Capítulo 35 La voz en el desierto
Mónica se tensó. El roce había durado menos de un segundo pero el silencio que dejó atrás pesaba como si hubiera durado horas. Se incorporó despacio, con los brazos cruzados sobre el pecho.
—Cierra los ojos —dijo—. Voy a salir.
Hassan la miró un momento antes de obedecer.
—Si quisiera verla o tocarla ya…
—Ya lo habrías hecho, me queda claro —lo interrumpió ella—. Pero aún así no quiero que me mires.
Hassan echó la cabeza hacia atrás y cerró los ojos.
Mónica salió de la bañera con cuidado, tomó la toalla del arcón y se envolvió en ella con rapidez. Rebuscó entre su ropa hasta encontrar el camisón de encajes y la bata de seda fina que había metido en la maleta casi por instinto. Poco apropiado para el desierto, pero lo prefería a cualquiera de las prendas que el servicio de palacio había elegido por ella.
Cuando salió de detrás de la cortina, el brasero seguía encendido en el centro de la jaima. Se sentó en los cojines con la bata cerrada hasta el cuello y miró las llamas. Nunca pensó que llegase a echar tanto de menos los ensayos, sus clases de canto, los fans… su vida, que ahora había quedado relegada a… a la nada. Se mordió el labio inferior y se secó las incipientes lágrimas con las yemas de los dedos al escuchar a Hassan salir del baño. Se repuso mientras lo oía moverse por la estancia, vestirse y acercarse al brasero.
Ninguno de los dos dijo nada durante un rato.
—¿A Sara también la tratabas así? —preguntó Mónica sin apartar los ojos del fuego.
—Sara sabía cuál era su lugar.
Mónica giró la cabeza hacia él. Lo encontró de pie junto al brasero, con un hierro en la mano, avivando las brasas.
—Su vestimenta no es la adecuada. Está helada —comentó añadiendo más leña al fuego.
Mónica se cerró aún más la bata y volvió a mirar las llamas.
—No soy Sara y nunca voy a poder ocupar su lugar.
Hassan la miró de nuevo y se sentó a su lado.
—Sara era dulce y dócil. Conocía su papel y lo ejecutaba a la perfección. Un gran apoyo. En cambio, usted…
—Yo… yo lo avergüenzo.
Él la observó unos segundos.
—Es arisca y díscola. Incapaz de aceptar una orden sin cuestionarla.
Mónica soltó una pequeña risa amarga.
—¿Y eso es todo lo que soy para ti?
Hassan no respondió inmediatamente.
—Será mejor que durmamos —se levantó y le ofreció su mano—. El día será largo mañana.
Monica miró el lecho y luego a él.
—Es lo suficientemente grande para los dos—se apresuró a decir él—. Ni siquiera notará que estoy aquí.
La cantante se metió entre las mantas mientras el Rey aseguraba la lona y apagaba las velas, dejando la estancia en la penumbra del brasero.
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Las ciudades del sur de Al-Zahara olían a polvo, a madera quemada y a algo dulce que Mónica no supo muy bien que era. Las calles principales habían sido despejadas de escombros pero las marcas de la tormenta seguían en todas partes. Fachadas desconchadas, palmeras dobladas, puestos de mercado a medio reconstruir.
La gente salió a recibirlos.
No con la pompa organizada de la capital sino con una espontaneidad que a Mónica le resultó más honesta que cualquier protocolo. Mujeres con niños en brazos, hombres mayores con las manos encallecidas, jóvenes que levantaban los teléfonos para grabar. Algunos lanzaban flores y otros simplemente miraban.
Hassan avanzaba entre la multitud, respondiendo saludos, escuchando quejas, dando instrucciones a los responsables locales. Mónica caminaba a su izquierda, observándolo todo.
Era diferente aquí. Sin el trono, sin el protocolo de palacio, sin la distancia que imponía la Corona. Aquí Hassan era simplemente el hombre que gobernaba su tierra y que conocía cada grieta de ella. En un momento dado, una mujer mayor le tomó la mano a Mónica. Se la apretó con una fuerza sorprendente y le dijo algo en árabe que ella no entendió. Miró a Hassan.
—Dice que le agradece el agua —tradujo él en voz baja—. Con el dinero de la donación han podido reconstruir el sistema de distribución.
Mónica miró a la mujer. Después asintió despacio.
—Dile que ojalá hubiera podido hacer más.
Hassan lo tradujo. La mujer sonrió y apretó su mano una vez más antes de soltarla.
Fue entonces cuando Mónica se detuvo en el centro de la plaza. La escolta reaccionó de inmediato, cerrando el perímetro.
—¿Qué va a hacer? —preguntó el Rey en voz baja.
—Presentarme —respondió ella.
Hassan entrecerró los ojos levemente pero no dijo nada.
La gente fue congregándose despacio. En cuestión de minutos la plaza estaba llena.
Mónica esperó a que el murmullo se apagara. Después habló, despacio, en español, dejando que Karim tradujera frase por frase.
—Me llamo Mónica y soy cantante —dijo con la seguridad de alguien que ha pasado su vida en los escenarios— Creo que es importante que sepan que este dinero viene de mi trabajo. De mi música.
Un murmullo recorrió la multitud y a Hassan algo se le tensó en el pecho.
—En mi país la música es una forma de construir. De sanar. De expresar lo que no se puede decir con palabras. Sé que aquí es diferente —hizo una pausa y tragó saliva—. Sé que hay cosas que están prohibidas, como la música. Pero quiero que sepáis que las cosas van a cambiar…
Hassan miró a Karim, descolocado. Hizo un gesto mínimo, casi imperceptible, para que la detuviese, pero entonces, Monica, empezó a cantar.
Karim se detuvo al escuchar las primeras notas.
El Rey levantó la mano para ordenarle que continuara, que la sacaran de allí antes de que el daño fuera irreparable. Pero en ese mismo instante la plaza enmudeció de una manera que él no había visto nunca. No era el silencio propio del miedo o del protocolo. Era el silencio de doscientas personas conteniendo la respiración al mismo tiempo.
Bajó la mano, quedándose inmóvil junto a Karim.
Sin alas llenó la plaza sin necesidad de altavoces, sin instrumentos, solo con esa voz que él había escuchado filtrarse por los pasillos de la Cúpula durante semanas sin querer admitir que la escuchaba. Pero esto era diferente. Aquí no había paredes de por medio. Aquí era la voz sola contra el silencio del desierto y contra el cielo azul del sur de Al-Zahara.
Cuando Mónica terminó, la plaza estalló.
Hassan observó a su pueblo aplaudiendo, llorando, intentando reproducir la melodía con voces torpes y entusiastas y él no supo que hacer con lo esa mujer le había hecho sentir. Observó a una niña extender los brazos hacia Mónica, a hombres mayores con las manos encallecidas aplaudiendo con energía.
—¡Adentro! —dijo con una voz que no admitía réplica—. ¡Ahora!
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La sala que les habían asignado en el edificio de la administración local era pequeña y funcional. Hassan cerró la puerta antes de que Karim pudiera entrar.
Se quedó de espaldas a ella unos segundos, con la mano todavía en el pomo.
Mónica lo observó desde el centro de la sala con un nudo ahogándola en la garganta. Había pasado todos los límites y era consciente de ello.
Hassan se giró con la cara aún desencajada.
—¿En qué estaba pensando?
No era la voz controlada de siempre. Era algo más bajo, más tenso, como una cuerda a punto de romperse.
—En ellos —respondió Mónica sin moverse—. En esa gente que lleva años sin escuchar una sola nota.
—Ha desafiado públicamente las leyes de este país.
—He cantado una canción.
—¡En Al-Zahara eso no es una canción! —La voz de Hassan subió por primera vez sin que él pudiera evitarlo. Se detuvo. Respiró. Continuó con una tensión que era casi peor que el grito—. Es una provocación. Una declaración pública contra las instituciones de esta Corona.
—La gente ha aplaudido.
—¡No me importa lo que haya hecho la gente! —Se acercó hacia ella y Mónica tuvo que hacer un esfuerzo para no dar un paso atrás—. Usted no tiene ni idea de lo que acaba de poner en marcha. Hay facciones en este país que llevan años esperando una excusa para desestabilizar todo lo que he construido. Y usted acaba de dársela.
—O acabo de quitársela —contestó Mónica con una firmeza que le costó más de lo que aparentaba.
Hassan la miró con una intensidad que no tenía nada de fría. Era rabia pura y sin disfrazar, la primera vez que Mónica lo veía así de expuesto.
—No vuelva a hacer algo así sin consultarme.
—No te voy a pedir permiso para hacer lo que creo que es justo.
—¡Esto no es Barcelona! —golpeó la mesa con la palma de la mano, un sonido seco que llenó la sala—. Sus actos tienen consecuencias aquí que usted no puede calcular porque no conoce este país.
—Pues tendrás que aprender a vivir con ello —dijo Mónica con una calma que le costó mantener—. Porque no voy a cambiar quién soy para encajar en un sistema que no comparto. Ni aquí ni en ningún sitio.
Hassan la miraba con esa expresión nueva, sin la armadura de siempre, con algo en los ojos que no era solo rabia. Era la rabia de quien acaba de escuchar algo que no sabe cómo rebatir y eso lo enfurecía todavía más.
Se giró hacia la ventana.
Afuera la plaza seguía llena. El murmullo de las voces intentando reproducir la melodía de Sin alas llegaba amortiguado a través del cristal.
—Vámonos —dijo finalmente, sin mirarla—. El convoy sale en veinte minutos.
No esperó respuesta. Abrió la puerta y salió.
Karim, que esperaba en el pasillo, lo siguió sin preguntar nada. Pero antes de doblar la esquina miró a Mónica un segundo. En su expresión no había nada que pudiera llamarse aprobación, pero tampoco había condena.
Mónica se quedó sola en la sala. Escuchó los pasos de Hassan alejarse por el pasillo. Después miró por la ventana.
El pueblo del sur seguía cantando. Y ella no supo si había ganado algo o si acababa de perderlo todo.