La verja se abrió antes de que el coche se detuviera del todo, lo que hizo pensar a Monica que sus padres estaban esperándola en su casa.
El jardín estaba impecable bajo la luz de la mañana. Las buganvillas trepaban por la fachada de piedra clara y más allá, entre los árboles, el Mediterráneo brillaba con un azul intenso.
Hassan bajó del coche y se detuvo un instante. El mar. El mar sin esa capa de arena en suspensión a la que ya estaban más que acostumbrados en Al-Zahara.
No dijo nada, pero Karim lo vio mirar hacia el horizonte azul que se abría más allá del jardín con una expresión que no era exactamente sorpresa sino algo más parecido al reconocimiento involuntario de algo bello.
No hubo tiempo para más. La puerta principal se abrió de golpe y Patricia apareció en el umbral. Tendría unos setenta años, el pelo blanco recogido con una pinza y un delantal de cocina que no se había quitado. Bajó los escalones con una rapidez impropia de su edad y abrazó a su hija antes de que Mónica pudiera decir nada.
—Hija.
Una sola palabra. Pero llevaba dentro días de silencio, de llamadas sin respuesta, de noticias que no terminaba de entender y de un miedo antiguo que nunca la abandonaba del todo.
—Estoy bien, mamá.
—No me llamas en días y me dices que estás bien. —La voz le tembló levemente—. No me hagas esto, Mónica. No me lo vuelvas a hacer.
—Mamá…
Hassan observaba la escena desde la distancia, inmóvil, con las manos juntas a la espalda. Karim a su lado, igualmente quieto. Nadie los había presentado, pues nadie parecía recordar que estaban allí.
Francisco apareció entonces en la puerta. Un hombre de complexión fuerte y cabello completamente blanco, con esa manera de moverse de quien ha trabajado toda la vida con las manos. Bajó los escalones despacio, esperó a que Patricia soltara a su hija y le puso una mano en la mejilla. La miró a los ojos durante unos segundos, comprobando que todo estaba en orden.
—Estás bien —dijo al fin—Lo único que hemos sabido de ti es por la prensa…
—Ya, papá… mírame, está todo bien.
Francisco asintió. Después la abrazó brevemente, con esa contención de los hombres que han aprendido a decir mucho con poco. Fue entonces cuando levantó la vista. Sus ojos encontraron a Hassan. Lo recorrió despacio, de arriba abajo, sin hostilidad aparente pero sin ninguna calidez tampoco.
Hassan le sostuvo la mirada.
—Papá —dijo Mónica tomando aire—, este es Hassan.
Francisco no extendió la mano, simplemente se quedó en silencio.
Patricia se separó de su hija y miró al hombre que la acompañaba. Después miró a Mónica. Con esa expresión que no necesitaba palabras para decir lo que pensaba.
—¿Qué está pasando, Mónica? —preguntó su madre directamente—. ¿Qué es todo esto que están diciendo?
—Mamá, entremos y…
—¿Dónde está Aitor? —intervino Francisco con una calma que era más seria que cualquier grito.
—Está bien. Os lo explico todo, pero…
—¿Y Óscar? —insistió Patricia— ¿Qué es eso de que te vas a casar?
Mónica abrió la boca, buscando las palabras adecuadas pero no las encontró.
—Señora… —dijo Hassan dando un paso al frente.
Patricia lo miró. No con curiosidad sino como quien no tiene tiempo para rodeos ni paciencia para extraños.
—Usted perdone —dijo con una cortesía que era todo menos cordial—, pero ahora mismo necesito hablar con mi hija.
Hassan se detuvo.
Mónica lo miró. Y en esa mirada había algo que él no le había visto antes. No era súplica. Era una petición silenciosa y directa.
Necesito que te apartes.
Hassan sostuvo su mirada un segundo. Después miró el jardín, la fachada, el camino que rodeaba la casa hacia el lateral.
—Karim —dijo simplemente.
El consejero entendió sin necesidad de más. Los dos se retiraron hacia el jardín sin decir nada más, dejando a Mónica sola con sus padres.
Francisco los observó alejarse. Después abrió la puerta de la casa.
—Entra —le dijo a su hija.
⸻
El jardín era amplio y silencioso.
Karim caminaba varios pasos por detrás de Hassan, que avanzaba sin rumbo aparente entre los árboles con las manos a la espalda y la vista puesta en el mar.
Dieron una vuelta completa al jardín. Después otra. Y en algún momento Hassan se detuvo frente a una puerta lateral entreabierta que daba al interior de la casa. La empujó despacio. Era un pasillo con la luz tamizada por unas persianas a medio bajar y al fondo había una puerta.
Hassan avanzó hacia ella y la abrió.
El estudio era grande. Más grande de lo que habría esperado dentro de una casa. Insonorizado, con el techo bajo y las paredes revestidas de un material oscuro que absorbía el sonido. En el centro, una mesa de mezclas llena de mandos, pantallas y luces apagadas. Al otro lado del cristal, la cabina de grabación con un micrófono suspendido en el centro. Pero no era eso lo que lo detuvo.
Era la pared.
Toda la pared lateral estaba cubierta. Fotografías, carteles, premios. Docenas de discos de oro y platino enmarcados. Portadas de revistas en varios idiomas. Imágenes de Mónica en escenarios de todo el mundo, con estadios enteros detrás de ella, con miles de personas levantando los brazos al mismo tiempo.
Hassan se acercó despacio. En una de las fotografías, Mónica tenía unos veinte años. Sonreía con una amplitud que él nunca le había visto, con el pelo suelto y un micrófono entre las manos, en lo que parecía ser un escenario pequeño y desvencijado. Nada que ver con los estadios de las imágenes posteriores.
Y en otra, más pequeña y enmarcada aparte, estaba con un niño de unos cinco años. Aitor. Los dos sentados en el suelo de ese mismo estudio, con auriculares enormes que al niño le cubrían media cara. Los dos riéndose de algo.
Hassan se quedó mirando esa fotografía.
—En Al-Zahara —murmuró sin girarse— esto sería imposible.
Karim no respondió porque no había nada que responder.
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Editado: 15.07.2026