Sin Perdón

Capítulo 27. Clausula veinticinco

La noticia llegó a Al-Zahara antes que ella.
Karim la nota de prensa sobre el escritorio de Hassan sin comentarios. Una alta suma de dinero había sido donada por una entidad internacional a las provincias del sur afectadas por la tormenta. el gesto se había llevado a cabo en el más estricto anonimato. Sin rueda de prensa. Sin declaraciones. Aún así, algunos medios apuntaban a la prometida del Rey como posible donante.
Hassan la leyó varias veces y, después, la dejó sobre la mesa con el ceño fruncido.
—Ha sido ella y no me ha consultado.
—Así parece —confirmó Karim.
—Ha actuado en mi nombre y sin mi autorización.
—Técnicamente ha actuado en el suyo. El dinero era de ella —contestó Karim con la serenidad de quien sabe exactamente lo que está diciendo.
Hassan le devolvió la mirada con desagrado y volvió a tomar la nota. La releyó despacio. Tres millones de euros. Era demasiado dinero para provenir de alguien que decía odiar Al-Zahara.
—Dile a comunicación que preparen una respuesta oficial agradeciendo el gesto.
El consejero asintió.
—¿Algo más?
—No. Bueno, si… ¿A qué hora llega mañana?
—A las tres de la tarde, Majestad.
El Rey asintió una sola vez. Se quedó solo en el despacho. Volvió a mirar la nota y después sacó el acuerdo matrimonial del escritorio. Ciento veintisiete cláusulas donde se especificaba los derechos y obligaciones de ambos. Tomó un lápiz rojo y subrayó la cláusula número veinticinco: Toda decisión pública, declaración oficial o acto de representación institucional de la Reina Consorte deberá contar con la aprobación previa del Rey o de su Consejo Asesor.

Dejó el lápiz sobre la mesa.
Tres millones de euros donados en el más estricto anonimato por una mujer que llevaba semanas diciéndole que no quería tener nada que ver con su país.
Karim tenía razón. Iba a necesitar esa cláusula.


Al día siguiente fue al aeropuerto.
Fue el mismo Hassan quien personalmente se presentó en el aeropuerto para recibirla. No porque el protocolo lo exigiera o porque Karim se lo sugiriera, que no lo hizo. Simplemente, tomó su chaqueta y salió. Karim lo siguió sin preguntar nada. Llevaba demasiados años a su lado para no saber cuándo las preguntas sobraban.
El avión aterrizó con quince minutos de retraso. Hassan esperó en la zona de llegadas con las manos a la espalda y una paciencia que no era la habitual en él. Karim a estaba a su lado, inmóvil como siempre.
Y entonces, la vio. Mucho antes de que ella lo viera a él.
Apareció entre el resto de los pasajeros con esa determinación suya, el pelo recogido, gafas de sol, una maleta de mano y el bolso cruzado al hombro. Buscaba con la mirada entre la multitud.
Hassan no se movió. La dejó buscar hasta que finalmente lo encontró. La vio detenerse unos segundos, como si tuviese la necesidad de rearmarse y, después, caminar hacia él con la misma resolución de siempre.
—Majestad —dijo ella cuando llegó a su altura. Se mostró formal, correcta… una máscara perfectamente colocada, interpretando un papel.
—Señora —asintió él con una satisfacción difícil de disimular.
—Bienvenida de nuevo —intervino Karim— ¿Ha tenido buen viaje?
—Sí, gracias Karim.
Le sonrió a él con una naturalidad que a Hassan no le pasó desapercibida. A Karim le sonreía con facilidad. A él no.
El trayecto hasta palacio transcurrió en silencio. Mónica miraba por la ventanilla el paisaje de Al-Zahara, el desierto interminable bajo un cielo que aquí siempre parecía más grande que en ningún otro sitio. Hassan la observaba de reojo sin que ella se diera cuenta, o al menos sin que lo demostrara.
Estaba cansada. Lo disimulaba bien pero lo estaba. Había algo en la manera en que sostenía el bolso sobre el regazo, demasiado quieta, demasiado controlada, que le decía que llevaba horas sosteniéndose sola.
No dijo nada.

Palacio olía igual que siempre. A madera, a incienso, a ese perfume frío y antiguo de los lugares que llevan siglos acumulando historia en sus paredes.
Nadia los esperaba en la entrada con dos doncellas y una reverencia.
—Bienvenida, señora. Su habitación está preparada.
Mónica la siguió por los corredores de mármol sin mirar atrás. Hassan la observó alejarse hasta que dobló la esquina y desapareció.
—¿Majestad? —murmuró Karim a su lado.
—Esta noche —dijo Hassan— hablaré con ella.

La habitación era la misma de siempre, pero alguien había dejado flores frescas sobre la mesa y las ventanas estaban abiertas dejando entrar la brisa tibia de la tarde. Mónica dejó la maleta sobre la cama y se quedó un momento quieta en medio de la estancia.
Había vuelto. Lo había prometido y había vuelto.
Se dejó caer sobre la cama y se abrazó a una de las almohadas. Cerró los ojos solo un momento y deseó con todas sus fuerzas volver al pasado. A su casa, a su vida con Oscar, cuando Aitor aún era pequeño y ella su mundo.
Cuando los abrió, al cabo de unas horas, Hassan estaba en la puerta.
No había llamado, como siempre. Pero esta vez se había quedado en el umbral en lugar de entrar, con una mano apoyada en el marco, observándola desde la distancia.
—Espero no haberla despertado —susurró.
Mónica parpadeó y se incorporó inmediatamente sobre la cama.
—¿Ahora también me espías el sueño?
Hassan entró y cerró la puerta tras de sí. Se quedó de pie con las manos a la espalda, mirándola.
—Nos urge una conversación a usted y a mí, pero no me atreví a despertarla.
Monica sintió la mirada de Hassan. Bajó la vista y se dio cuenta de que tenía un botón abierto. Se lo abrochó despacio, sin apartar los ojos de él.
El Rey le sostuvo la mirada, pero esta vez le costó más de lo que jamás podría reconocer.
—Tú dirás —dijo, levantándose de la cama.
Él se acercó instintivamente e intentó ayudarla, pero la cantante ignoró el gesto por completo.
—El acuerdo. Debería leerlo.
Monica lo miró de reojo mientras se acomodaba la camisa.
—No voy a hacer nada que vaya en contra de mis principios. Esté o no esté en ese acuerdo.
Hassan la observó un momento. Después sacó del bolsillo interior de la chaqueta un documento doblado y lo dejó sobre la mesa junto a las flores.
—Cláusula veinticinco —dijo.
Mónica bajó la vista hacia el papel sin tomarlo.
—¿Qué dice?
—Que toda decisión pública, declaración oficial o acto de representación institucional de la Reina Consorte deberá contar con la aprobación previa del Rey o de su Consejo Asesor.
Mónica levantó los ojos hacia él.
—¿Es una broma?
—No.
—¿Me estás diciendo que no puedo abrir la boca en público sin tu permiso?
—Le estoy diciendo que hay formas de hacer las cosas.
—Ya. —Mónica tomó el documento y lo hojeó despacio, con esa calma suya que era más peligrosa que cualquier grito—. Y donar tres millones de euros a las provincias afectadas por la tormenta no era una de ellas.
Hassan no respondió.
—Ha llegado antes que yo —dijo ella sin levantar la vista del papel—. La noticia, quiero decir. Lo sabías.
—Sí.
Mónica dejó el documento sobre la mesa.
—¿Y bien?
Hassan la miró.
—Y bien que firmará el acuerdo antes de la ceremonia. Con todas sus cláusulas.
Mónica sostuvo su mirada durante un momento largo. Después cogió el documento, lo dobló con cuidado y se lo tendió.
—Puedes guardarlo.
—Mónica…
—He dicho que puedes guardarlo. —Su voz no subió pero se endureció—. Cuando vea a Óscar con mis propios ojos y compruebe que está bien, firmaré lo que haga falta. Hasta entonces, ese papel no existe.
Hassan tomó el documento sin decir nada.
La miró un momento más. Después asintió una sola vez y se dirigió hacia la puerta.
—Los verá en la ceremonia.
—Hassan.
Se detuvo.
—La cláusula veinticinco —dijo Mónica— puedes subrayarla cuantas veces quieras.
Hassan no se giró. Pero ella vio que algo se detenía en él un segundo antes de que abriera la puerta y saliera.




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