Nadia le había dicho que Hassan la esperaba abajo, que se pusiera algo cómodo, que no era un acto oficial. Mónica interpretó eso como una cena en alguno de los jardines privados del palacio y se enfundó en unos pantalones azul eléctrico, una blusa de seda color crema y el pelo suelto.
Lo que no esperaba era encontrar a Hassan de pie junto a un coche que no era el oficial, sin escolta, sin Karim, sin ninguno de los hombres que habitualmente lo rodeaban como una segunda piel.
Estaba solo él, con las llaves en la mano.
—¿Dónde está la escolta? —preguntó Mónica.
—Esta noche no será necesaria.
—¿Por qué?
—Porque he decidido que no.
Mónica miró el coche por un segundo y después lo miró a él.
—¿A dónde vamos?
—A cenar.
No añadió nada más. Abrió la puerta del copiloto y esperó a que la cantante subiera.
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Condujeron durante veinte minutos por carreteras que se alejaban de la capital hacia el campo abierto, donde las luces de la ciudad quedaban atrás y el cielo de Al-Zahara se desplegaba sobre ellos con una claridad que en Barcelona Mónica había olvidado que existía.
Mónica miraba el paisaje oscuro al otro lado de la ventanilla con las manos quietas sobre el regazo y las palabras de Oscar rondándole la cabeza. Estás durmiendo con un hombre que puede haber ordenado matar a su propia mujer.
Lo miró de reojo. Agarraba el volante con firmeza y tenía la mandíbula recta como si algo lo contrariara. Y ahí estaban. Sin escolta, sin testigos y en una carretera oscura en medio de la nada.
Se preguntó si estaba siendo absurda o si Óscar tenía razón.
—Estás tensa —dijo Hassan sin apartar los ojos de la carretera.
—Estoy bien.
—No lo estás.
—Conduce.
Hassan no respondió pero algo en la comisura de sus labios se movió levemente antes de que volviera a concentrarse en la carretera.
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El lugar era una finca pequeña rodeada de olivos, con una terraza de piedra que daba a un valle en penumbra. Alguien había preparado una mesa sencilla, mantel blanco, dos velas encendidas, una jarra de agua y platos que olían a especias que Mónica había aprendido a reconocer en los últimos meses.
No había servicio. Solo la mesa, el silencio del campo y las velas moviéndose con la brisa tibia de la noche.
Mónica se quedó mirándolo un momento.
—¿Quién ha preparado esto?
—Yo —dijo Hassan.
Ella lo miró.
—¿Tú?
—Con ayuda —admitió—. Pero he elegido cada cosa.
Mónica no supo qué responder a eso. Se sentó frente a él y sirvió agua en los dos vasos porque necesitaba hacer algo con las manos.
Comieron durante un rato sin hablar de nada realmente importante. Hassan le explicaba el nombre de cada plato con paciencia y respondía a sus preguntas sobre las especias. Era la conversación más normal que habían tenido desde que se conocían.
En un momento dado Hassan le tendió un trozo de pan con algo que no supo identificar y Mónica lo tomó sin pensar, rozándole los dedos al hacerlo.
—Está bueno —dijo Mónica.
—Lo sé.
—Qué modesto.
Hassan la miró por encima de su copa con algo que en otro hombre habría sido una sonrisa.
—Solo digo la verdad.
Mónica ladeó la cabeza y lo miró con una expresión que él no le había visto antes. Más relajada. Menos construida.
—¿Sabes cocinar de verdad o solo sabes elegir a quien cocina por ti?
—Las dos cosas —respondió Hassan—. Aunque la segunda con más frecuencia.
—Eso me parece más honesto que lo anterior.
—Intento mejorar.
Mónica sonrió. Una sonrisa pequeña y genuina que no había planeado y que Hassan recibió sin decir nada, aunque algo cambió levemente en su expresión al verla.
—Esta tarde —dijo Hassan, dejando la copa sobre la mesa— alguien te vio en la sala de té. Con el inspector.
La cantante se humedeció los labios y suspiró.
—¿Quién?
—Eso no importa.
—A mí sí —contestó dejando los cubiertos sobre el plato.
—Lo que importa —dijo Hassan, mirándola a los ojos— es lo que ocurrió.
—Óscar es amigo mío.
—Los amigos no se besan en la boca.
—No lo busqué yo.
—No dije que lo buscaras —respondió Hassan con una calma que costaba más de lo que parecía—. Dije que ocurrió. Y que le correspondiste.
—¿Estás celoso? —preguntó escudriñándolo con la mirada.
—Sería temerario por tu parte seguir enamorada de una relación que ya está acabada.
Mónica abrió la boca, sorprendida.
—Yo no…
—Lleváis cinco años divorciados —continuó él con una voz baja y directa—. Y él sigue mirándote como si le pertenecieras. Y tú lo permites.
—Mis relaciones no te incumben.
—Eres mi esposa —dijo Hassan—. Eso sí me incumbe.
—Tengo las cosas muy claras —contestó cruzándose de brazos.
—¿Las tienes? —preguntó—. Porque lo que he escuchado no suena a alguien que tiene las cosas claras. Suena a alguien que busca fuera lo que no sabe que puede encontrar en su casa.
Mónica lo miró fijamente. Nadie le había hablado así. Nunca. Ni siquiera Oscar en todos sus años de matrimonio se había tomado la licencia de hablarle en ese tono. De entrometerse en lo más intimo de su ser.
No encontró palabras para contestarle, solo una rabia descontrolada subiéndole por el pecho. Tanto que le levantó la mano.
Hassan la atrapó en el aire antes de que llegara a ningún sitio, con firmeza, y en el mismo movimiento la atrajo hacia él de manera que Mónica quedó reducida entre sus brazos sin poder moverse, con la espalda contra su pecho y la mano todavía sujeta por la suya.
Los dos se quedaron quietos.
Mónica respiraba con dificultad, más por la rabia que por el esfuerzo de zafarse. Él se quedó quieto, sintiendo el calor de su cuerpo y el aroma de un perfume al que él no estaba acostumbrado.