El coche oficial de la Corona no pasó desapercibido al llegar a Al-Nasir. Las calles estaban abarrotadas. Hombres, mujeres y niños se agolpaban tras las vallas de seguridad, atraídos por la presencia del Rey. Algunos agitaban pequeñas banderas. Otros simplemente observaban el convoy con curiosidad. También había rostros mucho menos amables.
Mónica se sobresaltó al sentir una piedra impactar contra uno de los cristales blindados.
El golpe resonó dentro del vehículo.
—No tiene nada que temer —murmuró el Rey sin inmutarse—. El sitio al que vamos es de total seguridad.
—Déjame adivinar. La Cúpula Roja.
Hassan frunció el ceño.
—No es un búnker. Es un hotel. Pero le aseguro que estará a salvo, si es que no se le ocurre salir corriendo en mitad de la noche.
Mónica suspiró y volvió la vista hacia la ventanilla.
—¿Qué hacemos aquí?
—Le enseño mi país. Y a mi gente.
El coche avanzó varios metros más entre una multitud cada vez más numerosa. Algunos se acercaban todo lo que les permitían los agentes para intentar ver al Rey. Otros levantaban los teléfonos móviles. Algunos grababan. Otros gritaban. También había quienes observaban el vehículo con una hostilidad imposible de disimular.
Una mujer gritó algo que Mónica no entendió. Después fue un hombre. Luego varios más. Las voces se mezclaron formando una especie de murmullo caótico que atravesaba el cristal.
Pero Hassan no reaccionó. Permaneció inmóvil, observando el exterior como si aquello formara parte de la rutina.
—¿Qué dicen?
—Muchas cosas.
—¿Buenas o malas?
El Rey tardó unos segundos en responder.
—Depende de a quién pregunte.
Mónica observó a un grupo de jóvenes que agitaban pancartas escritas en árabe. No entendía las palabras, pero sí la rabia de los gestos. Más adelante, varias mujeres intentaban acercarse al convoy levantando fotografías del Rey y llamándolo a gritos.
Aquello no tenía sentido. Unos parecían adorarlo. Otros parecían odiarlo.
—Tu pueblo no se pone de acuerdo.
Hassan esbozó una sonrisa cansada.
—Eso suele ocurrir cuando un país cambia demasiado deprisa para unos y demasiado despacio para otros.
Mónica volvió a mirar por la ventanilla.
Por primera vez desde que había llegado a Al-Zahara tuvo la sensación de estar viendo algo más que palacios, guardias y salones de mármol. Estaba viendo las grietas. Las contradicciones. El miedo. La esperanza. Un país entero tirando en direcciones opuestas mientras un solo hombre intentaba mantenerlo unido.
El chófer giró finalmente hacia una amplia avenida flanqueada por palmeras. Los edificios se volvieron más elegantes y las calles más limpias. Al fondo se alzaba una construcción majestuosa de piedra clara, con balcones cubiertos de flores y enormes banderas ondeando sobre la fachada.
—Hemos llegado —anunció Hassan.
El vehículo se detuvo.
Antes de abrir la puerta, el Rey se volvió hacia ella.
—Le pido por favor que no intervenga. Limítese a observar.
—Eso dependerá de lo que vea.
Hassan soltó un leve suspiro.
—Precisamente esa respuesta era la que temía.
Uno de los escoltas abrió la puerta. Mónica descendió del coche. Una bofetada de aire caliente le golpeó el rostro.
El ruido de la multitud quedó atrás, sustituido por el bullicio contenido de la comitiva oficial. Varias personas aguardaban junto a la entrada: gobernadores, asesores, miembros del ejército, empresarios y periodistas. Todos parecían haber interrumpido sus conversaciones en el mismo instante en que ella apareció.
Mónica lo notó. Las miradas. La curiosidad. Los susurros. La forma en que algunos observaban al Rey y después a ella, como si intentaran resolver una pregunta cuya respuesta todavía nadie se atrevía a formular en voz alta.
Hassan le ofreció el brazo. Ella dudó un instante, pero acabó aceptándolo.
Y el silencio que recorrió a los presentes fue tan evidente que incluso ella pudo percibirlo.
⸻
La reunión duró horas.
Gobernadores. Empresarios. Militares. Nombres que Mónica olvidó casi al instante.
Observó desde un segundo plano mientras Hassan respondía preguntas, negociaba acuerdos y soportaba críticas que jamás habría imaginado escuchar dirigidas a un rey. Algunos lo apoyaban. Otros apenas ocultaban su desprecio. Y todos, sin excepción, parecían tener una opinión sobre lo mismo.
La necesidad de una Reina. La necesidad de estabilidad. La necesidad de un heredero.
Palabras que se repetían como un eco sordo a lo largo de toda la tarde, con la misma insistencia con la que el viento arrastraba la arena en el desierto. Inevitables. Imparables. Imposibles de ignorar.
Mónica los observaba desde su silla, ligeramente apartada del centro de la mesa, en ese lugar incómodo que ocupan quienes todavía no saben si pertenecen a una escena o simplemente la presencian. A su derecha, un general de mediana edad la midió con una mirada breve pero exhaustiva antes de desviar los ojos hacia el Rey. A su izquierda, uno de los gobernadores del sur no había dejado de mirarla desde que entró, con una mezcla de fascinación y recelo que le resultó casi más honesta que las sonrisas diplomáticas del resto.
En un momento dado, uno de los asesores deslizó hacia Hassan un documento que el Rey revisó sin inmutarse. Lo firmó. Lo devolvió. Continuó hablando.
Mónica pensó que llevaba décadas haciendo exactamente eso. Sostener el peso de todo sin que se le notara en el gesto.
No supo cuándo exactamente dejó de observarlo como a un adversario y empezó a hacerlo como a un hombre.
Cuando abandonaron el salón ya había anochecido. El hotel estaba mucho más silencioso y el aire, dentro, olía a madera y a algún incienso suave que Mónica no supo identificar. Hassan caminaba varios pasos por delante cuando una voz los detuvo.
—Majestad.
Uno de los gobernadores se acercó con una sonrisa diplomática, de esas que no llegan a los ojos pero que han sido ensayadas durante años.
—Ha sido un honor conocer a su prometida.
Mónica sintió cómo se tensaba. Notó el calor subiendo por el cuello, la respuesta formándose ya en la punta de la lengua.
Hassan no corrigió la afirmación. Tampoco la confirmó. Simplemente continuó caminando, con esa serenidad calculada que empezaba a resultarle casi más irritante que su autoridad.
El hombre interpretó aquel silencio como una respuesta. Inclinó la cabeza, satisfecho, y se retiró.
Cuando volvieron a quedarse solos, Mónica se detuvo.
—Lo has hecho a propósito.
Hassan se giró despacio.
—¿El qué?
—Todo esto. —Hizo un gesto vago que abarcaba el hotel, el salón, la ciudad entera—. El viaje. La reunión. Las fotografías. Las miradas. Me has traído aquí para que me vean.
—Necesitaban verla.
—Necesitaban utilizarme.
El Rey la observó durante unos segundos con esa expresión suya imposible de descifrar, la que podía ser calma o cálculo o ambas cosas al mismo tiempo.
—No siempre hay diferencia.
Aquella respuesta consiguió lo imposible: que dejara de enfadarse. No porque la hubiera convencido, sino porque comprendió de golpe que nunca iba a ganar aquella discusión. Nunca. No en su país. No con sus reglas. No mientras Aitor y Óscar siguieran dependiendo de él.
Mónica bajó la vista.
Sobre la palma de su mano descansaba la pequeña caja de terciopelo rojo. La había llevado consigo todo el día, en el bolsillo del blazer, sin abrirla, sin tirarla, sin saber muy bien por qué seguía allí. La abrió lentamente. El diamante brilló bajo las luces tenues del vestíbulo, frío y perfecto y absolutamente ajeno a todo lo que ella estaba sintiendo.
Durante unos segundos permaneció inmóvil.
Pensó en Barcelona. En la casa con los ventanales grandes que daban al jardín. En los ensayos, en las grabaciones, en el sonido de su propia voz llenando espacios que ella misma había elegido. Pensó en la gira que tenía pendiente, en los contratos firmados, en las personas que dependían de ella profesionalmente. En la vida que había construido sola, a pulso, sin que nadie se la regalara.
Después pensó en Aitor. En su voz quebrada al otro lado del teléfono aquella noche en México, el miedo que no había logrado disimular aunque lo intentara. En Óscar, encerrado en alguna habitación de la Cúpula por el único delito de querer ayudarla.
Cerró los ojos. Solo un instante.
Cuando volvió a abrirlos, tomó el anillo entre los dedos. Lo sostuvo un momento, como si todavía pudiera retractarse, como si el mundo fuera a detenerse y darle una alternativa mejor.
No lo hizo.
Y se lo colocó en el dedo.
El silencio fue absoluto. Ni siquiera el aire pareció moverse.
Hassan no dijo nada. Ni siquiera se movió. Pero Mónica vio cómo algo cambiaba en su mirada. Algo pequeño. Casi imperceptible. No era alivio, exactamente. Ni satisfacción. Era algo más parecido al reconocimiento, como si por primera vez estuviera mirando a alguien capaz de sorprenderle de verdad.
—Que quede una cosa clara —murmuró ella sin mirarlo—. Si Aitor y Óscar no estuvieran de por medio, este anillo seguiría en esa caja. Que no se te olvide nunca.
El Rey asintió despacio.
—Lo sé.
Mónica tragó saliva.
—Bien.
Bajó la vista hacia el anillo un último segundo. Brillaba demasiado. Era demasiado grande, demasiado ostentoso, demasiado todo. No se parecía en nada a ella.
Y aun así ahí estaba, en su mano, como si siempre hubiera pertenecido a ese lugar.
Continuó caminando.
Porque si se detenía un segundo más, quizá encontraría una razón para arrepentirse. Y en ese momento no podía permitirse el lujo de dudar.
Hassan la observó alejarse por el pasillo. El anillo brillaba en la mano de Mónica mientras desaparecía tras la esquina. Karim tenía razón.La Corona acababa de ganar una batalla. Y, por algún motivo que prefería no analizar, aquella victoria no le producía ninguna satisfacción.
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Editado: 15.07.2026