Los invitados comenzaban a dispersarse entre las mesas dispuestas bajo los jazmines mientras los criados recorrían los jardines sirviendo café, té y dulces. Las conversaciones sustituían al silencio solemne que había acompañado la ceremonia. No había música y nunca la habría en Al Zahara. Solo el murmullo de las voces, el rumor del agua de las fuentes y el viento moviendo las ramas de los naranjos.
A Mónica, aquel silencio le resultaba casi violento y le hacia más recordar a un entierro que a una celebración. Quería salir de ahí, pero no sin antes asegurarse de que Hassan cumpliese con su parte del trato. Así que lo buscó entre los grupos de dignatarios y caminó directamente hacia él.
—Quiero los pasaportes de Aitor y de Óscar—le espetó en voz alta—. Y un vuelo directo a Barcelona esta misma tarde.
Hassan la miró unos segundos.
—Estarán preparados antes del anochecer.
No hubo negociación ni condiciones nuevas. Solo un asentimiento.
—No espero menos.
Él observó su rostro un instante y después dirigió la mirada hacia las mesas.
—La comida está servida.
—No tengo nada que celebrar. Solo cumple tus promesas —contestó la cantante y sin esperar respuesta se alejó.
Paseó entre los invitados, arrastrando el vestido que apenas la dejaba caminar y con la vista fija en cada esquina en busca de Oscar o de Aitor.
A su hijo lo encontró primero. No le pareció que lo estuviese pasando mal, todo lo contrario. Se mostraba entretenido con la compañía de Leila y otras dos muchachas, que aparentaban mucha más edad que él y a las que ella nunca había visto antes.
A Oscar lo encontró en el interior del palacio. Estaba custodiado por dos hombres. Los mismos que lo habían maltratado días atrás, supuso. Monica se acercó con paso firme.
—Dejadme a solas con él —inquirió la cantante con la determinación que le confería su nuevo estatus.
Los hombres dudaron apenas un instante, pero finalmente asintieron con la cabeza y desaparecieron de la estancia.
—Joder, nena, te miro y no te reconozco.
Ella sonrió con cansancio.
—Hola a ti también.
—No sé en qué mierda estabas pensando. ¿Te has vuelto loca?
La sonrisa desapareció.
—No me hables así, —contestó, con la mirada fija en el ojo morado—. Era la única forma.
—¿La única forma de qué? —apretó los dientes con fuerza—¿Te das cuenta del problema en el que te has metido?
—Eso es asunto mío y de nadie más.
Óscar negó despacio con la cabeza.
—No te lo habría permitido nunca.
—Por suerte para los dos hace mucho que tú y yo no tenemos nada que ver —contestó con un tono de voz afilado.
Oscar se quedó en silencio un momento, intentando recuperar la calma.
—Bien… —resopló—. Y ahora, ¿qué? Porque tendrás un plan…
—Esta noche, a más tardar mañana, os marchareis de aquí. Tú y Aitor.
—No pienso irme de aquí sin ti. Y mucho menos te voy a dejar a merced de un rey loco. Solo hay que verte, para darse cuenta de que ese tío solo quiere una más para su colección.
Mónica respiró hondo y se aguantó las ganas de darle una bofetada.
—A Hassan, lo manejo yo —contestó con una seguridad que realmente no tenía.
En ese momento, justo cuando Oscar estaba apunto de seguir con su retahíla de sermones, los interrumpió una voz grave.
—Majestad.
Los dos giraron la cabeza.
Hassan permanecía a unos metros de distancia. Su expresión era la misma de siempre. Solo Karim, que estaba ligeramente detrás de él, alcanzó a percibir la rigidez de su mandíbula.
—Los invitados la esperan.
Mónica asintió y antes de que pudiera responder, Óscar dio un paso adelante, quedando frente a frente con el Rey.
—Escúcheme bien —dijo el inspector con absoluta calma—. Si le tocas un pelo a esta mujer...
—¿Es eso una amenaza? —preguntó, con la actitud de quien no teme a nadie.
Óscar se mantuvo desafiante. Miró a Monica y después volvió a dirigirse al Rey.
—Es la madre de mi hijo. Y por mi familia soy capaz de cualquier cosa.
Mónica se colocó entre los dos, ocupando el espacio que los separaba.
—¡Basta!—Miró primero a Óscar y después a Hassan— Los invitados nos esperan.
Hassan fue el primero en apartar la vista y en dar un paso atrás.
—¿Lo ve? Esta mujer se defiende sola.
Se dio la vuelta sin añadir nada más. Pero mientras caminaba de regreso hacia la celebración comprendió algo que no le gustó en absoluto. Hasta ese momento Óscar había sido un problema político, pero ahora acababa de convertirse en algo mucho más incómodo.
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La comida transcurrió entre brindis, discursos y sonrisas cuidadosamente ensayadas.
Mónica apenas probó bocado. Movía el tenedor de un lado a otro del plato sin llegar a llevarse nada a la boca.
—Debería comer algo —murmuró Hassan.
Ella ni siquiera levantó la vista.
—No tengo hambre.
—Lleva todo el día sin comer.
Mónica dejó el cubierto sobre el plato.
—No me encuentro bien —esta vez sí lo miró—. Prefiero retirarme.
Hassan la sostuvo unos segundos con la mirada. No estaba convencido. No sabía si realmente se encontraba mal o simplemente quería escapar de aquella celebración. Probablemente ambas cosas. Finalmente asintió.
—Como desee.
Los dos se levantaron.
Las conversaciones fueron apagándose poco a poco mientras los recién casados recorrían juntos el jardín recibiendo despedidas y felicitaciones.
Cuando llegaron al último grupo de invitados, Mónica habló sin mirarlo.
—No hace falta que vengas… no me voy a escapar.
Hassan volvió ligeramente la cabeza.
—¿Perdón?
—Quédate —agregó, mirando a su alrededor— y disfruta de tu fantástica boda.
El Rey vio el brillo en sus ojos, pero optó por no entrar a su provocación.
—Yo también estoy cansado —dijo sin más.
Y siguió caminando a su lado.
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La cantante caminaba dos pasos por delante, como si tuviese prisa por deshacerse de la compañía. El Rey, sin embargo, la seguía en silencio, esperando el momento adecuado. Cuando Monica giró el pomo de la puerta de su habitación, se quedó helada. Como si acabara de entender algo que hasta ahora se le había pasado por alto. Estaba cerrada. Volvió a girarlo y hasta lo empujó suavemente con el hombro. Nada.