Hassan se levantó muy temprano. Tenía el estómago revuelto y unas nauseas que amenazaban con revelar la cena de la noche anterior. Fue hasta la cocina y, aunque no tenía por costumbre rebuscar en casas ajenas, terminó abriendo uno de los armarios. Encontró frascos, especias y muchos otros alimentos envasados en llamativos envoltorios, casi todos desconocidos para él.
Monica apareció en la cocina, aún en camisón, tan solo cubierta por una bata de seda blanca. Al verlo, se cerró la bata de inmediato.
—Buenos días —dijo en voz baja, cruzándose de brazos—. No me acostumbro a que estés aquí —suspiró.
Hassan dejó el frasco de te sobre la encimera y se giró hacia ella.
—Será mejor que se vista o podría resfriarse.
La cantante se acercó y tomó el frasco con las hierbas entre las manos.
—Son para los cólicos menstruales —dijo, devolviéndolos al armario—. No creo que te hagan falta.
No dijo nada, pero ella notó como desviaba la mirada y un leve rubor le subía a las mejillas.
—Creo que algo me ha sentado mal —admitió, recuperando la compostura.
—Es el veneno, que actúa lentamente.
Hassan la miró con desconcierto mientras ella devolvía el frasco al armario.
—¿Perdón?
—Es broma. Aunque no descarto la posibilidad… —suspiró—. Anda, siéntate.
Él la siguió con la mirada, cada uno de sus movimientos, hasta que se sentó a su lado con dos tazas de té.
—El concierto…
—No vas a venir, —lo interrumpió ella. Tomó su móvil para chequear su agenda, dando por zanjado el tema.
Hassan tomó la taza entre las manos y le dio un sorbo a la manzanilla. Estuvieron en silencio un buen rato. Ella con los ojos fijos en el teléfono y él en el mar azul que se dejaba entrever por la ventana.
—A Sara le habría gustado su música.
Monica levantó despacio la vista del teléfono y se encontró con los ojos de Hassan.
—Yo no soy Sara.
Hassan no respondió de inmediato. La miró unos segundos, como si algo dentro de él necesitase recomponerse. Después bajó la vista a la taza entre sus manos.
—No era una comparación —dijo al fin en voz baja.
—Siempre es una comparación cuando aparece otro nombre en medio de una conversación.
Él asintió como si aceptara una corrección que no terminaba de compartir, pero que tampoco podía rebatir. Mónica volvió al móvil, pero ya no leía. Solo solo miraba la pantalla encendida.
—Sara…—empezó él y se detuvo.
La cantante levantó la vista despacio.
—Da igual —concluyó Hassan, dejando la taza sobre la mesa.
Pero no dio igual.
Mónica apagó la pantalla del móvil.
—Tengo que trabajar —dijo, poniéndose en pie demasiado rápido.
—No quiero que piense que la estoy comparando con nadie.
—Pero lo has hecho.
Hassan la sostuvo con la mirada un instante. Buscó una respuesta que no lo hundiera más.
—No conscientemente —dijo al fin.
Y esa fue la primera vez que no sonó como un Rey, sino como alguien que acababa de descubrir que hay cosas que, aunque no se eligen, igual hacen daño.
______
El teléfono de Hassan vibró sobre la mesa. Miró la pantalla. Era Karim. Se levantó sin decir nada y salió a la terraza.
Mónica apenas levantó la vista del calendario de entrevistas. El murmullo en árabe llegó amortiguado a través del cristal, sin romper su concentración.
Cuando volvió a entrar, no lo hizo solo. Karim lo acompañaba con una seriedad en el rostro que delataba que algo no estaba bien.
—¿Ha pasado algo? —preguntó Monica dejando el teléfono sobre la mesa.
Karim intercambió una mirada breve con el Rey antes de hablar.
—Una tormenta de arena ha afectado al sur del país. Varias rutas están cortadas y las comunicaciones con dos provincias están parcialmente interrumpidas. El Consejo ha sido convocado de urgencia.
—Debo regresar hoy —añadió Hassan, sin rodeos.
Mónica asintió despacio.
—¿Cuándo sale el avión?
—En dos horas.
Mónica se quedó pensativa, esperando la orden inevitable. “Prepárese.” Pero esa oren nunca llegó.
—Usted se quedará aquí, terminando todo lo que ha venido a hacer.
No era una orden en sentido estricto sino una decisión ya tomada.
Mónica sostuvo su mirada unos segundos.
—¿Y después?
—Después volverá a Al-Zahara y ambos cumpliremos con lo que hemos acordado.
Mónica bajó la vista hacia el móvil. Lo sostuvo entre las manos, pero no llegó a desbloquear la pantalla. Permaneció en silencio.
Karim observó el silencio de ambos sin intervenir. Había trabajado demasiados años junto al Rey para no reconocer cuándo una conversación había dejado de ser política.
—Supongo que no esperas que te de mi palabra.
Hassan tardó un instante en responder.
—No.
Ella levantó la vista, sorprendida.
—La creeré cuando la vea volver.
Mónica dejó escapar una sonrisa cansada.
—Qué conveniente.
Monica se levantó y caminó hacia la ventana. Durante unos minutos contempló el Mediterráneo sin decir una palabra.
—Espero que la tormenta no sea grave, —murmuró al fin.
—Yo también —dijo, recogiendo la americana de la silla—. Deseo que tenga un buen concierto.
Hassan se dirigió hacia la puerta y durante un segundo estuvo tentado de pedirle que regresara con él.
No lo hizo.
Un rey no pide.
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Editado: 15.07.2026