Mónica llevaba cuarenta minutos en el gimnasio, que años atrás había instalado en el sótano de la casa, cuando Hassan apareció en la puerta.
No llamó. Simplemente estaba ahí, de pie en el umbral, con la ropa cuidadosamente elegida para no desentonar y el pelo ligeramente revuelto, como quien se ha levantado hace poco.
Ella no lo vio entrar. Tenía los auriculares puestos y los ojos fijos en algún punto indefinido de la pared de enfrente, concentrada en su entrenamiento. Vestía unas mallas negras ajustadas, un top deportivo de color rosa y el pelo recogido en una coleta. Una fina capa de sudor le brillaba en los hombros y en el cuello.
Hassan se quedó donde estaba. Debió haber dicho o hecho algo que delatara su presencia, pero se quedó en silencio, observándola.
Mónica bajó la velocidad de la máquina gradualmente hasta detenerse. Se quitó los auriculares, los dejó colgando alrededor del cuello y tomó la toalla que tenía sobre el manillar. Se secó la frente, el cuello, la nuca. Fue entonces cuando lo vio. De pie en la puerta. Con esa postura suya recta e inamovible que mantenía incluso a primera hora de la mañana y en una casa que no era la suya.
—¿Qué tanto miras?
Hassan desvió la vista hacia la ventana. Era evidente que la miraba a ella y los dos lo sabían.
—Buscaba la cocina —dijo.
—La cocina está en la otra punta de la casa.
—Me he perdido.
Mónica arqueó una ceja. Se colgó la toalla al hombro y bajó de la máquina.
—El Rey de Al-Zahara, perdido en una mini casa de Barcelona.
—Es grande.
—No tanto.
Se acercó hacia la puerta y Hassan tuvo que hacerse a un lado para dejarla pasar. Ella lo rozó levemente al salir, sin querer.
—El desayuno —dijo Mónica desde el pasillo sin girarse—. ¿Sabes hacerte un café o también necesitas que te lo hagan?
Hassan la siguió hacia la cocina sin responder.
Mónica llenó un vaso de agua y se lo bebió de pie frente al fregadero, mirando el jardín. El mar brillaba al fondo entre los árboles, quieto y azul bajo la luz de la mañana.
Hassan se detuvo junto a la cafetera y la observó un momento sin moverse.
—¿Cómo funciona?
Mónica se giró. Lo miró, después a la cafetera y de nuevo a él. Y por segunda vez en menos de veinticuatro horas soltó una risa breve y genuina.
—Dame —dijo acercándose.
Lo apartó levemente con el hombro, abrió el cajón, sacó las cápsulas y puso la máquina en marcha con la eficiencia de quien lo ha hecho miles de veces.
El Rey observaba cada movimiento desde muy cerca, con esa atención suya que lo registraba todo.
—Es complicado —dijo.
—No lo es.
—Para alguien que no lo ha usado nunca, lo es.
Mónica le tendió el café sin mirarlo y Hassan lo tomó. Bebieron en silencio durante unos segundos. El único sonido era el rumor del mar y el tictac del reloj de la cocina.
—¿Siempre entrenas así? —preguntó Hassan finalmente.
—Siempre que puedo.
—¿Y cuándo no puedes?
Mónica dejó la taza sobre la encimera y se apoyó en ella, mirándolo.
—Cuando alguien decide cambiarme la vida sin pedirme permiso.
Hassan sostuvo su mirada. No respondió. Pero tampoco apartó los ojos.
Y ese silencio, a esa hora de la mañana, en esa cocina con vistas al mar, fue de los más incómodos y de los más honestos que habían compartido desde que se conocían.
——
La reunión estaba convocada para las once.
Iñigo llegó el primero, con su maletín de siempre y esa expresión suya de quien lleva días gestionando una crisis y ha aprendido a disimularlo. Besó a Mónica en la mejilla, la miró un segundo más de lo necesario para asegurarse de que estaba bien, y después reparó en Hassan de pie junto a la ventana del salón.
No dijo nada. Solo miró a Mónica con una ceja ligeramente levantada.
—Luego te explico —murmuró ella.
Iñigo asintió con resignación.
Toni Santana llegó diez minutos después con dos asistentes y una carpeta que depositó sobre la mesa con una contundencia que no era casual. Tendría unos cincuenta años, traje oscuro, el pelo engominado hacia atrás y esa manera de entrar en las habitaciones de quien está acostumbrado a que las cosas se hagan a su manera.
Se detuvo al ver a Hassan.
—Buenos días —dijo con una cordialidad que era puro protocolo.
—Toni, este es Hassan —intervino Mónica—. Puede quedarse.
Hassan inclinó levemente la cabeza.
Toni Santana lo evaluó en exactamente dos segundos y después abrió la carpeta.
—Bien. Vamos al grano porque tenemos mucho que hablar.
El grano resultó ser peor de lo que Mónica esperaba.
Tres fechas canceladas en la gira europea. Dos entrevistas de televisión aplazadas sin confirmación de nueva fecha. Un contrato de imagen con una firma de lujo al borde de la ruptura por falta de disponibilidad. Y una cláusula de penalización que Iñigo había estado intentando negociar durante días sin demasiado éxito.
Toni Santana expuso cada punto con la frialdad de quien no está enfadado sino midiendo daños. Eso era casi peor que el enfado.
—La penalización por las fechas canceladas asciende a cuatrocientos mil euros —dijo finalmente—. Y eso sin contar lo que están reclamando los promotores por su cuenta.
Mónica no parpadeó.
—Lo sé.
—¿Y bien?
—Y bien, Toni, que te voy a decir. Que ha habido circunstancias imprevistas.
—Mónica. —El director del sello la miró con una paciencia que tenía un límite muy claro—. Llevas veinte años en esta casa. Sabes mejor que nadie que las circunstancias imprevistas no las pagan los promotores, las paga el artista.
—También sé que Sony no puede permitirse perderme.
El silencio que siguió fue brevísimo pero suficientemente elocuente.
Toni Santana cerró la carpeta.
—No. No podemos. —Hizo una pausa—. Pero tampoco podemos seguir gestionando tu ausencia indefinidamente. Necesitamos un calendario con fechas concretas y compromisos reales.
—El concierto de Barcelona se mantiene —dijo Mónica—. Y las entrevistas también. Dame dos semanas y te doy el resto.
—¿Dos semanas?
—Dos semanas, Toni.
El director la miró durante unos segundos. Después miró a Iñigo, que permanecía en silencio. Después, casi sin querer, miró a Hassan.
Hassan había permanecido inmóvil junto a la ventana durante toda la reunión, observándolo todo sin perderse nada. Ahora se incorporó levemente y dio un paso al frente.
—La penalización —dijo con una calma absoluta— puede quedar resuelta hoy mismo. Dígame la cantidad total y se hará una transferencia antes de que termine el día.
Iñigo cerró los ojos un segundo. Toni Santana miró a Hassan con una mezcla de sorpresa e interés.Y Mónica se giró hacia Hassan con una lentitud que no presagiaba nada bueno.
—¿Perdona?
Hassan la miró.
—Es una solución razonable. El problema es económico y puede resolverse económicamente.
—El problema —dijo Mónica con una voz afilada— no es económico.
—La penalización…
—No me importa la penalización, Hassan.
—Cuatrocientos mil euros es…
—Es mi dinero. —Lo miró fijamente—. Mi carrera. Mi problema. Y mi reunión.
Hassan resopló.
—Iñigo —dijo Mónica sin apartar los ojos de Hassan—, ¿puedes acompañar a Hassan al jardín?
Iñigo se levantó con rapidez.
—Por supuesto. —Se acercó a Hassan con una sonrisa diplomática—. ¿Le apetece un café?
El Rey no se movió de inmediato. Miró a Mónica. Ella le sostuvo la mirada sin parpadear, con esa expresión suya que no dejaba espacio a la negociación.
Finalmente Hassan se dirigió hacia la puerta.
Antes de salir se detuvo un segundo en el umbral, de espaldas a la sala.
—Aún tiene mucho que aprender —dijo en voz baja.
Monica no respondió. Simplemente cerró la puerta tras él y volvió a su sitio.
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Editado: 15.07.2026