El todoterreno negro devoraba el asfalto con un zumbido sordo y constante. Más allá de la luna protectora del vehículo, el paisaje de Al-Zahara había dejado de ser la arquitectura refinada de la capital para convertirse en una inmensidad de piedra, calima y arena dorada que parecía no tener fin.
El calor se colaba por el metal a pesar del aire acondicionado. Era un calor seco, pesado, que se sentía en la garganta con cada respiración.
Mónica iba en el asiento del copiloto. Llevaba una camiseta blanca de algodón, unos pantalones claros y las gafas de sol puestas para ocultar el cansancio en los ojos. A su lado, al volante, Hassan conducía en silencio.
Sin los sirvientes, sin Karim y sin la pompa del palacio, el Rey parecía un hombre distinto. Llevaba una túnica de algodón clara más ligera, sin bordados de oro, y manejaba el vehículo con la soltura de quien conoce cada pliegue de esa tierra. Un único coche de la guardia real los seguía a un par de kilómetros de distancia, asegurando la ruta.
Llevaban tres horas en completo silencio. Cada uno con sus propios fantasmas.
Mónica sintió un punzadas seca en las sienes. El mareo del viaje, sumado al sol abrasador que reverberaba sobre el capó, le estaba provocando una jaqueca incipiente. Miró la botella de agua de cristal que descansaba en el posavasos central, justo al lado de la mano derecha de Hassan, que sujetaba el volante con firmeza. Tenía la boca seca, pero apretó la mandíbula y volvió la vista hacia la ventanilla. No iba a pedírsela por muy sedienta que estuviese.
Hassan no apartó los ojos de la carretera, pero su mano rozó la botella. La cogió, desenroscó el tapón con una sola mano sin esfuerzo y la dejó sobre el salpicadero, más cerca de ella.
—Beba —dijo con una voz más rasposa de lo habitual por el polvo del aire.
Mónica no se movió. Mantuvo la vista fija en la línea recta del horizonte.
—Estoy bien —contestó.
—No está en una sala de ensayo de Barcelona, Mónica. El desierto deshidrata antes de que sienta sed. Si se desmaya aquí, será un problema.
Mónica giró la cabeza despacio. Se quitó las gafas de sol y lo miró de frente.
—Sé cuándo necesito beber agua.
—No, no lo sabe —replicó él, echándole una mirada fugaz—. Cree que todo es una prueba de resistencia personal. Su ropa, su actitud, su terquedad. Cree que si acepta un gesto mío, está cediendo terreno.
—¿Y no es así?
Hassan soltó una risa breve, un sonido seco sin un ápice de alegría.
—Es una botella de agua. Si quisiera doblegarla, señora, utilizaría métodos bastante más complejos que la sed.
Mónica le sostuvo la mirada un segundo más. Finalmente, extendió la mano, tomó la botella y bebió varios tragos largos. El agua estaba casi tibia, pero alivió de inmediato la sequedad de su garganta.
Dejó el envase en su sitio sin dar las gracias.
Él no dijo nada más, pero la tensión en sus nudillos sobre el cuero del volante se hizo un poco más evidente.
A medida que el sol alcanzaba su punto más alto, la carretera asfaltada desapareció, sustituida por una pista de tierra batida y grava. El todoterreno comenzó a vibrar con más fuerza. A los lados, las dunas gigantescas del sur empezaban a erigirse como muros de fuego.
—¿Por qué me has traído aquí? —preguntó Mónica al cabo de un rato, rompiendo la tregua—. La donación debía ser anónima y no un circo para lavarle la cara a la Corona.
—El pueblo del sur necesita ver que la Reina Consorte no se queda escondida en palacio, mientras su gente se muere de hambre.
—O querías alejarme de Óscar.
Hassan no frenó, pero la velocidad del vehículo aumentó sutilmente. La línea de su boca se volvió una hendidura fina y dura. Durante unos segundos, el único ruido fue el impacto de las chinas contra los bajos del todoterreno.
—El inspector de policía es un estorbo —dijo el Rey, con una voz helada que intentaba sonar puramente burocrática—. Su presencia en el palacio es una provocación y un riesgo de seguridad.
—Es un amigo —lo corrigió ella, recalcando la palabra—. Alguien que se preocupa por si salgo viva de este sitio.
Hassan giró la cabeza bruscamente hacia ella. En sus ojos oscuros ya no estaba el gobernante calculador; había una sombra de rabia contenida que no encajaba con la frialdad con la que solía tratarla.
—Ese hombre la mira como si aún le perteneciera —dijo Hassan, apretando la voz entre los dientes—. Y en este país, señora, usted lleva el anillo de la Corona.
—No me gusta que me celen.
Hassan no contestó.
El sol empezó a caer sobre el horizonte, tiñendo las dunas de un color rojo violento, casi sangriento.
A lo lejos, en medio de la nada, comenzó a dibujarse la silueta de una gran estructura de lona y madera: el campamento privado de la familia real, el único refugio antes de alcanzar las ciudades del sur.
Mónica miró la inmensidad del desierto que los rodeaba, sabiendo que la noche en aquel lugar no traería el frío, sino una clase de fuego completamente distinta.