Sin Perdón

Capítulo 24 Límites

Capítulo 24 Límites
Cuando Mónica entró en la sala se encontró a Hassan sentado en uno de los sillones con un libro en la mano y la mirada perdida entre sus páginas. Se acercó con cautela y dejó una taza de café frente a él. Después, se sentó enfrente.
Él levantó la vista y la vio. Aún no la conocía mucho, pero por su expresión, no parecía muy contenta.
—El concierto es en cuatro días. Aquí en Barcelona—dijo ella al fin—. Y tengo varias entrevistas antes que no he podido cancelar.
Hassan dejó el libro sobre la mesa.
—Bien. Te acompañaré y después volveremos a Al-Zahara.
Mónica lo miró.
—Prefiero que te quedes aquí. No creo que lo entiendas, pero tengo que hacer esto sola.
—Pero no está sola —se inclinó y tomó la taza de café—. Además, quiero verla. Quiero verla cantar.
Mónica lo miró durante un momento. Había algo en la manera en que lo había dicho que no era una exigencia. Era casi una petición. Y eso la desconcertó más que cualquier orden que le hubiera dado hasta entonces.
—En Al-Zahara la música está prohibida —dijo finalmente, sin saber muy bien por qué lo decía.
—Lo sé.
—Y aun así quieres venir.
Hassan sostuvo su mirada.
—Sí.
Mónica se levantó y caminó hacia la ventana. El mar estaba quieto, azul, ajeno a todo.
—Si apareces en ese concierto la prensa te va a identificar antes de que acabe el primer tema —hizo una pausa breve—. Nunca he expuesto mi vida privada y no voy a empezar ahora.
El Rey suspiró.
—Nuestro compromiso no es privado, pensé que lo había entendido.
Mónica se giró hacia él con la rabia dibujada en la cara. Levantó la mano y lo apuntó con el dedo, dispuesta a explicarle todo lo que pensaba de él, de su reino y de toda la farsa que giraba entorno a él, pero se contuvo.
Hassan lo vio en sus ojos. La ira, la rabia, la impotencia e incluso el miedo.
—Solo quiero verla, como cualquier otro espectador.
La cantante lo miró un momento. Después apartó la vista hacia el mar.
—A las nueve tenemos una cena, —dijo en voz baja mientras salía de la biblioteca.
___
Hassan apareció en el salón a las ocho y media con traje oscuro y corbata granate. Mónica lo miró desde el otro lado de la habitación y soltó un suspiro que lo decía todo.
—La corbata.
—¿Qué le pasa?
—Que no vas a una cena de Estado. Vas a casa de mi hermana.
Hassan bajó la vista hacia la corbata sin terminar de entender cuál era el problema. Mónica cruzó la habitación, le aflojó el nudo sin pedirle permiso y se la quitó. Él no se movió, simplemente la observó.
Mónica dobló la corbata, la dejó sobre el sofá y volvió hacia él. Le abrió el primer botón de la camisa, después el segundo, y le acomodó el cuello con las manos. Era un gesto sencillo, que no debería haber significado nada.
Dio un paso atrás y lo evaluó.
—Mucho mejor.
Le dio una palmada en el pecho y se giró hacia el espejo. Fue entonces cuando sintió la mano de Hassan en su brazo. La sujetó con suavidad y la hizo volverse hacia él. No fue un gesto brusco, sino casi involuntario.
Mónica se quedó inmóvil.
—Lo de hace un momento... no vuelva a hacerlo —dijo Hassan en voz baja.
Ella frunció ligeramente el ceño.
—¿El qué exactamente?
El Rey tardó unos segundos en responder. Ni siquiera él encontraba las palabras adecuadas.
—Tomarse esas confianzas.
Mónica bajó despacio la vista hacia la mano que seguía sujetándole el brazo.
Después volvió a mirarlo a los ojos.
—Tú tampoco... —dijo con calma—. No me vuelvas a tocar.
Hassan permaneció inmóvil un instante, como si solo entonces fuera consciente de lo que estaba haciendo. Soltó su brazo de inmediato.
Bajó la vista apenas un segundo antes de asentir.
—Tiene razón.
Mónica tomó el bolso y las llaves del coche.
—Venga... que nos están esperando.
Hassan dirigió un último vistazo a la corbata doblada sobre el sofá y salió tras ella.

La cena empezó con esa tensión particular de las reuniones donde todo el mundo sabe lo que no se puede decir y espera a ver quién lo dice primero. Raquel habló de cosas intrascendentes durante los primeros veinte minutos con una habilidad social que Mónica le había envidiado toda la vida. Hassan respondía cuando le preguntaban, correcto y ligeramente distante. Damián comía sin prisa y sin apartar demasiado los ojos de él.
Fue durante el segundo plato cuando Damián dejó los cubiertos sobre el plato y miró a Hassan directamente.
—¿Cómo está Óscar?
Hassan sostuvo la mirada de Damián sin inmutarse.
—Bien atendido.
—Eso no es lo que le he preguntado.
—Es lo que puedo decirle.
Damián asintió despacio, con la calma de quien toma nota de una respuesta sin aceptarla.
—Óscar lleva semanas sin poder comunicarse con nadie. Es inspector de policía español retenido en un país extranjero sin cargos formales. —Su voz era tranquila pero tenía un filo—. Eso tiene un nombre.
—Damián… —murmuró Mónica.
—Es un asunto en proceso de resolución —dijo Hassan.
—¿Cuándo lo soltarán?
Hassan miró brevemente a Mónica antes de responder.
—Eso depende de su cuñada.
Mónica dejó la copa sobre la mesa con cuidado.
—Ya estamos.
—Solo respondo a su pregunta —dijo Hassan.
—No, lo estás provocando.
—Con la verdad.
Damián los observaba a los dos sin intervenir. Raquel, en cambio, no dejaba de observar al Rey. No intentaba entender qué veía en su hermana, sino qué ocultaba detrás de aquella calma casi imperturbable. Porque ningún hombre retenía a una mujer de ese modo sin pagar un precio por ello.
—¿Más vino? —ofreció.
Nadie respondió pero ella sirvió de todas formas.
Después de cenar Damián y Mónica salieron a la terraza. Raquel recogió las copas y miró a Hassan.
—¿Me ayuda?
En la cocina dejó los platos en el fregadero y se apoyó en la encimera. Lo miró directamente, con la franqueza de quien ha decidido no perder el tiempo.
—Es usted muy atractivo.
Hassan la miró sin saber muy bien qué responder a eso.
—Solo lo digo porque podría elegir a cualquier mujer—continuó Raquel—. Mi hermana lleva cinco años sin rehacer su vida. Desde el divorcio. ¿Sabe por qué?
Hassan respiró hondo, pero permaneció en silencio, observándola.
—Porque sigue enamorada de Óscar. —Lo dijo con una claridad que no dejaba espacio a la duda—. Siempre lo ha estado… está perdiendo el tiempo con mi hermana.
—Ahí tiene entonces la prueba de que el amor no debe de ser la base de un matrimonio.
Raquel dejó el paño sobre la encimera y se apoyó ligeramente en ella, cruzándose de brazos sin apartar la mirada de Hassan.
—No, Majestad —dijo con calma—. Ahí tiene la prueba de que una persona puede seguir enamorada incluso después de haber perdido un matrimonio. El problema nunca fue el amor… fue todo lo demás.
Hassan no respondió. La miró un instante más de lo necesario, como si intentara medir el alcance real de aquellas palabras. Después apartó la vista hacia el salón, donde las voces de Mónica y Damián seguían flotando en la terraza, ajenas a lo que acababa de decirse dentro.
Raquel siguió su mirada.
—Y si de verdad piensa casarse con mi hermana —añadió—, procure no olvidar esa diferencia.
El silencio fue breve pero incómodo.
Hassan asintió apenas, sin comprometerse con ninguna respuesta.
—Gracias por su opinión.
No sonó frío, pero tampoco cercano.
Raquel sostuvo su mirada un segundo más, como si hubiera esperado algo distinto, y finalmente volvió a sus platos.
—No es una opinión —murmuró ella—. Es un aviso.
Hassan no contestó.
Salió de la cocina sin prisa, con las manos relajadas a los lados del cuerpo, aunque por dentro algo no terminaba de encajar en su sitio.
La cena terminó poco después. Las despedidas fueron corteses, incluso correctas, pero cargadas de una tensión que ninguno se molestó en disimular demasiado.
El trayecto de vuelta a la casa de Monica se hizo en silencio. Uno de esos silencios densos, sin conversación ni descanso, en los que cada pensamiento parece ocupar demasiado espacio dentro del coche.
Mónica iba al volante, centrada en la carretera y Hassan, a su lado. Esta vez, intentó no mirarla, o al menos, no de forma evidente. Cuando llegaron, Mónica bajó del coche sin esperarlo.
Esa noche, Hassan no volvió directamente a la habitación de invitados. Caminó un largo rato por el jardín, hasta acabar de nuevo en la sala. La luz era baja y el mismo libro seguía abierto sobre la mesa donde lo había dejado horas antes.
Se sentó. No lo cerró, pero tampoco lo leyó. Se limitó a mirarlo, como si esperara encontrar en aquellas páginas algo que explicara lo que no terminaba de entender.
Las palabras de Raquel regresaron sin permiso.
“Sigue enamorada de Óscar.”
Hassan cerró los ojos un instante. No era reacción emocional evidente. Más bien intentaba ordenar un pensamiento que no encajaba. Después abrió el libro de nuevo.
No avanzó. No cambió de página.
Más tarde, ya entrada la madrugada, Mónica salió de su habitación a por agua. La casa estaba en silencio, solo la tenue luz del pasillo. Caminó descalza, despacio, todavía con el enfado pegado a la piel y al pasar por la sala, vio una luz tenue encendida.
Se detuvo al ver a Hassan, sentado, con el libro abierto sobre las rodillas. Dudó un segundo… y siguió hacia la cocina.
Cuando volvió con el vaso de agua, pasó de nuevo frente al salón. Hassan seguía en la misma posición. Ninguno de los dos dijo nada. Sólo sostuvieron la mirada apenas un instante. Después Mónica siguió su camino hacia su habitación sin detenerse.
Hassan bajó la vista al libro. Llevaba más de una hora en la misma página.Y no recordaba una sola palabra de lo que acababa de leer.




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