Sin Perdón

Capítulo 36 El nuevo Hassan

El viaje de vuelta fue más largo que el de ida, aunque no en kilómetros sino en la calidad del silencio que llenaba el interior del todoterreno, un silencio que no tenía nada de neutro y que ninguno de los dos hizo el menor intento de romper.
Hassan conducía con los ojos fijos en la carretera y las manos firmes en el volante, con esa concentración excesiva de quien necesita algo en lo que apoyar la mirada para no ponerla donde no debe. Mónica miraba por la ventanilla el mismo desierto que habían atravesado esa mañana, ahora teñido de naranja y ocre bajo la luz de la tarde, tan ajeno a todo lo que ocurría dentro del vehículo que resultaba casi ofensivo. El coche de la escolta los seguía a distancia, dos faros en el retrovisor que eran lo único que recordaba que no estaban completamente solos en aquella inmensidad.
Ninguno de los dos habló durante todo el trayecto, ni cuando la pista de tierra se convirtió en asfalto, ni cuando las primeras luces de la capital aparecieron en el horizonte, ni cuando el convoy atravesó las puertas del palacio y se detuvo en el patio interior con un crujido de grava bajo las ruedas.
Hassan bajó del coche sin mirarla y se dirigió hacia el interior sin pronunciar una sola palabra, con Karim siguiéndolo a dos pasos como si supiera que no era el momento de hacer preguntas.
Mónica se quedó un momento en el patio, con el calor residual del desierto todavía pegado a la piel y la certeza incómoda de que algo había cambiado durante esas horas, aunque no supiera exactamente cómo nombrarlo ni si quería hacerlo.
Nadia apareció a su lado con esa puntualidad suya que nunca fallaba.
—Bienvenida, Majestad. ¿Desea que le preparen un baño?
Mónica pensó en la tina de madera con los bordes dorados y en el silencio que había dejado después, en el roce fugaz bajo el agua que ninguno de los dos había mencionado en todo el camino de vuelta.
—Gracias —dijo—. Muero por uno.
—Todo está listo, señora. Después la Reina Madre desea verla.
Mónica asintió y se dirigió a sus aposentos, diciéndose que primero el baño y después ya se enfrentaría a lo que viniera, que en ese palacio siempre había algo esperando al otro lado de cada puerta.

Samira la esperaba en el jardín interior, sentada junto a la fuente con una taza de té entre las manos.
Mónica se sentó frente a ella sin que nadie se lo pidiera, porque con Samira los formalismos sobraban.
—¿Cómo está el sur? —preguntó al cabo de un momento, sin apartar los ojos de la taza.
—Reconstruyéndose.
—¿Y mi hijo?
Mónica la miró directamente.
—Enfadado.
Samira asintió despacio, como si esa respuesta confirmara algo que ya sabía antes de preguntar.
—Hassan lleva años sin enfadarse de verdad —dijo—, porque las personas que lo rodean han aprendido a no darle motivos o a ocultárselos cuando los hay.
—No me arrepiento de lo que hice, si es a eso a lo que se refiere, —contestó con firmeza.
La Reina Madre dejó la taza sobre la mesa con un movimiento delicado y preciso.
—El deber de una reina es apoyar a su rey, especialmente cuando cree que está equivocado. Y si no está dispuesta a eso, tendrá que atenerse a las consecuencias.
Antes de que Mónica pudiera responder, Hassan apareció al otro lado del jardín caminando hacia ellas con esa postura suya recta y deliberada.
—Madre —dijo al llegar.
—Hassan —respondió Samira, y después miró a Mónica con algo que podría haber sido una advertencia—. Creo que os dejaré solos.
—No es necesario —dijo Mónica, que prefería tener a Samira de testigo a quedarse a solas con Hassan en ese momento.
—Sí lo es —respondió la Reina Madre con una tranquilidad que no admitía réplica, y se levantó y se alejó por el sendero sin añadir nada más.
Hassan se quedó de pie frente a ella durante un momento, observándola con esa expresión nueva que Mónica había empezado a ver desde el sur y que no se parecía a la frialdad calculada a la que la tenía acostumbrada.
—Quiero que me acompañe —dijo finalmente.
—¿A dónde?
—A mi despacho.

Hassan abrió la puerta del despacho y esperó a que Mónica entrara. Después la cerró con calma.
—Mañana habrá una reunión del Consejo —dijo él finalmente, desde el otro lado del escritorio.
—¿Y? —respondió ella desde la puerta.
—Quiero que esté presente.
Mónica lo miró con una sorpresa que no intentó disimular.
—¿Después de lo que hice?
—Precisamente por eso.
Ella cruzó los brazos, estudiándolo.
—¿Vas a utilizarme como escudo?
—Voy a utilizarte como lo que eres —respondió él, tuteándola por primera vez—, mi esposa y la Reina de Al-Zahara, que son la misma cosa aunque a ti le cueste aceptarlo.
Mónica abrió la boca para responder, pero Hassan se levantó del sillón antes de que pudiera hacerlo y rodeó el escritorio con esa determinación nueva que ella había empezado a reconocer como algo diferente a todo lo que había visto en él hasta ese momento.
—Llevas meses haciendo lo que te da la gana —dijo, acercándose con una calma que era casi más inquietante que la rabia—, en mi palacio, con mi pueblo, con mis normas, y yo he guardado las distancias porque creí que era lo correcto.
—Y lo es, teniendo en cuenta que todo esto es una farsa —contestó Mónica, aunque su voz sonó menos segura de lo que pretendía.
Hassan siguió acercándose hasta que sus cuerpos se rozaron.
—Eso va a cambiar —dijo casi en un susurro.
Mónica no retrocedió, porque retroceder habría sido admitir que su proximidad la afectaba y eso era exactamente lo que no estaba dispuesta a reconocer.
—Te has equivocado de mujer, si piensas que voy a ser tu marioneta—contestó, sosteniendo su mirada con toda la calma que pudo reunir.
Hassan apoyó una mano en la pared junto a su cabeza, cerrando el espacio que quedaba entre ellos y la miró con intensidad durante más de un segundo.
—No, me he equivocado al pensar que podrías llegar a entenderme —bajó la vista hacia su boca un segundo, solo uno, y después volvió a mirarla a los ojos con una mezcla de deseo y frustración—. Es evidente, que una estrella no es capaz de ver más allá de su propia luz.
Monica posó una mano sobre su pecho, acariciando los bordados de la túnica, y sonrió irónicamente.
—No me intimidas, si es lo que intentas.
—Muy bien. La próxima vez que decidas actuar por tu cuenta —dijo—, recuerda que estás casada con un hombre que también puede hacer lo que le da la gana.
Y se apartó con esa serenidad suya, regresando a su escritorio como si nada hubiera ocurrido, como si el aire de la habitación no hubiera cambiado completamente en los últimos treinta segundos.
—Puedes irte —dijo sin mirarla, abriendo un documento sobre la mesa.
Mónica no se movió durante un instante que se hizo demasiado largo, y después salió sin decir nada porque no encontró las palabras adecuadas y porque a veces el silencio es la única respuesta que no puede usarse en tu contra.
Hassan se quedó solo en el despacho, con los ojos fijos en el documento que no estaba leyendo y la certeza incómoda de que algo había cambiado entre ellos.




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