Sin Perdón

Capitulo 28 Antes de la tormenta

Mónica no esperó a que nadie la acompañara.

Se levantó al amanecer, se vistió en silencio y salió de la habitación antes de que el palacio terminara de despertar. Conocía lo suficiente aquel lugar como para saber que las preguntas había que hacérselas al personal de servicio y no a los guardias. Los guardias obedecían órdenes. El servicio observaba.

Encontró a una de las doncellas jóvenes doblando ropa en uno de los pasillos del ala este.

—Necesito saber dónde están mi hijo y el inspector —dijo en voz baja.

La muchacha la miró con los ojos muy abiertos.

—Señora, yo no…

—No te estoy pidiendo que me lleves. Solo que me digas dónde están.

La doncella dudó. Miró hacia ambos lados del pasillo y después murmuró algo tan bajo que Mónica tuvo que inclinarse para escucharlo.

El joven estaba en los jardines del ala sur. El inspector en el ala norte. Planta baja. Al fondo del corredor de piedra.

Mónica asintió y siguió caminando hacia los jardines.

Lo encontró sentado en uno de los bancos de piedra junto a la fuente, con los codos apoyados en las rodillas y la mirada perdida en el agua. Levantó la vista cuando escuchó sus pasos y se puso en pie de inmediato.

—Mamá.

—Siéntate —dijo ella, sentándose a su lado.

Durante un momento ninguno de los dos habló. Mónica lo observó de reojo. Estaba bien físicamente. Tenía color, había dormido, no le faltaba nada que se pudiera ver a simple vista. Pero había algo en su expresión, una inquietud que no terminaba de asentarse, que le decía que su hijo llevaba semanas cargando con preguntas que no sabía cómo formular.

—Mamá, ¿qué es todo esto que están diciendo de que te vas a casar? —preguntó al fin.

Mónica tomó aire.

—Aitor, escúchame. —Se giró hacia él—. Lo que está pasando aquí, todo esto, es algo temporal. ¿Me entiendes?

Él la miró sin responder.

—Voy a resolver esta situación. Como he resuelto siempre todo lo que se ha puesto difícil. —Le tomó la mano—. Tú confía en mí.

—Mami… todo es culpa mía.

Mónica no parpadeó.

—Siempre he querido ser reina —sonrió, quitándole hierro al asunto.

—¡Mamá! Es en serio.

—Aitor. —Su voz sonó firme pero suave al mismo tiempo—. Escúchame bien. Ese matrimonio, si se celebra, es algo transitorio. Una solución a un problema concreto. Nada más.

—¿Y tú?

—Yo siempre caigo de pie. Llevo toda la vida haciéndolo.

Aitor la miró durante un momento. Con esos ojos suyos que desde pequeño habían tenido la capacidad de ver demasiado.

—¿Y si ese tío te hace algo?

Mónica le apretó la mano.

—Todavía no ha nacido el hombre que me pueda someter, cariño. —Sonrió—. Y, definitivamente, ya te digo yo que no está en Al-Zahara.

Aitor la miró un segundo más. Después asintió despacio, como hacía siempre que decidía creerla aunque no estuviera del todo convencido.

—De acuerdo.

—De acuerdo —repitió ella.

Se quedaron sentados junto a la fuente un rato más, en silencio, con el sol de Al-Zahara calentando la piedra y el agua brillando entre ellos. Mónica lo dejó hablar de otras cosas, de los jardines, de las clases de esgrima, de una película que había visto con Leila la noche anterior.

Cuando se levantó, le dio un beso en la frente.

—Portate bien.

—Siempre.

—Mentira.

Aitor sonrió. Y por un segundo fue el niño de siempre.

Mónica se giró hacia el interior del palacio con la idea clara de encontrar a Oscar en el ala norte, como la doncella le había indicado. Pero el ala norte poco tenía que ver con las estancias lujosas del ala sur.

El corredor de piedra era más estrecho y más oscuro que el resto del palacio. No había lámparas doradas ni tapices bordados. Solo piedra gris y el eco de sus propios pasos resonando contra las paredes. El contraste con los jardines soleados era tan brusco que Mónica tardó un momento en que sus ojos se adaptaran a la penumbra.

Había dos guardias frente a la última puerta que se detuvieron en cuanto la vieron llegar.

—Señora, este acceso está restringido.

—Lo sé.

—No podemos permitir…

—Soy la prometida del Rey —dijo Mónica con una calma que no admitía discusión—. Y voy a entrar.

Los guardias intercambiaron una mirada. Ninguno de los dos se movió. Mónica se cruzó de brazos, inmóvil. Finalmente uno de ellos se hizo a un lado y ella empujó la puerta.

La habitación era pequeña. Una cama estrecha, una mesa, una silla. Una ventana con barrotes por la que entraba una franja de luz polvorienta. Olía a cerrado, a días sin aire fresco, a ese olor particular de los espacios donde el tiempo deja de tener ritmo.

Óscar estaba sentado en el borde de la cama cuando entró. Levantó la vista y durante un segundo ninguno de los dos dijo nada.

Estaba demacrado. Más delgado de lo que debería. Tenía ojeras profundas y varios días de barba sin afeitar. En la mandíbula, casi disimulado pero visible bajo la luz que entraba por la ventana, había un hematoma amarillento.

Mónica sintió una punzada en el pecho.

—Hola, nena —dijo él con una sonrisa cansada que intentaba ser la de siempre.

Ella cruzó la habitación y lo abrazó antes de que pudiera decir nada más. Lo rodeó con los brazos con fuerza y él tardó un segundo en corresponder, como si el gesto lo hubiera pillado desprevenido, antes de hundirle la cara en el cuello y abrazarla también.

—Estás bien —murmuró ella. No era una pregunta.

—Estoy bien —dijo él.

Los dos sabían que era mentira.

Mónica se separó y le tomó la cara entre las manos. Le examinó el hematoma con los dedos, despacio, con esa manera suya de comprobar físicamente que las personas seguían completas.

—¿Cómo te han hecho esto?

—No importa.

—Óscar.

—De verdad que no importa, Mónica. —Le tomó las manos y se las apartó con suavidad—. ¿Estás bien tú? Al final te he dejado sola en este caos.




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