Sin Perdón

Capitulo 39 Lo que no se puede ignorar

La sala de té estaba vacía a esa hora.
Mónica había ido allí precisamente por eso, porque después de la reunión del Consejo necesitaba diez minutos sin que nadie le pidiera nada ni la mirara como si fuera un problema que resolver. Se sirvió un té que no llegó a beber y se quedó de pie junto a la ventana, mirando el jardín sin verlo realmente.
Escuchó los pasos antes de que Óscar entrara. Los conocía demasiado bien para no reconocerlos.
—Sabía que estabas aquí —dijo él, cerrando la puerta a su espalda.
—¿Me has seguido?
—Te conozco.
Mónica no se giró. Siguió mirando el jardín con la taza entre las manos.
—Ha ido bien —dijo.
—Sí. —Óscar se acercó hasta quedarse a su lado, también mirando por la ventana—. Hassan te ha defendido.
—Ha defendido a la Corona.
—Te ha tomado de la mano delante de todo el Consejo.
—Es protocolo.
—Si, seguro, —soltó Oscar con una risa breve que no tenía nada de humor—No me hagas esto.
Ella se giró hacia él y lo miró directamente a los ojos.
—¿Hacerte qué exactamente?
—He leído más sobre Hassan —dijo finalmente, cambiando el rumbo de la conversación—. Sobre Sara.
Mónica dejó la taza sobre la mesa.
—¿Y?
—El expediente que encontré no es el único. Hay más documentación enterrada en los archivos del Ministerio. Patrones que no encajan con una muerte natural. —Se acercó un poco más—. Este tío es un asesino y tú…
—¿Yo qué? —contestó a la defensiva.
—Te estás acomodando. Hasta diría que te gusta…
—¿En serio, nene? ¿Celos a estas alturas? —preguntó meneando la cabeza—Además, y si me gusta, ¿qué? Hace muchos años que perdiste…
Oscar no la dejó acabar la frase. Dio un paso hacia ella, le tomó la cara entre las manos con esa suavidad que Mónica conocía desde hacía veinte años y la besó. A pesar de su frialdad, sus besos seguían sabiendo igual. Cálidos y dulces como el almíbar.
Mónica se separó despacio, recuperando el aire y lo miró.
—Óscar…
—Lo sé —dijo él—. Lo sé.
Dio un paso atrás. Recogió la carpeta que había dejado sobre la mesa y salió de la sala sin añadir nada más, con esa dignidad suya de quien ha hecho algo que no puede deshacer y ha decidido no disculparse por ello.
Mónica se quedó quieta junto a la ventana. Con el sabor de ese beso y la certeza de que no podía devolverlo.

Samira había entrado en la sala de té por la puerta lateral, la que daba al corredor privado del ala oeste, justo a tiempo para verlo todo. Sin embargo, no dijo nada. Se quedó callada observando a Monica quita junto a la ventana, con la mirada perdida en un mar de confusión.
Después se retiró por donde había venido, tan silenciosamente como había llegado.
Esa noche, antes de que Hassan se retirara a sus aposentos, Samira lo llamó a su sala privada con un mensaje breve que Karim le entregó sin comentarios.
Hassan entró y encontró a su madre sentada junto a la chimenea con una serenidad que él conocía demasiado bien.
—Siéntate, hijo —dijo Samira—. No me andará con rodeos. El inspector.. esta tarde he visto algo que quizás debas saber.
Hassan sostuvo la mirada de su madre durante un segundo.
—Habla.
—La ha besado.
Hassan dejó la taza sobre la mesa con un movimiento brusco.
—¿Mónica? —preguntó, aunque la pregunta era innecesaria.
—A la Reina —dijo Samira—. No diría que ella lo buscó, pero tampoco se apartó de inmediato.
Hassan no respondió, apretó la mandíbula y se puso inmediatamente de pie.
—Hassan —murmuró su madre, preocupada por su reacción.
—Estoy bien, madre.
—Solo quería que lo supieras —dijo—. Lo que hagas con esa información es asunto tuyo.
—Gracias, madre —dijo antes de salir.
Samira no respondió. Simplemente levantó la taza y bebió su té.
Y cuando la puerta se cerró, dejó escapar un suspiro muy leve que nadie habría escuchado aunque hubiera estado presente.
Su hijo llevaba años sin que nada lo afectara de verdad.
Hasta ahora.




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