La luz del día entró de golpe por los amplios ventanales de la suite real.
Monica se incorporó despacio en la inmensa cama. Al otro lado de la habitación, el diván de mármol estaba vacío. La manta gris que Hassan había utilizado la noche anterior descansaba perfectamente doblada sobre el respaldo, y las copas de champán vacías seguían sobre la mesa.
Se levantó con prisa, sintiendo el frío del suelo bajo sus pies descalzos, y abrió el gran armario empotrado. Desplazó con desdén las perchas donde colgaban las túnicas de seda fina y los vestidos tradicionales en tonos tierra y esmeralda que el servicio había dispuesto para ella. Buscó en el fondo del armario, pero no encontró más que ropas que nada tenían que ver con ella.
—¡Nadia! —gritó, alcanzando tonos que jamás se habían escuchado en Al-Zahara.
La asesora apareció de inmediato, acompañada de tres doncellas.
—Majestad… ¿está todo bien?
—¿Dónde están mis cosas? —preguntó algo más calmada—. No encuentro mi ropa, mis cremas, mi…
Nadia carraspeó y tragó saliva.
—Su Majestad el Rey dio órdenes de…
La mirada de la cantante fue tan afilada que la mujer no acabó la frase.
—Puedo recuperarlas, si así lo desea, pero sería un gesto descortés hacia su esposo, que ha dispuesto todo esto para usted.
La mujer tomó un frasco de perfume del tocador y se lo mostró.
—Huélalo, Señora, es de lo mejor.
Monica se cerró la bata y miró al suelo por unos segundos.
—Quiero mis cosas —levantó la vista y miró a las muchachas que permanecían en silencio—. Y no las necesito. Me visto y me peino sola.
La mujer asintió con resignación, dejó la fragancia en su sitio y salió de la estancia acompañada de las doncellas.
No iba a disfrazarse ni a cambiar ni uno de sus hábitos, así tuviese que enfrentarse al mismísimo Rey. Se miró al espejo y sonrió. Aún seguía siendo ella, enfundada en unos vaqueros oscuros, una camisa azul marino y una americana de color gris. Tampoco renunciaría a unos buenos tacones ni a llevar el cabello suelto, recogido rubio o de dos colores si así le apetecía.
Al salir al pasillo, Nadia ya la esperaba con el rostro un poco más sereno y un termo de café que Mónica aceptó sin mediar palabra.
—El coche está preparado en el patio de armas, Majestad —dijo la mujer, bajando levemente la vista al suelo—. El consejero Karim ya se encuentra en el hangar.
—Vamos —respondió, apretando el termo entre las manos.
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El hangar privado del aeropuerto de Al-Zahara era un desierto de metal y asfalto recalentado por el sol de las ocho de la mañana. El avión privado de la familia real esperaba con los motores encendidos.
Aitor la esperaba al pie de la escalerilla. Llevaba una mochila al hombro y los ojos cansados de quien apenas ha dormido, pero al ver a su madre intentó sonreír.
Mónica lo estrechó entre sus brazos con fuerza. Le acarició la nuca, aspirando el olor a limpio de su hijo, memorizando ese instante.
—Vas a llegar a tiempo para la matrícula del segundo cuatrimestre —le susurró al oído, obligándose a mantener la voz firme—. Llama a Raquel en cuanto aterrices en Barcelona. Ella tiene las llaves de casa. Y ve a ver a los abuelos.
—Mamá… no me gusta dejarte aquí —murmuró el chico, mirando de reojo a los dos guardias reales que custodiaban el acceso al avión a pocos metros.
—Aitor, mírame —Mónica se separó un poco y le tomó la cara entre las manos—. Tu único trabajo ahora es estudiar. El mío es solucionar esto. Y sabes que siempre cumplo mis contratos.
Aitor asintió despacio, tragando saliva. Le dio un último beso rápido en la mejilla y comenzó a subir la escalerilla metálica. Mónica se quedó abajo, inmóvil, con la americana gris cruzada sobre el pecho, viendo cómo su hijo desaparecía tras la puerta del aparato.
Solo cuando la escotilla se cerró por completo, Mónica dejó ir toda la tensión acumulada durante esos últimos meses. Se giró para buscar el coche de regreso, pero sus ojos se detuvieron en la sombra del hangar.
Óscar estaba allí.
Llevaba la misma ropa del día anterior, algo arrugada, y sostenía una bolsa de viaje que los guardias le habían devuelto. No se había movido ni siquiera cuando Aitor subió al avión. Permanecía de pie, con las manos en los bolsillos y el mentón alzado, desafiando con la mirada a la escolta real.
Mónica caminó hacia él con paso rápido, con los tacones resonando sobre el hormigón.
—¿Se puede saber que mierda haces, Óscar? —siseó en voz baja en cuanto llegó a su altura—. El avión está a punto de despegar. Sube.
—No voy a subir —contestó él con una tranquilidad que a Mónica le pareció exasperante.
—He firmado ese maldito papel para que os fuerais los dos. Tienes que irte.
—Yo no te lo he pedido —Óscar dio un paso hacia ella, ignorando deliberadamente a Karim, que observaba la escena desde la barandilla de la terminal—. No pienso dejarte sola con un tipo que decide cuándo puedes respirar. Además, se te olvida que soy policía.
—No tienes jurisdicción aquí.
—Ahora sí, “majestad”— sonrió irónicamente—. Voy a ser tu enlace con la civilización.
—No me hagas esto, Oscar —respondió con un nudo en la garganta—. Súbete al avión con tu hijo. Por favor…
El inspector miró rápidamente a su alrededor. Karim seguía observándolos, pero no le importó. Dio un paso más hacia ella y le acarició la mejilla.
—Es cosa de Madrid, quieren a alguien que colabore con la seguridad del país como enlace internacional.
Monica miró al consejero y se apartó bruscamente.
—No te lo van a permitir.
—Ya es un hecho. Karim no ha podido negarse sin crear un problema diplomático. Así que me quedo, nena. Cerca de ti.
—Tendremos que guardar las distancias si no quieres aparecer tirado en un desierto.
Oscar se le acercó y le susurró al oído— No les tengo miedo.
A lo lejos, el avión comenzó a moverse lentamente por la pista de rodadura, ganando velocidad hasta elevarse en el cielo azul de Al-Zahara. Mónica observó la estela blanca del avión que se llevaba a su hijo, sabiendo que la mitad de su corazón volaba hacia Barcelona.