Samira observaba los jardines desde uno de los balcones de la Cúpula cuando el convoy atravesó las puertas principales. Los vehículos avanzaron despacio por el camino de piedra hasta detenerse frente a la escalinata.
La Reina Madre dejó la taza de té sobre la barandilla de mármol al ver a Hassan descender primero. Durante un instante permaneció inmóvil junto al vehículo, esperando. Después tendió la mano hacia el interior. Mónica apareció unos segundos más tarde. La cantante miró la mano que le ofrecían y la ignoró. Descendió sola del coche, sujetándose apenas en el marco de la puerta.
Aun desde la distancia, Samira distinguió la expresión de su rostro. Era rabia, una rabia fría y controlada, de esas que no desaparecen con el paso de las horas.
Mónica rodeó al Rey sin dirigirle una sola palabra y comenzó a subir las escaleras de la Cúpula. No miró atrás. No esperó ni fingió cortesía. Simplemente entró.
Hassan permaneció unos segundos donde estaba, observando cómo desaparecía tras las puertas principales. Luego subió los escalones con la misma calma de siempre.
Samira lo conocía demasiado bien para no darse cuenta. Su hijo no estaba pensando en Al-Zahara en ese momento.
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No se sorprendió cuando Karim llamó a su puerta a primera hora de la mañana. Hassan los convocó antes del desayuno en su despacho.
Samira se sentó frente a su hijo sin preguntar nada. Sabía que cuando Hassan convocaba a esa hora era porque una decisión ya estaba tomada y necesitaba ponerse en marcha antes de que alguien intentara cuestionarla.
Karim entró segundos después y cerró la puerta tras de sí.
—Ha aceptado —dijo Hassan.
El silencio fue breve pero denso. Karim inclinó la cabeza despacio, con la satisfacción contenida de quien lleva semanas construyendo un resultado y por fin lo ve materializarse.
—¿Cuándo firmamos?
—Cuando ella esté lista.
—¿Y el anuncio oficial? —insistió el consejero.
—Ponlo en marcha. Quiero que salga antes de que la prensa lo adelante.
Karim asintió y abrió la carpeta que llevaba bajo el brazo. Ya tenía un borrador preparado. Por supuesto que lo tenía.
Samira no había dicho nada todavía. Hassan lo notó, como siempre notaba el silencio de su madre, que pesaba más que el de cualquier otra persona.
—Madre.
La mujer tomó la taza de té que una de las doncellas había dejado frente a ella y le dio un sorbo pausado antes de responder.
—¿Lo ha hecho por convicción o por necesidad?
—Por necesidad —respondió Hassan sin dudar.
Samira asintió despacio.
—Bien. Al menos es honesta.
—Siempre lo es. Demasiado.
La Reina Madre dejó la taza sobre el plato con un sonido delicado y miró a su hijo con esa expresión suya imposible de descifrar, la que podía ser aprobación o advertencia o ambas cosas al mismo tiempo.
—La necesidad cambia con el tiempo, Hassan. —Hizo una pausa—. Procura que cuando deje de necesitarlo, haya encontrado otra razón para quedarse.
Karim levantó brevemente la vista del documento pero no dijo nada. Hassan tampoco respondió. Se limitó a mirar a su madre unos segundos y después desvió los ojos hacia la ventana.
—¿Algo más? —preguntó Karim, devolviendo la conversación a terreno firme.
—Vendrá con condiciones —dijo Hassan—. Dejadme hablar con ella a solas.
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Mónica llamó a la puerta del despacho cuarenta minutos después. Hassan lo notó, que llamaba, aunque nunca lo mencionaría.
—Adelante.
Ella entró con paso firme, el pelo recogido, sin apenas maquillaje, vestida con unos pantalones negros y una camisa blanca con las mangas remangadas hasta el codo. Sin tacones. Sin armadura visible.
Se sentó sin que nadie se lo ofreciera. Cruzó las manos sobre el regazo y lo miró directamente.
—Supongo que ya lo sabe Karim.
—Y mi madre.
Mónica arqueó una ceja.
—Qué discreción la tuya.
—Son mis asesores más cercanos. Era necesario.
—Claro. —Humedeció los labios—. Entonces supongo que el anuncio oficial ya está en marcha.
Hassan no respondió, lo que era una respuesta en sí mismo.
Mónica soltó una risa breve y seca.
—Eficiente como siempre. —Bajó la vista un instante hacia sus propias manos y después volvió a mirarlo—. Bien. Si esto va a seguir adelante, tengo condiciones.
—La escucho.
—Necesito ir a Barcelona.
Hassan la observó sin moverse.
—Tengo compromisos laborales que no puedo ignorar indefinidamente. Contratos firmados, reuniones con la discográfica, ensayos pendientes. —Su voz sonaba controlada pero había algo debajo, una urgencia contenida que no terminaba de ocultarse del todo—. Y tengo una familia que merece escuchar esto de mi boca antes de verlo en un titular.
—¿Cuánto tiempo?
—El que necesite.
—Eso no es una condición, es una evasión.
Los ojos de Mónica se entreccerraron levemente.
—Unos días, quizás diez.
—Cinco.
—Ocho.
Hassan la miró durante unos segundos con esa calma suya que ella había aprendido a distinguir del desinterés porque no se le parecía en nada.
—Siete—concedió finalmente.
Mónica asintió.
—Siete. —Hizo una pausa breve, la justa para que Hassan creyera que había terminado—. Y quiero que Aitor y Óscar vengan con nosotros.
El silencio.
—No.
—Son mi familia. Si tengo que presentarme ante mi familia y ante la prensa con un anillo en el dedo, al menos quiero tener a mi lado a las dos personas por las que llevo este anillo.
—No.
—Hassan...
—He dicho que no. —Su voz no subió ni un solo tono pero algo en ella se endureció de una manera que llenó el espacio entre los dos—. El inspector permanece aquí hasta que el acuerdo esté firmado. Y Aitor también.
Mónica se puso en pie despacio. Apoyó las manos sobre el escritorio y se inclinó hacia él con una calma que le costaba más de lo que parecía.
—Soy una mujer de palabra, Hassan. Si digo que firmo, firmo.
—Lo sé.
—Entonces no necesitas retenerlos como garantía.
—No los retengo como garantía. —La miró fijamente—. Los retengo porque es lo único que me asegura que usted volverá.
Mónica abrió la boca y la cerró al instante, porque la respuesta que tenía preparada de repente no servía. Porque él tenía razón y los dos lo sabían.
Se incorporó despacio y recogió el bolso de la silla.
—Tú también eres un hombre de palabra —dijo sin mirarlo.
—Siempre lo he sido.
—Bien. —Se dirigió hacia la puerta—. Entonces cuando volvamos de Barcelona, firmo. Y tú los sueltas. A los dos.
Mónica hizo ademán de salir cuando escuchó su voz.
—Una cosa más. En Barcelona no habrá guardias visibles ni protocolo innecesario. —Hizo una pausa mínima—. Pero iré con usted a donde usted vaya. Eso no es negociable.
Mónica lo miró durante unos segundos. Pensó en su casa. En su estudio. En su madre. En todos los espacios que había construido cuidadosamente para no tener que compartirlos con nadie que ella no quisiera.
—No sé si encontraremos un hotel a su medida —dijo finalmente.
Hassan arqueó apenas una ceja.
—¿Un hotel?
La cantante lo miró con cautela.
—¿Dónde pensabas alojarte?
El Rey no respondió de inmediato. Se limitó a sostenerle la mirada con esa serenidad suya que ella había aprendido a reconocer como una forma de decir las cosas sin decirlas.
—Aitor me habló de una casa grande con jardín —dijo finalmente—. Imagino que habrá sitio suficiente.
Mónica abrió los ojos levemente. Maldito Aitor.
—Es mi casa.
—Y yo soy su prometido.
Mónica recogió el bolso y se dirigió hacia la puerta. Antes de salir se giró apenas lo suficiente para mirarlo.
—La habitación de invitados tiene una cama individual.
Hassan no levantó la vista de los documentos.
—Me las arreglaré.
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Editado: 15.07.2026