Mónica estaba sentada en uno de los sillones, con el camisón puesto y el pelo recogido con una pinza, cuando Hassan entró. Se veía concentrada en algo que parecían ser nuevas partituras. No levantó la vista cuando escuchó la puerta, pero sí se cubrió las piernas con una manta.
El Rey tampoco dijo nada. Se movió por la habitación con total naturalidad, dejando la chaqueta sobre el sillón. Se sirvió un vaso de agua y finalmente avivó las brasas de la chimenea antes de sentarse junto a ella.
Se quedó mirándola, preguntándose cuánto tiempo más podría aguantar sin levantar la vista de los papeles.
—¿Vas a dejar de mirarme? —preguntó ella, al fin, cerrándose la bata.
—Sólo la observo —contestó él, desviando la mirada del escote—. Intento entenderla, aunque no lo crea.
Mónica se levantó de repente y dejó los papeles sobre la mesilla para meterse en la cama.
—Ya… seguramente.
Hassan arqueó levemente una ceja, pero no dijo nada. Simplemente la observó meterse bajo las sábanas. Después se sentó en el borde del diván y empezó a desabrocharse los botones de la camisa con esa calma suya que era casi una forma de provocación en sí misma.
—El Consejo mañana —dijo él.
—Ya sé.
—Habrá quien la ataque directamente por lo del sur.
—Ya sé eso también.
—¿Y?
Mónica se giró hacia él en la oscuridad.
—¿Y qué?
—¿Tienes pensado lo que vas a decir?
—Tengo pensado lo que pienso —respondió ella—. Que no siempre es del agrado de todos.
Hassan dejó de moverse un segundo. Después continuó desabrochando el último botón.
—En eso nos parecemos —dijo en voz baja.
Mónica no respondió. Cerró los ojos y escuchó el sonido de Hassan moviéndose por la habitación, la chimenea crepitando, el viento afuera contra las ventanas del palacio. Estaba a punto de quedarse dormida cuando sintió que el peso de la cama cambiaba levemente.
Abrió los ojos y lo vio sentado en el borde del colchón, de espaldas a ella, con los codos apoyados en las rodillas y la vista fija en las brasas de la chimenea.
Mónica no dijo nada, pero algo en ella la hacía pensar que esa noche el Rey no dormiría en el diván.
Durante un momento largo los dos permanecieron así, ella tumbada mirando al techo y él sentado mirando el fuego, con el silencio de la habitación.
Fue Hassan quien habló primero, sin girarse.
—¿Sigues despierta?
—Sí.
Una pausa.
—Bien —dijo simplemente.
Y no añadió nada más.
Mónica cerró los ojos de nuevo, con el corazón latiendo de una manera que prefería no examinar demasiado, preguntándose qué significaba exactamente que Hassan Albora se hubiera sentado en el borde de su cama en mitad de la noche sin dar ninguna explicación. Y preguntándose por qué no le había pedido que se apartara.
La cama se hundió levemente cuando Hassan se tumbó a su lado. Ella no se movió, pero su cuerpo entero se tensó de una manera que esperaba que él no notara. Sin embargo, lo notó. Por supuesto que lo notó.
Hassan se inclinó por encima de ella hacia la mesilla, rozándola con su torso desnudo, para alcanzar el vaso de agua que descansaba en el lado de Mónica. Un gesto completamente innecesario dado que tenía el suyo propio al otro lado de la cama.
Mónica contuvo la respiración, inmóvil, mientras él bebía un sorbo de agua con tranquilidad antes de volver a dejar el vaso sobre la mesilla y volver a su sitio.
—He estado pensando —dijo con esa voz suya grave y pausada que usaba cuando estaba a punto de decir algo que había calculado con mucho cuidado— en que quizás he sido desconsiderado.
Mónica abrió los ojos.
—¿Perdón?
—Desconsiderado —repitió él, como si la palabra fuera completamente ordinaria—. Eres una mujer moderna. Acostumbrada a otra vida, a otras libertades. Y yo he pasado por alto que quizás tengas… necesidades.
Mónica no respondió de inmediato porque no encontraba las palabras, lo cual era un fenómeno completamente nuevo para ella.
—¿Qué clase de necesidades? —preguntó finalmente, aunque una parte de ella ya lo sabía y habría preferido no preguntarlo.
—Las que son propias de una mujer en plenitud —dijo Hassan con una serenidad casi académica—. Está en el acuerdo, si no recuerdo mal. El artículo cinco establece que el Rey satisfará las necesidades de su Reina en todos los sentidos. —Una pausa mínima—. Si así lo desea, por supuesto.
Mónica sintió que el calor le subía por el cuello hasta las mejillas de una manera que agradeció que la oscuridad ocultara.
—Estás hablando de…
—De lo que estoy hablando —confirmó Hassan con absoluta calma, como si estuvieran discutiendo el orden del día del Consejo.
Mónica abrió la boca. La cerró. La volvió a abrir.
—No necesito que me hagas ningún favor.
—No sería un favor —dijo él—. Sería cumplir con lo acordado.
—No leí ese artículo.
—Ya lo sé.
—Y no pienso…
—No te estoy pidiendo nada —la interrumpió Hassan con esa voz baja que era casi peor que cualquier argumento—. Solo me parecía lo correcto informarte de que la opción existe.
Mónica se giró hacia él en la oscuridad con la intención de decirle exactamente lo que pensaba de él, del artículo cinco y del acuerdo entero, pero se encontró con que Hassan la estaba mirando con una expresión que a la luz de la chimenea parecía completamente seria y que sin embargo tenía algo en los ojos que no era seriedad en absoluto.
La estaba provocando.
Lo sabía. Él sabía que ella lo sabía. Y aun así ninguno de los dos lo dijo en voz alta.
—No creo que ni siquiera en eso estuviésemos de acuerdo—dijo Mónica finalmente.
Hassan soltó una carcajada, tan genuina y real que sobresaltó a la cantante.
—Créeme que el día que me ocupe de ese asunto, no vas a tener motivos para protestar—respondió Hassan, y se giró hacia el techo con la misma calma con que había empezado la conversación—. Buenas noches, Mónica.
Mónica se giró hacia su lado de la cama y cerró los ojos con una fuerza que no tenía nada de sueño.
En veinte años de carrera había manejado periodistas agresivos, discográficas implacables y públicos de cuarenta mil personas.
Nunca había necesitado tanto esfuerzo para no salir corriendo.