Sin Perdón

Capítulo 34 El fuego de la noche

El Campamento Real no parecía una estructura provisional. Era una gran jaima de lona gruesa y madera de cedro, levantada sobre una duna baja y rodeada por una empalizada de antorchas que crepitaban bajo el viento del desierto.
Al entrar, el viento se amortiguó. El suelo estaba cubierto por capas de alfombras tupidas en tonos granate y azafrán, y el aire olía a té de jazmín, humo de leña y cuero. No había doncellas ni guardias en el interior. La escolta permanecía a varios cientos de metros, custodiando los accesos al perímetro.
Mónica se quitó las gafas de sol y las dejó sobre un arcón de madera. Se acercó a la mesa baja donde descansaba una jarra de cobre y se sirvió un vaso de agua, bebiéndolo despacio.
Hassan estaba al otro lado de la estancia. Se había despojado de la túnica de viaje y vestía únicamente una camisa blanca de lino, ligera, con los primeros botones desabrochados y las mangas remangadas hasta los codos. Se acercó al brasero encendido en el centro de la jaima y vertió té en dos vasos de cristal labrado.
—En el sur la noche cae de golpe —dijo él, sin mirarla—. La temperatura bajará diez grados en una hora.
La cantante no respondió. Simplemente se limitó a tomar el vaso de té que él le ofreció, cuidando de que sus dedos no se tocaran al hacer el relevo y se sentó en los cojines frente al brasero. Bebió el té despacio, notando el polvo del viaje pegado a su piel y el sudor seco en la nuca. Sentía el cansancio acumulado de un día que había empezado demasiado temprano y que no parecía tener intención de terminar.
—Necesito un baño —dijo al fin.
Hassan se levantó sin decir nada y descorrió una cortina de lona al fondo de la jaima.
Al otro lado había una tina grande de madera con los bordes recubiertos de láminas de oro. El vapor ascendía en volutas lentas sobre el agua humeante y las velas encendidas bordeaban el suelo en semicírculo. Todo en aquella estancia olía a azahar y aceite de cedro.
El agua estaba en el punto exacto entre el calor que quema y el que envuelve. Mónica se había recogido el pelo con una pinza y se había hundido hasta los hombros, dejando que el calor deshiciera la tensión acumulada en cada músculo del cuerpo. Cerró los ojos. Por primera vez en semanas, el silencio no pesaba. Era solo silencio hasta que minutos después escuchó que la cortina se descorría.
—¿Hassan?
Pero él no contestó.
Abrió los ojos y lo vio allí, de pie en la entrada, observándola. Durante un segundo ninguno de los dos dijo nada. Después, con una tranquilidad que la irritó más que cualquier otra cosa, el Rey empezó a desabrocharse los botones de la camisa.
—¿Qué haces?
Él alzó la vista hacia ella como si la respuesta fuera evidente.
—Bañarme.
Mónica parpadeó, perpleja.
—Ni se te ocurra.
Una sombra de diversión cruzó el rostro de Hassan, tan breve que ella casi dudó de haberla visto.
—Esta bañera está hecha para dos.
—Eso no significa que tengas que usarla conmigo.
—También necesito un baño…
—Estoy desnuda, puede que sea demasiado para ti.
Él la miró con esa calma que tanto la desesperaba, como si nunca perdiera el control de la situación.
—Puedo controlar mis impulsos. —Hizo una pequeña pausa—. La pregunta es si usted puede.
Mónica se quedó callada. Odiaba que tuviera respuestas para todo y odiaba todavía más que aquella seguridad suya la desconcertara.
Lo miró detenidamente, evaluando sus opciones. No tenía ninguna. Así que, se hundió un poco más en el agua y apartó la vista hacia la pared de lona, con una rigidez en los hombros que lo decía todo.

—Date prisa —dijo en un suspiro.
Hassan terminó de desvestirse con calma, como si con ello intentase provocarla. Dejó la ropa doblada sobre el arcón y entró en la bañera por el lado opuesto con una naturalidad que a Mónica le resultó insoportable.
Ambos se quedaron en silencio.
Las velas proyectaban sombras sobre las paredes de lona. Mónica mantenía los ojos fijos en algún punto indefinido frente a ella. Intentaba no mirarlo, pero ahí estaba él, con los brazos apoyados en los bordes dorados de la tina y la cabeza ligeramente echada hacia atrás, con los ojos cerrados. Parecía completamente en paz y eso la irritó todavía más.
—¿Siempre haces lo que te da la gana? —preguntó al fin, con los ojos puestos en su alianza de matrimonio.
—Casi siempre —respondió él sin abrir los ojos—. Es una de las pocas ventajas de ser rey.
—Ya… qué conveniente.
—Disfrute del baño, señora.
El agua se había enfriado apenas un grado. Monica notó que sin quererlo había aflojado los hombros. El calor hacía imposible mantener la tensión en el cuerpo aunque la cabeza insistiera en lo contrario.
Afuera el viento del desierto había empezado a silbar contra la empalizada de antorchas. Las velas parpadearon al mismo tiempo, como si algo hubiera perturbado el aire dentro de la jaima. Fue entonces cuando Monica lo notó. Un movimiento mínimo. El agua desplazándose levemente y la pierna de Hassan rozando la suya bajo la superficie.




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