La sala del Consejo era la estancia más imponente del palacio después de la sala del trono.
Una mesa larga de madera oscura ocupaba el centro, rodeada de doce sillas tapizadas en cuero negro donde los consejeros ya estaban sentados cuando Hassan y Mónica entraron. Karim cerraba el grupo desde el fondo, inmóvil como siempre. Y al fondo de la sala, discretamente apartado pero visible, Óscar observaba desde su posición de enlace con una expresión que no revelaba nada aunque sus ojos no dejaban de moverse.
Mónica entró con un vestido negro, los tacones y el pelo suelto, y el peso de todas las miradas al mismo tiempo.
No era nueva en esa sensación. Llevaba veinte años entrando en habitaciones donde la gente la juzgaba antes de que abriera la boca. La diferencia era que antes el juicio era sobre su música. Aquí era sobre su existencia.
Hassan le puso una mano en la espalda al entrar, un gesto breve y firme que decía sin palabras que estaban juntos en aquella sala, y la condujo hasta la silla a su derecha antes de tomar asiento él mismo.
Óscar lo vio.
La reunión empezó con el tono contenido de quien tiene mucho que decir. Los primeros veinte minutos fueron sobre la reconstrucción del sur, los fondos distribuidos, los plazos de las obras. Mónica escuchaba sin intervenir, con las manos quietas sobre la mesa y la espalda recta.
Fue el consejero Mansur quien rompió el equilibrio.
Era un hombre de unos sesenta años, con una barba blanca perfectamente recortada y una manera de hablar que convertía cada frase en una sentencia.
—Con el debido respeto a Su Majestad —dijo, sin apartar los ojos de Mónica—, el incidente del sur no puede quedar sin consecuencias. La Reina Consorte infringió públicamente una ley fundamental de este país. Si el Rey no actúa, el pueblo interpretará que las leyes son negociables.
Varios consejeros asintieron.
Mónica no se movió.
—¿Qué tipo de consecuencias propone el consejero Mansur? —preguntó Hassan con una calma que no engañaba a nadie que lo conociera.
—Las que corresponden a cualquier ciudadano que infringe la ley —respondió Mansur—. Un ejemplo público. Una sanción. Algo que deje claro que nadie está por encima de las normas de Al-Zahara. Ni siquiera la Reina.
El silencio que siguió fue absoluto.
Fue entonces cuando Hassan tomó la mano de Mónica sobre la mesa. No fue un gesto suave. Fue firme, deliberado, con una presión que decía exactamente lo que quería decir antes de que abriera la boca. Óscar, desde el fondo de la sala, apretó levemente la mandíbula.
—La Reina Consorte —dijo Hassan, con una voz que no había subido de tono pero que llenaba la sala de una manera que hacía innecesario alzarla— lleva menos de dos meses en Al-Zahara. Viene de un país donde la música no solo es legal sino que forma parte de la identidad cultural. Pedir que asimile en semanas lo que nosotros hemos construido durante generaciones no es justicia. Es impaciencia.
—Con el debido respeto, Majestad…
—Les pido paciencia —continuó Hassan, sin dejar que Mansur terminara—. Y les recuerdo que la donación de la Reina permitió reconstruir el sistema de distribución de agua de tres provincias del sur. Ese dinero no vino de la Corona. Vino de su trabajo. De su música. —Una pausa mínima—. La misma música que el consejero Mansur quiere que sancionemos hoy.
Nadie respondió de inmediato.
Mónica sintió la presión de la mano de Hassan en la suya y decidió que era el momento.
—Si me permiten —dijo, y varias cabezas se giraron hacia ella con una expresión que mezclaba la sorpresa con la cautela—, me gustaría hacer una propuesta.
Hassan no la interrumpió. La miró un segundo, brevemente, y después desvió los ojos hacia el Consejo.
Mónica interpretó eso como una autorización.
—Entiendo que la música es un tema sensible en Al-Zahara —dijo—. Y no estoy aquí para imponer nada. Pero lo que ocurrió en el sur demostró algo que quizás vale la pena considerar. Que la gente respondió. Que algo se movió en ellos. —Hizo una pausa—. Hay todavía mucho por reconstruir. Si el Consejo lo considera oportuno, podría organizar un evento benéfico. Controlado, supervisado, con los límites que ustedes establezcan. Los fondos irían íntegramente a la reconstrucción.
La sala quedó en silencio.
Mansur frunció el ceño.
Otro consejero, más joven, intercambió una mirada con el de su lado.
Hassan no dijo nada durante un momento que se hizo suficientemente largo para que todo el mundo en esa sala entendiera que estaba pensándolo de verdad.
—El Consejo lo estudiará —dijo finalmente.
No era un sí. Pero tampoco era un no.
Y Mónica, que llevaba veinte años negociando con discográficas, supo reconocer la diferencia.
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Cuando la reunión terminó y los consejeros empezaron a dispersarse, Óscar atravesó la sala hacia Mónica con paso firme. Hassan lo vio venir antes de que llegara y no se movió del lado de ella, con esa territorialidad nueva que no necesitaba palabras para hacerse notar.
—Ha ido bien —le dijo Óscar a Mónica, ignorando deliberadamente a Hassan.
—Sí —respondió ella.
—La propuesta de la música fue inteligente.
—Gracias.
Hassan observaba el intercambio con una expresión que Karim, desde el otro lado de la sala, reconoció inmediatamente aunque nunca lo habría llamado por su nombre.
—Inspector —dijo Hassan finalmente, con una cordialidad impostada—. Gracias por su presencia. Karim le facilitará el informe de seguimiento.
Era una despedida. Todos lo entendieron.
Óscar la miró a ella un segundo más de lo necesario antes de asentir y retirarse.
Hassan esperó a que se alejara antes de hablar.
—La propuesta ha sido buena —dijo en voz baja, sin mirarla.
Mónica lo miró de reojo.
—¿Eso es un cumplido?
—Es una observación.
—Ya…
Hassan no respondió, pero algo en la comisura de sus labios se movió levemente antes de que se girara hacia Karim para darle instrucciones.
Mónica recogió sus papeles de la mesa.
Y por primera vez desde que había llegado a Al-Zahara, salió de una sala sintiéndose algo parecido a una aliada en lugar de una prisionera.