La noche volvió a caer sobre el palacio, arrastrando consigo el murmullo de la prensa y el eco de una transmisión televisiva que ya estaba dando la vuelta al mundo. La imagen de la nueva Reina de Al-Zahara, serena, vestida con un traje de sastre occidental y anunciando una millonaria donación para reconstruir el sur, había descolocado a partidarios y detractores por igual.
Mónica entró en la suite real y se dejó caer en el diván junto a la chimenea apagada. Se quitó los zapatos y después la americana gris, dejándola sobre el respaldo. Se frotó las sienes con los dedos, intentando asimilar que Óscar seguía en Al-Zahara, que su hijo ya estaba en Barcelona y que su vida ahora se medía en metros cuadrados dentro de aquel palacio.
Estaba exhausta y le dolían los pies, pero antes de que pudiera apenas entornar los ojos, escuchó la puerta abrirse.
Hassan entró con sigilo. No llevaba su túnica negra de Estado, sino una camisa blanca de lino con las mangas ligeramente remangadas. Se detuvo un momento al verla allí, tan desprovista de protocolo, tan humana. Se acercó a la mesa, sirvió un vaso de agua y se lo tendió en silencio. Mónica lo aceptó, sorprendida por el gesto.
—Tu inspector de policía tiene una persistencia molesta —dijo Hassan, sentándose en el sillón de orejas frente a ella—. Karim me ha informado de su futura "colaboración" con la seguridad de palacio.
Mónica bebió un sorbo de agua y después otro. En silencio, meditando cada una de sus palabras.
—Es un buen policía— dijo al fin— y un excelente escolta.
—Me incomoda su presencia. Un hombre que arriesga su posición por una mujer con la que ya no tiene ningún vínculo es un factor imprevisible.
—Tenemos un hijo en común… ese vínculo es más poderoso que cualquier contrato —susurró en un tono de voz apenas audible.
El Rey no respondió de inmediato. Observó la americana gris de Mónica esparcida sobre la silla y después la miró a ella, deteniéndose en la marca casi imperceptible que la gargantilla de diamantes había dejado en la base de su cuello el día anterior.
—Ha sido un día largo, señora —dijo Hassan, levantándose para dirigirse al baño—. Descanse. Mañana el Consejo querrá explicaciones sobre su... impecable vestimenta.
Mónica lo vio alejarse en la penumbra de la estancia. Se acomodó en el diván, sabiendo que la primera grieta en el sistema de Hassan ya estaba abierta, y que ninguno de los dos iba a dar marcha atrás.
————
El patio de las fuentes en el ala oeste era uno de los pocos lugares de palacio donde la guardia no patrullaba antes de la hora del desayuno.
Mónica caminaba despacio por la galería de arcos, sintiendo el calor denso de la mañana pegándosele a la piel. Llevaba una camiseta blanca de manga corta y las manos metidas en los bolsillos del pantalón.
Óscar salió de entre la sombra de dos naranjos. No llevaba el uniforme de escolta ni la ropa arrugada del hangar. Vestía una camisa oscura y llevaba una carpeta de solapas amarillentas bajo el brazo. Caminaba con soltura, como si estuviese acostumbrado a moverse en ese lugar.
—Nos están mirando desde las celosías del piso superior —dijo Óscar al llegar a su altura, sin frenar el paso, obligándola a caminar a su lado.
—Te dije que no vinieras por esta zona —contestó Mónica en voz baja, sin mirarlo.
—Aitor ya ha aterrizado en El Prat. Raquel ha ido a buscarlo y están en casa.
Mónica exhaló una bocanada de aire, sintiendo un leve alivio en el pecho.
—Bien. Ahora solo faltas tú.
Oscar se detuvo bruscamente junto a una de las fuentes.
—He averiguado cosas, que no me permiten irme.
Monica alzó una ceja.
— No me interesa nada de lo que hayas podido averiguar.
—Pues debería interesarte, porque se trata de tu “nuevo marido” y la muerte de la Reina. La de verdad.
Monica suspiró. Ya se sentía lo suficientemente impostora como para que Oscar también se lo recordara.
—¿Me vas a contar o qué?
—Hay dos informes médicos de la difunta —sacó una carpeta de cuero negro y le mostró los documentos—. El oficial dice que murió por una parada cardiorrespiratoria causada por una infección vírica. Un diagnóstico limpio. Muy rápido.
—¿Y donde está lo raro?
—El análisis de toxicología posterior, el que enterraron en el archivo del Ministerio del Interior antes de que cerraran el caso, muestra trazas de glucósidos cardíacos. Altas dosis.
Mónica se quedó inmóvil.
—¿Qué estás diciendo?
—Que no se murió, Mónica. A la mujer de Hassan la asesinaron. Envenenada. En su propia casa.
Mónica miró a Óscar, buscando alguna grieta en la afirmación de un hombre que llevaba veinte años investigando crímenes. No la había.
—El expediente está cerrado y firmado por el propio Hassan —añadió Óscar, acercándose medio paso—. O el Rey encubrió a quien la mató o fue él quien dio la orden. En cualquier caso estás durmiendo con un asesino.
Mónica tragó saliva, sintiendo un nudo frío en la garganta. Recordó la gargantilla de oro que Hassan le había regalado y la forma en que el servicio hablaba de la difunta reina con una devoción casi sagrada.
—Hassan adoraba a Sara —dijo Mónica, más para convencerse a sí misma que a él—. Se nota en cada rincón de este sitio.
—Los hombres poderosos adoran muchas cosas hasta que se convierten en un problema —contestó Óscar con frialdad. Hizo una pausa, mirando la camisa azul de Mónica, la línea sobria de sus hombros—. ¿Qué tal la noche de bodas, por cierto? ¿El Rey exige sus derechos o es más de esperar?
Mónica lo miró con la cabeza alzada, endureciendo el gesto al instante.
—Eso no es asunto tuyo, Óscar.
—Es asunto mío si el tipo con el que duermes tiene las manos manchas de—
—No me hagas preguntas que no te voy a contestar —lo cortó ella, con una voz helada que no admitía réplica—. Estoy bien. Sé cuidarme sola. Cierra esa carpeta y sal de esta galería.