La sala estaba en silencio. Solo la fuente interior, con su murmullo constante y discreto, recordaba que el tiempo seguía pasando.
Samira no levantó la vista cuando lo escuchó entrar. Siguió con la taza entre las manos, los ojos bajos, como si la conversación que estaba a punto de tener ya la hubiera tenido antes en su cabeza.
Hassan se detuvo a unos pasos de ella.
—El Consejo ha sido informado. Todo está en orden.
—Eso ya lo suponía.
Él tomó asiento a su lado y se sirvió té. Bebió despacio. Esperó. Con su madre esperar era siempre lo único que tenía sentido.
—No me has dicho lo que realmente te inquieta —dijo ella al fin, dejando la taza sobre el platillo.
—Es un asunto logístico.
Samira lo miró entonces. No era una mirada de reproche sino de alguien que lleva demasiados años conociendo a una persona como para que le cuenten cuentos.
—No has dormido.
—La tormenta ha cambiado los planes.
—Eso no responde a lo que te he dicho.
Hassan respiró hondo.
—Hay variables que no controlo.
—Nunca te ha molestado eso.
—Esta vez sí.
Lo dijo bajando la vista hacia la mesa. Un gesto pequeño que en cualquier otro hombre habría pasado desapercibido. En Hassan era casi una confesión.
Samira no se apresuró. Dejó que el silencio hiciera su trabajo.
—¿La cantante? —preguntó al fin.
—No es relevante.
—Te quita el sueño. En ti, eso ya es relevancia.
Hassan no respondió.
—Has puesto una decisión de Estado en manos de una mujer que no te debe nada —continuó Samira— y ahora no puedes dormir. Eso tiene un nombre, hijo mío, aunque sé que no vas a pronunciarlo.
El silencio fue más largo esta vez.
—Volverá —dijo Hassan—. No por nosotros. Por lo que ha dejado aquí.
Samira ladeó la cabeza.
—Una mujer que vuelve solo por lo que ha dejado atrás nunca estará realmente aquí.
—No necesito que esté de acuerdo conmigo.
—No. Necesitas que un día quiera estarlo.
Hassan sostuvo su mirada sin responder.
—Eso no forma parte del acuerdo.
—No —dijo ella, con algo que no era exactamente una sonrisa—. Pero ya forma parte de tus noches.
El Rey apartó la vista hacia la ventana.
—Lo único que me preocupa es que cumpla su palabra.
—¿Y si no la cumple?
—Volverá.
Samira lo observó un momento largo. Con la paciencia de quien ha visto suficiente como para no necesitar apresurarse nunca.
—Curioso —dijo al fin.
Hassan la miró.
—Confías en que volverá. Y sin embargo no has podido dormir.
Hassan no respondió.
No había nada que decir que no lo hundiera un poco más.
____
El Palau Sant Jordi olía a multitud.
Ese olor particular que tienen los grandes recintos cuando están llenos, mezcla de calor humano, expectativa y algo eléctrico que no tiene nombre pero que Mónica reconocía desde la primera vez que había pisado un escenario con diecinueve años. Entonces le había parecido aterrador. Ahora era lo más parecido a casa que conocía.
Se quedó entre bastidores unos minutos, sola. Iñigo había aprendido hace años que había un momento antes de cada concierto en que nadie debía acercarse. No era superstición ni ritual. Era simplemente el tiempo que Mónica necesitaba para dejar de ser ella misma y convertirse en lo que el público esperaba.
Esta noche le costó más de lo habitual.
Respiró hondo.
Cuarenta mil personas al otro lado de esa cortina. Cuarenta mil personas que no sabían que era la última vez. Que habían comprado una entrada pensando que habría más conciertos, más giras, más noches como esta. Que no sabían que ella llevaba semanas viviendo en un país donde la música era un delito y que dentro de cuatro días iba a subirse a un avión del que no sabía muy bien cuándo volvería a bajar.
Iñigo apareció a su espalda.
—Lleno absoluto —dijo en voz baja—. Como siempre.
Mónica asintió sin girarse.
—¿Están ahí?
—En el palco lateral. Los cuatro.
Sus padres, Raquel y Damián.
Respiró de nuevo.
—Bien.
Cuando salió al escenario el rugido fue inmediato. Cuarenta mil voces pronunciando su nombre al mismo tiempo. Mónica avanzó hacia el centro con ese paso suyo que no pedía permiso a nadie, absorbiendo la energía sin dejar que la desestabilizara. Las luces la encontraron antes de que llegara al micrófono y por un segundo quedó suspendida en ese haz blanco, quieta, mirando al frente.
El público enloqueció.
Ella sonrió. La sonrisa correcta. La que había aprendido a construir durante años y que ahora salía sola, sin esfuerzo, porque después de tanto tiempo ya no sabía si era una máscara o simplemente su cara.
Las primeras canciones fueron las de siempre. Las que el público esperaba. Las que coreaban desde el primer acorde con esa familiaridad de quien ha escuchado algo tantas veces que ya forma parte de su memoria más íntima. Mónica se entregó a ellas con una precisión que no tenía nada de mecánico porque nunca lo había sido. Cada nota en su sitio. Cada pausa exacta. Cada mirada lanzada al público con un destino concreto.
Era buena en esto. Siempre lo había sido.
En algún momento del segundo bloque buscó el palco lateral con la mirada. Los encontró enseguida. Patricia con las manos juntas sobre el pecho como si estuviera rezando. Raquel de pie, cantando. Damián a su lado con esa expresión suya tranquila que a Mónica siempre le había resultado más emocionante que cualquier gesto aparatoso.
Y Francisco.
Su padre, que no había ido a verla cantar más de tres veces en toda su vida. Que nunca había entendido del todo a qué se dedicaba su hija ni por qué. Que le había dicho una vez, muchos años atrás, que ojalá hubiera elegido algo más sólido, algo que se pudiera tocar.
Francisco estaba de pie.
Mónica tuvo que apartar la mirada antes de que se le quebrara la voz.
Después, llegó el momento que llevaba semanas guardando.
Las luces bajaron hasta casi apagarse. Solo un foco tenue, blanco y quieto, la encontró en el centro del escenario. El público, que había estado rugiendo, fue callando poco a poco con esa intuición colectiva de quien siente que algo distinto está a punto de ocurrir.
Mónica se acercó al micrófono.
—Esta canción —dijo en voz baja, y su voz llenó el Palau sin esfuerzo— la escribí hace poco. En un lugar muy lejos de aquí.
El silencio fue absoluto.
—En un momento en que no tenía música. Ni instrumentos. Ni papel, casi. Solo las palabras y la necesidad de ponerlas en algún sitio.
Hizo una pausa.
—Se llama Sin alas.
Empezó sola, sin banda, con la voz desnuda y el silencio del Palau sosteniéndola.
Era una canción sobre la libertad. Pero no sobre la libertad como conquista ni como grito. Era sobre la libertad como ausencia. Como el espacio que deja algo cuando te lo quitan y de repente te das cuenta de que no sabías cuánto lo necesitabas hasta que ya no está.
La escribió pensando en Al-Zahara. En los pasillos de la Cúpula sin ventanas. En las mañanas sin poder abrir una puerta. En las noches escuchando el silencio de un país donde su voz no tenía sitio.
Pero también, sin quererlo, la había escrito pensando en Óscar. En los cinco años desde el divorcio. En todas las veces que había elegido la carrera antes que cualquier otra cosa y había creído que eso era suficiente.
El público no sabía nada de eso. El público escuchaba una canción sobre la libertad.
Y aun así, cuando llegó el estribillo, cuarenta mil personas lo cantaron con ella como si lo hubieran conocido toda la vida. Como si esa canción que nadie había escuchado nunca llevara años esperando ser cantada exactamente así, exactamente aquí, exactamente esta noche.
Mónica cerró los ojos un momento.
Solo un momento.
Y dejó que la voz la llevara.
Cuando terminó el concierto, cuando las luces se encendieron y el público empezó a salir todavía con el eco de Sin alas en el cuerpo, Mónica se quedó un momento sola en el escenario vacío.
Cuarenta mil personas acababan de escuchar la canción que había compuesto encerrada en Al-Zahara y ninguna lo sabía.
Se agachó y tocó el suelo del escenario con la palma de la mano, un gesto que había repetido después de cada concierto desde que tenía veintidós años y que nunca había sabido explicar del todo. Una forma de despedirse. De agradecer. De decirle al escenario que había estado bien.
Esta vez lo sostuvo un poco más. Después se incorporó, se pasó una mano por la mejilla y salió.
Francisco la esperaba entre bastidores.
No dijo nada. Simplemente abrió los brazos y la dejó entrar en ellos con esa misma calma con que hacía todas las cosas. Mónica hundió la cara en su hombro como cuando era pequeña y notó cómo él le ponía una mano en la nuca, despacio.
—Estás bien —dijo él. No era una pregunta.
—Estoy bien —respondió ella.
Y esta vez casi lo creía.
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Editado: 15.07.2026