Sin Perdón

Capítulo 29 La ceremonia

Los jardines del palacio amanecieron cubiertos de jazmines.
Alguien había trabajado toda la noche para transformar aquel espacio en algo que rozaba lo irreal. Pétalos blancos alfombrando los caminos de piedra, arcos de flores entrelazadas bordeando el pasillo central, velas encendidas a pesar de la luz de la mañana porque en Al-Zahara la llama era un símbolo.
Mónica observaba desde la ventana de la habitación cuando un séquito de doncellas entró sin apenas tocar a la puerta. En cuestión de minutos, habían transformado su dormitorio en un salón de belleza: manicura, pedicura, maquillaje.
Las mujeres trabajaban en silencio mientras Nadia daba los últimos retoques al vestido. Era de seda marfil, con bordados de oro cosidos a mano que recorrían el escote en uve y se derramaban por la falda como agua dorada. Los encajes eran tan delicados que parecían respirar con ella. Era el vestido más extraordinario que había llevado en su vida. Sin embargo, nada parecía importarle ya.
Se dejó hacer. Se dejó peinar, maquillar, calzar. Se dejó colocar los pendientes que alguien había elegido por ella, la pulsera que alguien había decidido que debía llevar, los guantes de encaje que Nadia le deslizó por las manos con una delicadeza casi reverencial.
Cuando Nadia se acercó con la gargantilla, Mónica la miró por primera vez.
Era espectacular. Una cadena de oro fino de la que colgaban pequeños diamantes engarzados que captaban la luz y la devolvían multiplicada. No parecía una joya de protocolo. Era demasiado personal para eso. Y pensó en Sara y en que quizás esa joya le había pertenecido a ella.
—¿De quién es? —preguntó con miedo a la respuesta.
Nadia dudó apenas un segundo.
—Su Majestad la eligió personalmente, señora.
Mónica no respondió. Dejó que Nadia se la colocara alrededor del cuello sin decir nada más.
Se miró al espejo. No parecía ella, pero no le importó. No demasiado si con ello mandaba a Aitor y a Oscar de vuelta a Barcelona.

Los miembros del Consejo ocupaban la primera fila a ambos lados del pasillo central. Detrás de ellos, los dignatarios, los asesores, los militares de alto rango. Samira estaba sentada en el lugar que el protocolo le reservaba, con una serenidad impecable que no revelaba nada de lo que pudiera estar pensando. Leila a su lado, con un vestido azul celeste y una expresión de satisfacción.
Karim permanecía de pie junto al arco principal, inmóvil como siempre.Y al fondo, discretamente apartados pero visibles, dos guardias flanqueaban a Óscar y a Aitor.
Hassan los vio en cuanto tomó su posición bajo el arco de jazmines. Vio a Aitor con las manos juntas y la mirada fija en el pasillo central. Después, a Óscar con la mandíbula apretada y los ojos en el mismo sitio.
Hassan apartó la vista.
Cuando ella apareció al fondo del pasillo, el silencio fue tan absoluto que por un momento pareció que hasta el viento había decidido detenerse.
Mónica avanzó sola. Había rechazado que alguien la acompañara. Caminaba con ese paso suyo que no pedía permiso a nadie, la melena rubia suelta sobre los hombros, la gargantilla brillando contra su piel bajo la luz de la mañana. Miraba al frente. No a los lados. No al Consejo. No a Karim ni a Samira ni a Leila.
Al frente.
Hassan la observó avanzar por el pasillo de pétalos blancos y durante un segundo, solo uno, dejó de pensar en el Consejo, en la estabilidad del país, en las cláusulas del acuerdo y en todo lo demás.
Durante un instante olvidó incluso por qué estaba allí.
Cuando llegó a su altura y sus miradas se encontraron, Mónica no apartó los ojos. Había algo en su expresión que Hassan había aprendido a reconocer a lo largo de todos esos meses. No era rendición. Era determinación. La determinación de quien ha tomado una decisión que no le gusta y ha decidido ejecutarla con toda la dignidad que le queda.
El oficiante comenzó a hablar en árabe. Mónica no entendía las palabras pero entendía el peso de lo que estaba ocurriendo.
El acuerdo apareció sobre una pequeña mesa de madera tallada, junto a dos plumas y un sello dorado. Ciento veintisiete cláusulas que Mónica no había leído.
Karim se acercó y señaló la línea de la firma.
La cantante tomó la pluma con la mano temblorosa y firmó. Hassan lo vio. No dijo nada, pero algo en su expresión cambió brevemente. Después fue él quien firmó, con esa seguridad suya que nunca vacilaba.
El intercambio de anillos fue silencioso.
Hassan le tomó la mano y le deslizó el anillo en el dedo. Mónica sintió el frío del oro contra su piel. Después tomó el anillo de Hassan entre los dedos. Le temblaban. Lo colocó despacio, sin mirarlo a los ojos, concentrada en ese pequeño gesto que le cambiaría la vida.
Fue en ese momento cuando Óscar entendió lo que estaba a punto de ocurrir.
Lo vio en la postura del Rey. En la manera en que se giró hacia Mónica con una determinación que no tenía nada de ceremonial. Y antes de que pudiera contenerse dio un paso al frente.
Los guardias reaccionaron de inmediato. Uno lo sujetó por el brazo con firmeza. Óscar forcejeó, un movimiento brusco y rápido que no llegó a ningún sitio porque el segundo guardia ya lo había neutralizado. Todo ocurrió en menos de tres segundos, sin ruido, sin escándalo.
Nadie en el Consejo se giró.
Aitor sí. Miró a Óscar y después a su madre y cerró los ojos un segundo.
Mónica no se giró. Pero algo en su postura cambió. Solo un instante. Como si hubiera sentido algo sin necesidad de verlo.
Hassan no apartó los ojos de ella.
—Es el momento —dijo el oficiante en castellano, mirando a Hassan—. Puede besar a su esposa.
El Rey dio un paso hacia ella.
Mónica retrocedió apenas unos centímetros. Un movimiento instintivo, casi imperceptible, pero suficiente para que él lo advirtiera. Hassan sostuvo su mirada. No vio desafío. Vio miedo, orgullo y una resistencia que conocía demasiado bien. Pero también sabía que detener la ceremonia en aquel momento habría supuesto una humillación pública para ambos y una herida innecesaria para la Corona.
No dudó. Acercó una mano a su cintura y la otra rozó apenas su mejilla. No hubo brusquedad ni prisa. Solo la serenidad de quien cumple un gesto que considera inevitable. Después inclinó la cabeza y la besó. Fue un beso breve. Sin pasión. Sin ternura. El beso de un rey que sellaba un compromiso ante su pueblo.
Cuando se separó, los aplausos estallaron alrededor de ellos. Los pétalos comenzaron a caer desde los balcones, blancos y rojos mezclándose sobre el sendero de jazmines.
Mónica abrió los ojos despacio. Sintió sus cálidas manos aún en su cintura, el frío del anillo en su dedo y el murmullo de todo un reino celebrando una boda que para ella solo era el comienzo de un calvario.
Levantó la vista y se dio cuenta de que Hassan aún seguía mirándola. Demasiado cerca para lo que había sido su distancia habitual durante todos esos meses.
Y Mónica, que creía haberlo medido y entendido desde el primer día, se dio cuenta de que había cometido un error. Lo había subestimado. No su poder. No su autoridad. Eso ya lo sabía desde el principio. Lo que no había calculado era su determinación. Había esperado que ante su resistencia Hassan negociara, buscara otra salida, cediera de alguna manera. Porque eso es lo que hacen los hombres cuando quieren algo de ella.
Pero él no había cedido. La había tomado por la cintura y la había besado delante de todo el Consejo con la misma certeza con que firmaba un decreto. No porque la deseara, sino porque había decidido que ese matrimonio iba a ser real y lo había ejecutado.
Y no lo había visto venir.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.