de que ese fuese otro de sus juegos, pero quería ver a Oscar. Asegurarse de que estaba bien.
—¿Dónde está?
—Todo a su debido tiempo. La espero en la sala de té en diez minutos, ni uno más.
Monica consiguió rescatar unos pantalones negros y una camisa de seda también negra. Se calzó unas botas de tacón y se retocó el maquillaje todo lo rápido que pudo.
Diez minutos, ni uno más. Allí estaba ella. Hassan la repasó con la mirada de los pies a la cabeza y frunció el ceño. Monica lo notó.
—Todo en mi, te provoca rechazo y aún así insistes con esa idea absurda del matrimonio —murmuró ella con perspicacia.
—No es una cuestión de gustos, señora —suspiró y la tomó del brazo indicándole el camino hacia la salida.
——
Monica subió al coche oficial seguida de Hassan. Era un coche amplio, con los asientos revestidos en cuero, una pequeña mesa central, cristales ahumados y una mampara que los separaba del chófer, ofreciéndoles total privacidad. Ambos permanecieron en silencio. Él la observaba, perdida en los paisajes cada vez más áridos de Al-Zahara a medida que se acercaban a Al-Nasir.
—¿Dónde está Oscar? —preguntó ella sin quitar los ojos del paisaje.
Hassan se incorporó y ocupó el asiento contiguo. Apoyó un brazo sobre el respaldo y observó el paisaje unos segundos antes de responder.
Ella se giró y lo miró. Se fijó en su mano apenas rozando su hombro y sintió un escalofrío.
—No vamos a ver a Oscar… —murmuró ella.
—No.
—Además de chantajista, manipulador…
—Me temo que sí.
Hassan sacó una pequeña caja de terciopelo rojo de su túnica y la abrió. El estuche contenía una alianza de compromiso. Lo más ostentoso que sus ojos jamás habían visto.
—No se como te he de decir las cosas.
Pero Hassan la ignoró por completo. Dejó la caja sobre la mesa y junto a ella depositó el acuerdo de matrimonio y dos billetes de avión.
—Supongo que será nuestra luna de miel… —se burló Mónica al ver el logotipo de la aerolínea al-zaharí.
Rey suspiró— Son dos billetes de avión. Uno para Aitor y otro para el inspector. A España.
Incrédula se inclinó sobre la mesa y los miró con sus propios ojos.
—Ya… —tomó el acuerdo de matrimonio entre sus manos.
—Podemos leerlo juntos —alegó el Rey.
—Ya, como si fueses a cambiar las cláusulas que no me gustan.
Hassan se acercó un poco más.
—No ha de temer por su integridad… respetaré siempre su intimidad, si es eso lo que le preocupa.
Monica levantó la vista de los papeles, sorprendida. Notó como las manos le temblaban y decidió devolver los papeles a la mesa. Tragó saliva y volvió la mirada al paisaje tras la ventanilla.
—Tengo una vida, Hassan —susurró más para sí misma que para él—. He dedicado mi vida y sacrificado mi familia por mi carrera — hizo una pequeña pausa—No puedo desaparecer así sin más.
El Rey permaneció en silencio unos segundos.
—Lo sé.
—No, no lo sabe.
—Sí lo sé.
Mónica soltó una risa breve.
—Entonces no entiendo cómo puedes pedirme algo así.
Hassan bajó la vista hacia el acuerdo que descansaba sobre la mesa.
—Porque no le estoy preguntando qué desea.
—Qué sorpresa, —respondió con incredulidad.
—Le estoy preguntando qué está dispuesta a hacer.
Mónica negó con la cabeza.
—Tú, tu madre, Karim... Todo se reduce al deber. Al sacrificio. A hacer lo que otros esperan.
—Así es como se sostiene un país.
—Estoy acostumbrada a dirigir, a mandar… no a que me den órdenes ni que me traten como a una muñeca de porcelana.
Hassan esbozó una tímida sonrisa.
—Puede usted ser cualquier cosa, pero no una frágil muñeca de porcelana.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.